La carta viral de una abuela reabre el debate sobre cómo aprovechamos el tiempo con los peques. ¿Realmente lo disfrutamos o entramos en una competición silenciosa con otras familias?
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Regala esta noticia Añádenos en Google 02/09/2026 Actualizado a las 18:59h.Estos días corre como la pólvora por el mundo virtual una carta que encoge el alma. Es la de una abuela, llamada Isabel, que invita ... a aprovechar al máximo el tiempo con nuestros 'peques' bajo el lema: «Solo tendrás 18 veranos con tu hijo. Con suerte». La historia que narra, la de una madre que ansía la llamada de su hijo en la misma playa en la que décadas atrás solo deseaba que éste le concediera un minuto de paz, toca la fibra más profunda en un mundo en el que las familias andan saturadas. ¿Nos estamos perdiendo la infancia de nuestros niños? ¿Es cada plan que no hacemos una ocasión perdida?
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Las redes encuentran un terreno fértil para que calen mensajes sobre la urgencia de vivir experiencias extraordinarias. María Fuster, psicóloga clínica y vocal del Consejo General de la Psicología, señala que en una sociedad atravesada por «imperativos de prisa, de excelencia, intensidad y felicidad a toda costa», la frase de los 18 veranos toca dudas muy íntimas: ¿Estoy suficiente tiempo con ellos? ¿Estoy aprovechando su infancia? ¿Recordarán estos años como algo feliz?
Paradójicamente, cuanto más empeño se pone en conservar el presente, más fácil es dejar de vivirlo. Prado encuadra este fenómeno en la «nostalgia anticipatoria», que consiste en «experimentar tristeza por algo que todavía está ocurriendo porque sabemos que en algún momento terminará». Empezamos entonces a pensar en la foto, la excursión pendiente o el recuerdo que debería fabricar «en lugar de jugar con nuestros hijos o estar tranquilos». Fuster lo llama «invertir el foco». O lo que es lo mismo: «Ponerse en posición de rentabilizar una experiencia que te saca de la escena» y transforma un plan familiar en un examen.
Una versión editada
Cuando la realidad no cubre las expectativas generadas, la culpa no tarda en aflorar. Porque en las redes siempre parece haber unos padres que sí llegan. «Vemos vacaciones, risas, excursiones, viajes y momentos que parecen perfectos. Pero fuera del escaparate quedan el cansancio, las rabietas, los problemas económicos, las discusiones, las dificultades para conciliar y los días aburridos», subraya Prado, quien avisa de que el problema aparece cuando una familia se compara con la «versión seleccionada o editada» de otra y entra en una «competición silenciosa».
Cabe recordar que ni el tiempo ni el dinero se reparten igual. Catalina Perazzo, directora de Influencia y Desarrollo Territorial en Save The Children, precisa que «el 34% de los hogares con hijos no puede permitirse disfrutar de al menos una semana de vacaciones fuera de casa. Hablamos de un 'tetris' imposible porque las familias tienen que encajar trabajo, cuidados, vacaciones y actividades de sus hijos con recursos limitados», lamenta. «Y no se trata solo de pobreza severa, sino de hogares que pese a trabajar no pueden afrontar gastos extraordinarios sin poner en riesgo otras necesidades básicas», advierte.
«La obligación de producir una infancia en constante estímulo transforma el disfrute en estrés»
Hasta aquí, el lado adulto. Pero, ¿qué hay de los niños? ¿Necesitan realmente vivir sus veranos como una sucesión de planes extraordinarios? Gabriel González-Bueno, especialista en políticas de infancia de Unicef, desmonta el mito: «Ocupar el tiempo libre con todo tipo de actividades estructuradas o concebir espacios sin planes como un desperdicio no responde a las necesidades de los menores, sino a una mercantilización del ocio». Prado le da la razón. «Los niños necesitan también el aburrimiento porque genera creatividad». Y añade que lo que hace falta son «vínculos seguros, disponibilidad emocional, escucha y experiencias compartidas».
Hay otro dato curioso que muchas veces pasamos por alto. Se trata del «valor de las experiencias sencillas», remarca Prado. Por eso, aunque una familia se esfuerce en diseñar experiencias espectaculares, costosas y muy planificadas con el deseo de que queden por siempre grabadas en la mente de sus peques, estos pueden acabar borrándolas y construir un recuerdo afectivo importante con algo que puede parecer insignificante, como ir a comprar un helado, cocinar juntos o jugar en la plaza del pueblo, ejemplifica la experta.
Quizá por eso la pregunta útil no sea cuántos veranos nos quedan ni cuántas actividades caben en ellos, sino cómo queremos vivirlos. Y dejar de ver el crecimiento de un hijo como una pérdida. «Después de los 18, vienen los 19. ¡Dejemos que nos sorprendan!», anima Fuster.
Cinco errores a evitar
Convertir la crianza en un proyecto. La autoexigencia puede transformar el deseo parental en una sucesión de objetivos que nunca parecen suficientes.
Confundir estimular con acompañar. Los hijos necesitan margen para decidir y desarrollar sus propios intereses.
Diseñar sus recuerdos. No es posible elegir qué conservarán de su infancia. Cada niño dará valor a experiencias distintas.
Compensar el tiempo perdido. En familias separadas, dividir esos «18 veranos» puede aumentar la presión. La psicóloga Amaya Prado aconseja «evitar competir entre hogares o suplir los días de ausencia con más regalos, planes y permisividad».
Criar sin red. Es importante recuperar apoyos próximos y comunidades que permitan compartir cuidados y dificultades.
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