Las decisiones en septiembre tienen mucho peligro. Hay más «motivación externa que un buen análisis de la realidad», señalan los expertos
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Regala esta noticia Añádenos en Google (Adobe Stock) 13/09/2026 Actualizado a las 19:01h.Está uno tirado en la toalla y experimenta una satisfacción y un bienestar sin parangón. Qué lejos se divisa el estrés, las prisas y las ... obligaciones que saturan la agenda durante los once meses de trabajo. Y ahí, en ese estado, nos encomendamos a los dioses paganos para alargar el éxtasis. Pensamos en dejar la oficina y dedicarnos a vender pulseras en un puestito callejero. Spoiler: no suele salir bien.
En estas fechas nadie es ajeno a esa sensación, que muchas veces es más apariencia que realidad, de que estamos desaprovechando el momento exacto para dar un salto de algún tipo. Desde empezar una dieta a dar un giro a nuestra trayectoria laboral, por ejemplo. «Esos momentos claves aumentan la motivación externa. En enero hay más personas que empiezan colecciones y en septiembre hay más gente que se apunta al gimnasio», apunta el también docente de APIR.
Conviene mirar un poco más allá de las premuras del calendario. «En una buena decisión los dos ingredientes, la motivación externa e interna, deben estar presentes y en una proporción suficiente porque, de lo contrario, lo habitual es que duremos quince días». La foto de sobra conocida del gimnasio que se llena en septiembre y se vacía en noviembre. Buenos propósitos que se pierden en el corto plazo.
Hay una trampa mental en todo esto. «Tendemos a creer que somos una persona cuando estamos de vacaciones y, durante el año, otra. Y no es así: somos la misma. Tenemos que pensar qué aspectos de las vacaciones, que han sido positivos, podemos llevarlos a nuestra vida cotidiana», propone Gullón. Defender ese ratito de lectura o permitirnos aquel desayuno un poco más tranquilo de vez en cuando.
«¿A quién no le gustaría vivir toda la vida de vacaciones, sin responsabilidades y haciendo solo lo que uno quiere? A todos. Pero eso no es posible ni sería saludable. Hay cosas que están bien porque se acaban», advierte el psicólogo. Hay muchos que se estrellan en la búsqueda de esa felicidad permanente. Llega septiembre y, agobiados por el estrés, quieren dejar el trabajo. «Las decisiones en caliente, las conductas impulsadas por la emoción, no suelen llevarnos a nada bueno. Es habitual que nos arrepintamos con el tiempo». Los psicólogos recomiendan, antes de cualquier cambio drástico, «darse un tiempo». Con ello haremos «que pase el efecto de esa depresión postvacacional y podamos ver los 'pros' y los 'contras'».
Gullón ofrece un truco. «Cuando, en cualquier decisión sólo vemos elementos positivos, o solo vemos los negativos, estamos ante una conducta impulsada por la emoción -CIE, en el argot de los terapeutas-. Son estados de gran activación emocional. Nos mueve la ira, el rencor... no estamos pudiendo valorar correctamente y ver cuáles son las ventajas y los inconvenientes. Si no vemos nada en uno de los lados de la balanza, es mejor parar porque nos mueve la emoción, ya sea positiva o negativa».
Desde un ámbito muy diferente, la recomendación es similar. La profesora de Recursos Humanos de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Manuela Pozo alerta sobre «las decisiones impulsivas que no se basan en la realidad y tampoco en un buen análisis sobre lo que queremos y las oportunidades reales».
Pozo explica que «en vacaciones tenemos tiempo para parar y hacer esas reflexiones que, en el día a día, no caben. ¿Estoy donde quiero estar? ¿podría estar mejor? ¿quiero hacer otras cosas?». Y eso de mirar de dónde venimos y a dónde hemos llegado es muy sano. Además, en septiembre el mercado laboral está al rojo vivo. «En agosto paran la gran mayoría de los procesos de selección que hay en marcha y se reactivan en este mes. Por eso, se percibe como un mes de oportunidades». Hay más ofertas y, por tanto, es más fácil cambiar.
«Pero este momento también nos puede llevar a decisiones impulsivas cuando no están basadas en la realidad. Hay que analizar si hay espacio en el mercado para nuestros planes y si ese futuro soñado tiene solidez». Bajar a las cifras, desbrozar los sueños para ver si son posibles. «Hay que tener un buen respaldo a nivel social, que tu entorno te apoye, que tengas la solvencia económica para dar ese paso», enumera Pozo.
Sólo los cambios «muy meditados» tienen buen pronóstico. «Si la decisión se toma de la noche a la mañana es raro que funcione. Esa persona que la emprenda deberá tener muchas habilidades para que salga bien». En cambio, cuando el giro no proviene de la impulsividad, sino de un análisis bien meditado hay muchas más posibilidades de acertar.
Date seis meses
¿Qué tiempo es razonable para un cambio drástico en la vida? «Cuando veo que se disparan los divorcios en septiembre, tras las vacaciones, siempre pienso: no ha habido la reflexión necesaria. Sería mejor dar una oportunidad y pensar... pongamos noviembre, al menos. Septiembre está muy cerca de agosto para que el sistema cognitivo y emocional pueda procesar correctamente lo que ha vivido», opina Fran Gullón. En el fondo, funciona como un duelo. «No sentimos la misma intensidad el primer día que tras seis meses o cinco años».
En el ámbito laboral, por contra, «la mayoría de las personas suele tenerlo muy pensado y son reflexiones que suelen venir de mucho tiempo atrás. Aunque lo habitual es que exista un detonante, un activador», reflexiona la profesora de Recursos Humanos. Una especie de gota que colma el vaso, como sucede también en los conflictos personales. O un cambio relevante en el entorno que nos obliga a pensar en el medio y largo plazo. El periodo medio para valorar los cambios de empleo ronda «los seis meses, como mínimo, no es algo que se decida de la noche a la mañana». Si vemos que manejamos tiempos cortos de reflexión y muchas prisas, todas las luces rojas están encendidas. Ahí sólo hay emoción, no razón.
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