Puntadas con hilo
Del aula de Bellas Artes al ThyssenBelén Bajo encontró en la joyería el lenguaje con el que unir arte y artesanía. Sus colecciones inspiradas en grandes pintores forman hoy parte de la tienda del museo
Regala esta noticia Añádenos en Google Belén Bajo en su taller. (Virginia Carrasco)Madrid
19/07/2026 a las 00:01h.Belén Bajo estudió Bellas Artes pensando que su camino estaría cerca de la pintura y la docencia. Sin embargo, la joyería —presente en su vida ... desde la infancia por el negocio familiar de sus padres— acabó siendo el lugar donde esas dos vocaciones —la artística y la artesanal— se encontraron. Hoy, casi tres décadas después de presentar su primera colección, sus piezas forman parte de la tienda del Museo Thyssen-Bornemisza, una colaboración que cierra el círculo de una trayectoria marcada por el diálogo entre arte y diseño.
La decisión llegó de manera gradual. Mientras daba clases de diseño en una escuela de joyería, algunos de sus alumnos empezaron a destacar y a ganar premios. Uno de ellos, el diseñador Isidoro Hernández, le hizo una pregunta sencilla pero decisiva: «¿Y tú no eres diseñadora de joyas?». Aquella observación actuó como detonante. Si podía enseñar a otros a mirar el diseño desde una perspectiva artística, ¿por qué no intentarlo ella misma?
A mediados de los años noventa comenzó a colaborar de forma más activa con el negocio familiar y a viajar con frecuencia a Italia. Allí descubrió un panorama de diseño joyero mucho más avanzado que el español. «Hace treinta años en España había muy poco diseño en joyería», señala. Esa constatación le abrió una posibilidad: aportar una mirada distinta en un sector dominado entonces por lo clásico.
Con esa intuición se puso en contacto con un taller de Córdoba con el que sigue trabajando desde entonces. Juntos empezaron a desarrollar una pequeña colección que presentó en Iberjoya. «No es que yo fuera muy buena; es que no había mucho», admite, recordando aquellos comienzos. En 1997 presentó oficialmente su primera colección, un año que para ella tiene además un significado personal: coincidió con el nacimiento de su primer hijo.
Belén Bajo trabaja en su taller.. (Virginia Carrasco)Su trabajo se fue definiendo desde el principio por una doble influencia. Por un lado, las vanguardias históricas europeas de los años veinte —Rusia, Alemania, el constructivismo, la Bauhaus—, que le atraen por su lenguaje lineal, depurado y radical. Por otro, la tradición andaluza y mediterránea de Córdoba, con su luz, su color, sus curvas y su herencia cultural árabe y judía. «En mi universo personal conviven esas dos vertientes tan distintas», resume.
Hace casi una década Belén Bajo se puso en contacto con Ana Cela, responsable de la tienda del museo, para mostrarle su trabajo. Aquel primer acercamiento quedó en suspenso, pero años después retomó la idea con una propuesta concreta. Esa manera de entender el diseño terminó encontrando así un lugar en el Museo Thyssen-Bornemisza.
El artista elegido fue El Lissitzky. Bajo desarrolló prototipos junto a su taller y acudió al museo con piezas ya realizadas. «Cuando lo vieron dijeron: «Esto nos gusta»», recuerda. Aquel fue el comienzo de una colaboración que después se amplió con otra colección inspirada en Edward Hopper, basada en una acuarela de la colección permanente. «Quería que fuera algo muy distinto, inspirado en una rama de árbol y una casa suspendida sobre ella», explica. Desde entonces, ambas colecciones han pasado a formar parte de la tienda del museo.
Para Belén Bajo, trabajar con el Thyssen como colaboradora artesana no es sólo un escaparate prestigioso. «Para mí es un cliente muy querido», afirma. La tienda del museo recibe a numerosos visitantes extranjeros, y sus piezas viajan así a muchos lugares del mundo. Pero más allá de la dimensión comercial, la colaboración tiene para ella un valor simbólico: confirma que su manera de entender la joyería también tiene cabida en un museo.
Quizá por eso su trayectoria resulta especialmente coherente. La joven que estudió Bellas Artes pensando en el aula y el lienzo no abandonó nunca ese territorio; simplemente encontró otra forma de habitarlo. Sus joyas no nacen de una moda pasajera, sino de una mirada cultivada durante años entre libros de arte, vanguardias europeas, talleres de Córdoba y museos. En ellas conviven la línea geométrica y la luz mediterránea, la disciplina del diseño y la emoción de la obra artística.
Quizá nunca llegó al museo del modo en que imaginó cuando estudiaba Bellas Artes. Lo hizo como joyera. Pero, visto con perspectiva, el camino no parece un desvío, sino la continuación natural de una misma manera de mirar el arte.
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