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Democracia de mínimos

Democracia de mínimos
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La disolución de las Cortes no se presenta ante la nación como la asunción de un ciclo agotado, sino como una elaborada cortina de humo
Democracia de mínimos

La disolución de las Cortes no se presenta ante la nación como la asunción de un ciclo agotado, sino como una elaborada cortina de humo

Regala esta noticia Añádenos en Google Pleno del congreso de los diputados durante el debate los dos decretos de vivienda. (Matías Nieto)

Raisiel Rodríguez

Profesor de la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno de la Universidad Francisco de Vitoria

05/10/2026 Actualizado a las 14:44h.

La democracia, en su concepción más noble y genuina, no es únicamente un andamiaje legal; es, ante todo, un pacto ético, un ecosistema cívico fundamentado ... en el respeto irrestricto a la voluntad popular y al espíritu de las instituciones. Sin embargo, cuando la táctica partidista sustituye a la ética de Estado, corremos el riesgo de deslizar toda la arquitectura institucional hacia lo que podríamos denominar una democracia de mínimos. El pasado viernes el país entero asistió a un episodio que ilustra esta preocupante degradación con suma nitidez. Los conocidos como decretos Maricarmen cayeron derrotados en el pleno del Congreso de los Diputados de forma soberana y contundente: 178 votos en contra frente a 172 a favor. La representación mayoritaria pronunció un NO inequívoco. En una democracia madura, este rechazo habría invitado a la autocrítica y a la búsqueda de consensos; en nuestra realidad, apenas ha sido el preludio de un peligroso juego de espejos.

La prueba más dolorosa de este cortoplacismo es el intento inaudito de resucitar aquello que el Parlamento acaba de rechazar. Al disolverse las cámaras por la convocatoria electoral, el poder legislativo queda de forma transitoria en manos de la Diputación Permanente del Congreso. Y es precisamente en este hiato donde se materializa la gran anomalía institucional: el presidente pretende volver a someter a votación ese mismo decreto negativo, sabedor de que, en la aritmética reducida de este órgano de guardia —compuesto por apenas 69 diputados—, los números sí le sonríen de manera artificial. ¿Qué clase de sistema es este? ¿Es aceptable que una norma explícitamente repudiada por el pleno del Congreso, que es el reflejo más fiel de la voluntad popular, intente ser aprobada por la puerta de atrás mediante un mero atajo procedimental?

Esto es, en su estado más puro, la esencia de la democracia de mínimos. Es una perversión institucional sistemática, un modelo diseñado para que, cuando la representación mayoritaria de la sociedad te niega el apoyo, puedas obtenerlo retorciendo el reglamento y forzando las costuras de la ley. Es jugar siempre a ganar, olvidando una lección fundamental: en democracia, los medios son tan importantes como los fines. Las reglas existen para proteger la pluralidad y garantizar que las decisiones emanen del verdadero consenso, no para ser utilizadas como una trampa que proteja al gobernante de sus propias derrotas. Al convertir a la Diputación Permanente en una suerte de cámara de segunda instancia a su medida, se vacía de absoluto sentido el voto de los 350 diputados que conforman el hemiciclo.

Resulta profundamente paradójico, y a la vez alarmante, que el primer acto de campaña del presidente Sánchez sea este. Por un lado, nos ofrece un discurso plagado de matices para justificar la urgente llamada a las urnas; por otro, instrumentaliza a la Diputación Permanente para intentar sacar adelante, por un resquicio legal, lo que fue incapaz de ganar en el debate abierto. Es una contradicción flagrante que erosiona la confianza ciudadana. No se puede apelar a la soberanía popular en los mítines mientras se burla su mandato de forma técnica en los despachos.

¡Cuidado, presidente! España es una nación madura, y es mucho más grande que usted, que sus estrategias de supervivencia y que sus chanchullos. La dignidad de la representación nacional está muy por encima de un frío cálculo aritmético en un órgano de 69 diputados. ¡Cuidado, presidente! porque empezar una contienda electoral y perfilar una nueva legislatura sobre la base de estas acciones de mínimos es adentrarse por una senda trágica. Cuando un gobernante se acostumbra a operar en los márgenes de la legitimidad, corre el riesgo de engendrar una legislatura donde la propia democracia también lo sea: una democracia vaciada que termina jugando contra sí misma. La verdadera grandeza política no reside en encontrar la trampa para sortear la voluntad de la representación popular, sino en poseer la altura moral para acatarla.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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