Evitamos formularnos las preguntas acerca de nosotros mismos cuya respuesta intuimos que nos decepcionará
Regala esta noticia Añádenos en Google Una mujer mirándose en el espejo. (Quim Roser) 09/09/2026 a las 00:04h.No siempre es uno el que mejor se conoce a sí mismo. De hecho, son muchas las situaciones en las que incluso ocurre exactamente lo ... contrario. Así, en el ámbito de la propia identidad a menudo resulta de aplicación el viejo principio según el cual el protagonista es el último en enterarse… de cómo es realmente. Por resumir con una paráfrasis paulina el problema que se pretende abordar, podríamos afirmar que los caminos del autoengaño son inescrutables.
La pregunta admite una formulación aparentemente sencilla, de remota inspiración kantiana. Cada uno de los miembros de la pareja se plantearía: «¿qué espero del otro?». Repárese en que, formulada de esta forma, la pregunta renuncia a toda pretensión normativa, como sí lo haría si dijera «¿qué tengo derecho a esperar?», y coloca el foco de la atención sobre la propia autoconciencia, esto es, sobre ese conjunto de expectativas que constituyen el entramado básico de la identidad de los individuos. A su vez, responderla obliga a hacer emerger a la superficie de la conciencia elementos que a menudo permanecen sumergidos en lo más profundo de la propia interioridad. (La feminista estadounidense bell hooks ha formulado certeras consideraciones sobre esta cuestión en su libro 'El deseo de cambiar').
Si las personas prefieren no enfrentarse a este tipo de preguntas es en gran medida porque intuyen que una respuesta veraz les generaría una profunda incomodidad, operaría a modo de espejo que les devolvería una imagen de sí poco favorecedora, acaso muy diferente de la que gustan de ofrecer a los demás. Por idéntica razón -más agravada, si cabe-, prefieren no correr el riesgo de preguntarle esto mismo a quien está con ellas, no fuera a ser que experimentaran una profunda, cuando no dolorosa, decepción.
La resistencia a plantearse y a plantear este tipo de interrogantes constituye, en el fondo, la mejor prueba de su calado. Si algo temen los individuos es terminar encontrándose con la evidencia de su condición de constructos (una herida narcisista en toda regla) y, para más inri, de constructos elaborados en muchas ocasiones con materiales de dudosa calidad, por no decir de desecho. Es el riesgo que tiene convertir el socrático «conócete a ti mismo» en divisa de la propia vida, serio riesgo ante el cual es humanamente comprensible que los individuos retrocedan, algo asustados.
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