El consejo médico era claro: reposo absoluto. Sin embargo, apenas un día después de volver a casa, tuvo que salir huyendo. «Menos mal que fue cuando ya estaba en casa y no seguía ingresado, porque si no mi mujer y mis hijos lo habrían tenido mucho más complicado para salir», explica.
Salieron con lo imprescindible: los medicamentos de Moisés y su madre, una muda de ropa y poco más. Como tantos otros vecinos, pensaban que la evacuación sería temporal y que en unas horas podrían regresar a casa. La realidad terminó siendo muy distinta. «Yo no sabía qué hacer. Acababa de salir del hospital y no teníamos adónde ir», relata Moisés, que aún necesita curas diarias y medicación tras la intervención quirúrgica.
Cada movimiento suponía un esfuerzo. Las cicatrices de la operación seguían recientes y los médicos le habían recomendado evitar cualquier esfuerzo físico. Sin embargo, el incendio no entiende de reposos médicos. Tocó cargar bolsas, subir al coche y abandonar la vivienda mientras intentaba controlar el dolor.
Gracias a la ayuda de su hermano, residente en Paiporta, consiguieron pasar la primera noche en un hostal de Antas. Fue un pequeño respiro después de unas horas caóticas. Sin embargo, aquella solución era temporal. A mediodía tuvieron que abandonar la habitación sin saber qué rumbo tomar. Regresar a Bédar seguía siendo imposible y prolongar la estancia no entraba dentro de sus posibilidades económicas.
Giro inesperado
El giro en su destino llegó de la forma más inesperada. Mientras entraban en un bazar de Antas para comprar una botella de agua para los niños, una vecina escuchó su situación y les habló del antiguo convento de las Hermanas de la Caridad, donde se estaba acogiendo a personas evacuadas. Aquella conversación de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en el comienzo de una nueva etapa para la familia.
Hoy, los pasillos que durante décadas albergaron la actividad de las religiosas se han transformado en un refugio improvisado. Habitaciones abiertas, colchones preparados, voluntarios entrando y saliendo con alimentos y vecinos ofreciendo aquello que tienen. Allí conviven personas que apenas unas horas antes ni siquiera se conocían, unidas ahora por una misma incertidumbre.
Allí, asegura, han encontrado mucho más que un techo. «Gracias a ellos tenemos dónde dormir, dónde comer. No nos han dejado abandonados», afirma agradecido, destacando el trabajo del Ayuntamiento de Antas, de Cruz Roja, de los voluntarios y de las personas que desde el primer momento se han volcado con los evacuados.
Mientras espera poder regresar a casa, Moisés afronta también una complicada recuperación médica y la incertidumbre sobre los próximos días. A la preocupación por el incendio se suma ahora otra: su mujer tenía previsto incorporarse esta semana a un nuevo trabajo como auxiliar de ayuda a domicilio en Bédar, un empleo que suponía un balón de oxígeno para la economía familiar y cuyo futuro es ahora una incógnita debido a la situación que atraviesa el municipio.
Lo único que tiene claro es que, en mitad de uno de los momentos más difíciles de su vida, encontró algo que no esperaba: la solidaridad de desconocidos que, sin hacer preguntas, decidieron ayudar.
«Cuando pasan cosas así es cuando te das cuenta de la cantidad de gente buena que hay dispuesta a ayudar».
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