Recientemente, un equipo de investigadores de la Universidad de Emory propuso una explicación más precisa. De acuerdo con sus hallazgos, este proceso puede entenderse como la construcción de “un mapa interno” en el cerebro que utiliza una arquitectura similar a la que empleamos para orientarnos en una ciudad o localizar objetos dentro de una habitación. Este sistema permitiría clasificar y relacionar emociones de manera estructurada.
En esta “cartografía neuronal” destacan dos regiones cerebrales: el hipocampo y la corteza prefrontal ventromedial (CPFvm). Según el estudio publicado en la revista Nature, el hipocampo (tradicionalmente asociado con la memoria) actúa como un modulador dentro de la jerarquía emocional, al clasificar qué tan agradable o intenso resulta un estímulo. Por su parte, la CPFvm funciona como un sistema relacional que interpreta el contexto y el momento en que aparecen los estímulos.
En términos sencillos, esta región sigue la distribución y las relaciones entre las sensaciones identificadas por el hipocampo. Gracias a este mecanismo conjunto, el cerebro puede distinguir si la aceleración del corazón se relaciona con miedo, nerviosismo o entusiasmo.
“Descubrimos que la jerarquía de categorías emocionales se representa de forma más amplia —por ejemplo, esto es bueno, aquello es malo— en la parte interior del hipocampo. En cambio, en la región posterior aparecen representaciones más granulares y precisas”,