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Isla Marizó, rodeada por el río Xingú, en Brasil. SUR Desde Ojén al Amazonas: voluntarios malagueños llevan medicinas a una recóndita isla del río XingúEl aventurero y ex militar José Miguel Ogalla impulsa un proyecto solidario que facilita tratamientos y seguimiento sanitario a poblaciones ribereñas en la isla Marizó, en el estado brasileño de Pará
Málaga
Lunes, 23 de marzo 2026, 00:06
Antes de llegar a este modelo más modesto, el proyecto vivió una etapa mucho más ambiciosa en la que la logística era, en sí misma, una aventura. Hasta aquella primera isla -donde se levantó el hospital original- los medicamentos no llegaban por canales convencionales, sino gracias a expediciones fluviales que remontaban el Amazonas durante días. «Aquello era una locura, pero también una red de gente extraordinaria», recuerda José Miguel Ogalla, 'Pepe', impulsor de esta iniciativa. Entre ellos, menciona especialmente a Patricio, impulsor de la llamada Expedición Latina 2000, que junto a su equipo transportaba material sanitario río arriba, y a Eugenio Pires, capitán del barco Toro, «un máquina», como lo define, que puso su embarcación al servicio del proyecto. «Sin ellos habría sido imposible», subraya.
A esa red se sumaron también apoyos desde Málaga y Marbella que resultaron decisivos en los inicios. Empresarios como Tomás Olivo, junto a otras muchas personas —desde colaboradores anónimos hasta nombres vinculados a la vida social marbellí—, ayudaron a sostener económicamente una iniciativa que se construyó, en gran medida, a base de aportaciones particulares. «Hubo mucha gente que confió en nosotros cuando aquello no era más que una idea y ganas de ayudar», apunta Ogalla.
Pepe Ogalla poco después de comprar la isla que llamó Marizó. Antiguo dispensario. Instalaciones en el hospital que los voluntarios levantaron en la primera etapa.Aquel hospital que levantaron en plena selva ya no existe porque la isla se expropió para hacer una presa, pero su espíritu sigue navegando río arriba. Tras la desaparición de aquella infraestructura, el proyecto se reinventó años más tarde en una versión más pequeña, pero también más flexible y adaptada al terreno. Ogalla compró una pequeña isla, que bautizó como Marizó (en honor a su actual esposa Marisol). Antes incluso fue estafado por una abogada brasileña, pero nada lo detuvo en su empeño.
En el tránsito hasta Marizó hay nombres que siguen muy presentes. Uno de ellos es el del doctor Daniel Facaldi, médico brasileño que dedicó años a atender a la población de la zona y cuya huella fue tan profunda que, tras su fallecimiento, dio nombre al pequeño dispensario levantado en la nueva isla. «Fue una de las personas más humanas que he conocido», recuerda Ogalla. «Estuvo con nosotros muchos años y lo dio todo por aquella gente», añade a continuación. «Nosotros empezamos con la idea de ayudar a quien no tenía nada, y eso no ha cambiado», resume.
Hoy, la atención se articula a través de expediciones periódicas que parten desde España -vinculadas hoy a la escuela de supervivencia Anaconda, en Ojén- y que se adentran en el Xingú para visitar a comunidades dispersas a lo largo del río. Allí, donde no hay carreteras ni centros de salud cercanos, el equipo realiza controles básicos y, sobre todo, mantiene un seguimiento de pacientes que ya conocen de años atrás. «Sabemos quiénes son, dónde viven y qué problemas tienen. Eso nos permite no empezar de cero cada vez que vamos», explica.
Uno de los pilares de esta labor es el acceso a los medicamentos. En una región donde los ingresos son mínimos y los tratamientos son imposibles de asumir, la ayuda se centra en facilitar esos fármacos a quienes ya han sido diagnosticados. «Allí mucha gente no puede permitirse un tratamiento; nosotros intentamos, dentro de nuestras posibilidades, que al menos lo tengan», señala Ogalla. En los últimos años, además, han optado por adquirirlos directamente en Brasil, simplificando la logística y adaptándose mejor a la realidad local.
Más allá de la asistencia puntual, el proyecto busca ahora dar un paso más: consolidar un punto fijo de atención, aunque sea básico, que permita reforzar ese trabajo sobre el terreno. Para ello, se apoyan en contactos locales y en profesionales sanitarios de la zona, con la intención de dotar de mayor continuidad a una iniciativa que, hasta ahora, depende en gran medida de la capacidad de organizar nuevas expediciones. «La idea es que haya algo más estable, que no dependa solo de cuándo podamos viajar nosotros», apunta.
Mientras tanto, la actividad continúa como puede, entre la incertidumbre y la determinación. Desde una pequeña isla en el Xingú -de aproximadamente un kilómetro de largo por unos cuatrocientos metros de ancho, adquirida hace años por unos 12.000 euros-, este proyecto sigue demostrando que, incluso en los lugares más remotos, la distancia no siempre es una barrera insalvable. A veces, basta con una barca, voluntad y un hilo invisible que conecta la selva amazónica con Málaga para que la ayuda llegue.
Cómo ayudar
Ese hilo sigue abierto para quien quiera sumarse. La forma más directa de colaborar es aportando material sanitario básico que pueda ser utilizado sobre el terreno. «Lo que más necesitamos son medicamentos que no estén caducados, además de tensiómetros, glucómetros y material de primera necesidad», explica Ogalla. Todo ese equipamiento se recopila en la Costa del Sol antes de cada expedición, que suele organizarse de forma periódica. Concretamente, se puede llevar a la escuela de supervivencia Anaconda, situada en Ojén.
La próxima expedición está prevista, en principio, para el próximo otoño, previsiblemente en noviembre. Quienes quieran contribuir pueden hacerlo desde ahora, entregando esos productos para que formen parte del próximo envío. «No pedimos dinero, pedimos ayuda directa, cosas que sabemos que allí van a ser útiles», resume Ogalla.
Porque en esa isla del Xingu, donde el tiempo y las distancias se miden de otra manera, cada caja de medicamentos puede marcar la diferencia entre tener tratamiento o no tener nada.
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