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«Después de dos semanas dando pan duro de comer a mis hijos, no pude más y me eché al agua»

«Después de dos semanas dando pan duro de comer a mis hijos, no pude más y me eché al agua»
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Cientos de mujeres que llegaron en la avalancha se hacinan con sus hijos pequeños en una carpa gestionada por los vecinos, sin agua ni servicios, aunque muchas aseguran que lo que los abusos y precariedad que dejaron atrás es peor.

Mujeres migrantes en Ceuta

«Después de dos semanas dando pan duro de comer a mis hijos, no pude más y me eché al agua»

Cientos de mujeres que llegaron en la avalancha se hacinan con sus hijos pequeños en una carpa gestionada por los vecinos, sin agua ni servicios, aunque muchas aseguran que lo que los abusos y precariedad que dejaron atrás es peor.

Regala esta noticia Añádenos en Google Varias mujeres y niños en la carpa instalada junto a la mezquita de Sidi Embarek de Ceuta. (Francis Jiménez)

Paula Rosas

Enviada especial a Ceuta

29/09/2026 a las 00:08h.

Ferdaus se acaricia la ya prominente barriga que se adivina bajo su túnica negra y confiesa que aún no sabe si será niño o niña. ... El pasado 31 de julio, el segundo día de la avalancha en la que más de 80.000 migrantes entraron en Ceuta, se echó al agua embarazada de cuatro meses, consciente del peligro que corría, pero huyendo de una amenaza mayor, asegura: «Mi marido es muy violento, y yo no quería que mi hijo se criara con él. No tenía adonde ir. Vi la oportunidad y no lo pensé, cerré la puerta de mi casa y me fui para la frontera».

Maletas y bolsas del Mercadona amontonadas entre los camastros sirven para guardar las pocas pertenencias que trajeron o que han recibido de donativos. De aquí y de allí asoman un Mickey Mouse o un oso de peluche, y la ropita colgada precariamente de cuerdas entre los postes de la carpa recuerda que aquí están viviendo 60 niños.

Dentro de un campamento de mujeres migrantes en Ceuta Ver 10 fotos

No hace mucho que Ferdaus era una niña también: tiene 22 años, un título de peluquería y sueña con poder ejercer su profesión en España, lejos de un pasado de maltrato y «donde pueda darle un futuro mejor a mi hijo». Lo que se ha encontrado, dice, es descorazonador, pero no se rinde. Se está tratando una infección de orina que ha pillado, quizás, por dormir en el suelo, o por la falta de higiene a la que les obligan las circunstancias. Se asean como pueden con botellas de agua y a veces consiguen cita para ducharse en un centro social cercano. Cuando dé a luz tiene la esperanza de que la lleven al CETI, adonde han ido a parar otras mujeres que también llegaron embarazadas ya han tenido a sus bebés.

Interior de la carpa. (Francis Jiménez)

Ahora están repartiendo el desayuno -leche, pan, quesitos y mermelada- y cuando algunas se salen de la fila y montan un pequeño revuelo, Hacha Karima pega cuatro gritos y todo vuelve al orden. Las mujeres la respetan. «A veces hay alguna discusión o pelea, pero lo normal que podría haber en cualquier casa», cuenta.

Algunas, cuenta, están divorciadas, han sido abandonadas o son madres solteras, y cargan con ellas un estigma. En Marruecos, fuera de las grandes ciudades que el régimen muestra como escaparate de modernidad, sigue reinando un conservadurismo que oprime a muchas mujeres. «Son víctimas, pero sus familias y la sociedad las culpan de sus desgracias», señala Karima. Muchas necesitan atención psicológica, dice, «y otras simplemente están muy necesitadas de cariño, de un abrazo».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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