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Diego Lorenzo, el español de 15 años fallecido en el terremoto de Venezuela: "Murió con dos amigos, estaban abrazados"

Diego Lorenzo, el español de 15 años fallecido en el terremoto de Venezuela: "Murió con dos amigos, estaban abrazados"
Artículo Completo 2,078 palabras
Diego es uno de los 17 españoles fallecidos en el terremoto de Venezuela registrado el pasado 24 de junio. Su padre, José Gregorio, relató el último día de vida de su hijo y cómo fue el proceso de encontrarlo entre los escombros. Otras historias: Un empresario, dos primas y la mujer del etarra 'Txistu', entre los 17 españoles fallecidos en los terremotos de Venezuela

José Gregorio junto a su hijo Diego, en los viajes a España. Arte E. E.

Reportajes Diego Lorenzo, el español de 15 años fallecido en el terremoto de Venezuela: "Murió con dos amigos, estaban abrazados"

Diego es uno de los 17 españoles fallecidos en el terremoto de Venezuela registrado el pasado 24 de junio. Su padre, José Gregorio, relató el último día de vida de su hijo y cómo fue el proceso de encontrarlo entre los escombros.

Otras historias:Un empresario, dos primas y la mujer del etarra 'Txistu', entre los 17 españoles fallecidos en los terremotos de Venezuela

Publicada 30 junio 2026 03:48h

Eran las 7 de la mañana del 24 de junio en La Guaira, Venezuela. El joven español Diego Lorenzo Nández acababa de despertar. Ese día durmió dos horas más porque no tenía clases en el colegio debido a que era festivo.

La mañana era fría. No había parado de llover desde la noche anterior, por lo que no se alcanzaba a divisar el mar que estaba enfrente de su residencia. Había bruma. Igualmente Diego estaba emocionado: ese día tenía un partido de fútbol a las 9 de la mañana. Como era costumbre en ese tipo de momentos, él desayunaba una arepa con carne y agua.

Entre tanto, se puso el uniforme de fútbol y junto a su madre, Heidy, salió al campo donde iba a jugar. Pero la primera mala noticia del día llegó: el partido había sido cancelado por el clima.

José Gregorio junto a Diego y sus otros dos hijos. Cedida

No les quedó otra opción que regresar a casa y preparar la comida. El plan para la tarde tampoco cambió mucho: la madre se iría de casa después de comer y su hijo decidió quedarse para estudiar inglés junto a otros dos compañeros. Posteriormente iban a ver el partido de Brasil vs. Escocia.

Momentos después sonó una llamada de José Gregorio Lorenzo, su padre.

—¿Qué tal salió el partido? ¿Ganasteis? —preguntó.

Entonces la madre le dijo que no se había podido llevar a cabo por el mal tiempo.

También aprovechó para preguntar cómo seguía de su rodilla, dado que dos días antes de esa mañana, Diego, junto a su padre, había salido a correr por la Cinta Costera y hablaron de lo que no pudo ser.

—Papá, me está doliendo mucho la rodilla. Tuve un golpe —le dijo.

José sonrió de forma pícara. Y en tono burlesco soltó:

—No seas flojo. Voy a ganarte la carrera entonces —agregó el padre.

Esa tarde estaban frente a la playa, donde llevaban años haciendo ejercicio. El ritmo fue más lento. La destrucción no había llegado. La muerte tampoco había tocado la puerta.

El presente era aquello que se les escurría entre las manos y José no se imaginaba que ese iba a ser el último abrazo que le daría a su hijo.

Corrieron cerca de 30 minutos. Lo hicieron a un paso más lento para no afectar la lesión que Diego tenía, hasta que finalmente llegaron al edificio Sol y Mar.

—Padre, te amo. Gracias por todo. Me irá bien en el partido —le dijo.

Su padre lo abrazó. Le dio un beso y la bendición. Después partió nuevamente a Caracas, donde reside, y quedó expectante de cómo le iría a su hijo en el partido.

Llamada

Después de corroborar que el partido se había cancelado, José llamó directamente a su hijo. Ese fin de semana iba a asistir a una fiesta de 15 años de una compañera del colegio, por lo que estaba en la búsqueda de un traje.

José ya se había adelantado, pero era sorpresa. No quería contárselo todavía.

—No te preocupes. La búsqueda la haremos juntos —le dijo.

Diego respondió afirmativamente. Después procedió a contarle que, como estaba en medio de exámenes en el colegio, se quedaría estudiando junto a dos amigos para, posteriormente, ver el partido del Mundial.

Un empresario, dos primas y la mujer del etarra 'Txistu', entre los 17 españoles fallecidos en los terremotos de Venezuela

Cuando colgaron, José se sentó a comer. Además, habló con su otro hijo, que vive en Málaga, y en medio de ello las cosas a su alrededor se movieron. Y de pronto la llamada se cortó de forma inmediata.

En cuestión de segundos se pasó de la preocupación de un simple temblor a un terremoto.

"Recordé que junto a Diego habíamos practicado 20 veces qué hacer en un terremoto y lo apliqué. Intenté resguardarme en un rincón de mi casa para que cuando frenara el temblor, pudiera salir corriendo por las escaleras", comenta José.

Bajó hasta la calle y allí se encontró con su hermana, que es médica obstetra y fue la encargada de traer al mundo a Diego.

Se preguntaron si estaban bien. Creyeron que había sucedido solo en Caracas y no pensaron en La Guaira. Como no tenían electricidad ni acceso a redes sociales, todavía no magnificaban el evento sucedido.

Hasta que se encontró con un amigo suyo, que justo venía de La Guaira.

—José, La Guaira está hecha pedazos. ¿Sabes algo de tu hijo? —le preguntó.

La sensación fue inmediata. Un frío recorrió el centro de su pecho y la angustia se empezó a apoderar de él. No había forma de comunicarse ni tampoco saber lo que estaba sucediendo.

Casi seis horas después del terremoto, finalmente se pudo comunicar con su hijo que vive en España.

—Papá, el edificio donde vive Diego se desplomó y él estaba allí adentro —le contó para colgar de forma inmediata.

El relato de José es entrecortado. Los sollozos son recurrentes. Y cada vez que finaliza un recuerdo, solo dice "qué duro vivir esto".

Viaje

El viaje desde Caracas hasta La Guaira lo hizo con su hermana. Sabía que se necesitaría de un médico por si su hijo necesitaba ayuda.

Lo que en coche suele tardar unos 40 minutos se convirtió en un trayecto de varias horas. En ese lapso hubo un silencio sepulcral, que únicamente era interrumpido para pensar en lo que podría ser y no sucedió.

En La Guaira, la 'zona cero' de los terremotos de Venezuela: cadáveres sin recoger, saqueos y gritos entre los escombros

Pensaron en los hospitales en los que podría estar. En los lugares a los que debían acudir para buscarlo y rogaron que, por primera vez en la vida, Diego hubiese hecho lo que no debía y se escapara de su casa para visitar a su novia.

Cuando llegaron siguieron al pie de la letra el plan: visitaron dos hospitales y un campo de béisbol que estaba siendo usado por los damnificados. Pero la respuesta era cruda: nadie lo vio. No existía en los registros. Tampoco estaba en la morgue.

La realidad poco a poco fue ejerciendo su ley de gravedad para, finalmente, caer como una puñalada en el pecho. La última opción antes de ir a casa y afrontar la verdad era preguntarle a la novia de Diego.

Llegaron a su residencia, que no había sufrido ningún derrumbe, y el padre de la joven lo dijo sin rodeos:

—Diego no estaba aquí en el momento del derrumbe —afirmó.

Muerte

No tuvieron otra opción que ir hasta el edificio donde residían Diego y su madre. Mientras la hermana de José iba hacia otro centro de salud a preguntar, el padre decidió irse con la ayuda de un motociclista que pasaba por la zona.

Cuando faltaban tres calles para llegar, se bajó justamente en el sector de la Cinta Costera. Corrió, como lo había hecho dos días antes junto a su hijo. Pero el panorama ahora era diferente. El mar seguía de fondo, pero los edificios sobre ese bulevar ya no estaban.

Unos minutos después, cuando estaba en la esquina antes de llegar, vio que solo había una mujer parada frente a los escombros del edificio en el que vivía su hijo. El sol apenas estaba saliendo.

La mujer corrió hacia él. Era Heidy.

—Perdón, perdón. Lo dejé solo. Tenía que estar con él —le gritó entre sollozos.

Él la abrazó fuertemente. Nadie tiene la culpa de lo que no se espera.

Entre el terremoto y ese momento transcurrieron cerca de 12 horas. No había bomberos ayudando. Tampoco maquinaria pesada para intentar rescatar a los atrapados.

La decisión llegó rápido: entre ellos tenían que empezar a recoger los escombros que podían. Cuando la gente los vio, empezó a sumarse a la labor de rescate.

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Los primeros resultados fueron alentadores: rescataron a varias personas con vida, incluso animales. Cada vez mover los escombros era más difícil. Y en medio de ello escucharon una voz.

—¡Ayuda, ayuda! —vociferaban dos niños.

—¡Estamos atrapados junto a nuestra madre! —prosiguieron. Pero la voz de ella no se escuchaba.

Para acceder adonde estaban necesitaban maquinaria pesada. La fuerza humana no era suficiente.

Con el pasar de las horas, ya tampoco se escuchaba la voz de los niños. No respondían al llamado.

Y cuando pudieron mover los escombros, entonces aparecieron los cuerpos de los dos niños junto a su madre.

Allí la esperanza de José y Heidy empezó a desaparecer. Llevaban casi 24 horas sin saber en qué lugar podría estar su hijo junto a sus dos amigos.

Diego Lorenzo, según su padre, era un joven muy amoroso, dedicado y deportista. Cedida

48 horas

El primer día de labores les dejó un sinsabor: la felicidad de haber salvado a algunas personas y también haber encontrado cadáveres, sin que ninguno fuera el de su ser querido.

Cuando los bomberos llegaron, les dieron la noticia que no esperaban:

—Quizás aquí no hay nadie con vida. Nos tendremos que ir a otros edificios en los que, posiblemente, podamos salvar a alguien —comentó el oficial.

José sintió impotencia. Su pequeño seguía entre los escombros y no había nadie que le ayudara, pero también comprendió que todavía podían salvarse más vidas.

Finalmente, después del cansancio, la frustración y el desespero, la familia tuvo una idea a raíz de una pregunta:

"Pensamos en dónde podría estar. Imaginamos que, a lo mejor, habría intentado salir hacia las escaleras y nos dirigimos allí", asegura José.

En ese momento llegó maquinaria pesada y les dijeron que, posiblemente, había tres niños atrapados en el sector de las escaleras.

Pasaron unos minutos y se escuchó una voz de aliento:

—¡Llamen a los paramédicos y ambulancia! ¡Creemos que hay tres niños vivos! —comentó un rescatista.

José corrió hacia el sector donde estaban situados los paramédicos y les pidió ir. Todos se acercaron a la escena corriendo y estaban preparados.

Cuando movieron los escombros hubo un silencio profundo.

Los tres niños, ya sin vida, estaban abrazados en las escaleras del edificio.

No fui capaz de ver a mi niño. Le pedí a mi hermana que lo reconociera —dice el padre entre lágrimas.

La confirmación de lo inevitable llegó. Diego es uno de los 17 españoles que murieron en el terremoto de Venezuela. Y hace parte de las más de 1.700 víctimas.

Al joven lo cremaron el sábado 27 de junio. No hubo una velatorio. El ataúd siempre estuvo cerrado. Y el recuerdo de Diego continuará existiendo en la Cinta Costera donde tantas veces corrió junto a su padre.

—Quiero imaginarme que él sigue ahí. Y si pudiera verlo nuevamente, le diría que lo amo, que extraño sus besos, sus abrazos —confiesa José.

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