Hace unos días la ONU aceptó la propuesta de Togo para modificar el viejo mapa del mundo, la clásica proyección Mercator. Desde los días de la geografía radical y los movimientos subalternos, la infrarrepresentación del Sur Global en los mapas tradicionales occidentales ha sido ... objeto de queja en los organismos internacionales, entre los especialistas e incluso en la opinión pública.
Ya se sabe que todo mapa deforma de una manera u otra la realidad. No solo porque trasladar una superficie esférica a un plano bidimensional exige o bien respetar los ángulos y las formas de los continentes (como hacen las proyecciones conformes, la Mercator entre ellas), o bien las proporciones de las áreas (como hacen las equivalentes), sino porque todo mapa es el resultado de una elección, una mirada, una perspectiva.
Todo mapa dice o cuenta cosas a base de callar y ocultar otras. Los silencios de los mapas son tan elocuentes como lo que olvidan o esconden ciertos monumentos. 'Terra nullius' o 'Terra australis incognita', rezaban los antiguos mapas donde se suponían vastas extensiones que encerraban riquezas sin dueño y sin fin para los nautas occidentales, los herederos de Odiseo y de Eneas.
Pero los mapas no solo han dicho o silenciado cosas. También han servido para encontrar tesoros y para ocultarlos, para librar batallas o para sellar la paz. En la tradición occidental -cuesta desprenderse de nuestro legado- los mapas han servido a menudo para recorrer el camino, para llegar de un sitio a otro, o para regresar. Desde el 'nostos' de Odiseo al tornaviaje de Urdantea, volver ha sido siempre una necesidad para establecer rutas o para encontrarse a uno mismo. Los geógrafos hablan del espacio hodológico, el espacio vivido y experimentado como desplazamiento, asociado al viaje, al camino (hodós).
Los mapas deudores de la proyección Mercator estaban pensados para navegar, para ir de un sitio a otro. Son también los casos de las cartas portulanas y de la Tabula Peutingeriana, un antiguo mapa romano que mostraba los itinerarios que atravesaban el imperio. ¿Debemos quemarlos, cancelarlos, arrepentirnos de ellos, descolonizarlos, corregirlos?
Los mapas siempre estuvieron a caballo entre la Ciencia y el Arte
Quizás deberíamos entenderlos mejor. Entender, por ejemplo, que los mapas siempre estuvieron a caballo entre la Ciencia y el Arte, en ese territorio ambiguo y fronterizo gobernado por las expectativas, los efectos ópticos y la promesa de un hallazgo o un encuentro, es decir, marcados por el ilusionismo y la ilusión.
De hecho, un mapa es un dispositivo que ofrece una mirada sobre un territorio y que genera la ilusión de que uno está situado frente a ese territorio. Como todos los trucos ilusionistas, el mapa desaparece ante la vista del espectador para susurrarle al oído: «Usted está aquí», «éste es su país», «así es la Tierra». Es como un truco de magia. El instrumento se esfuma y aparecen los continentes, los océanos, las cordilleras o lo que el cartógrafo decida dibujar. Hace tiempo, Ernst Gombrich, el destacado historiador del Arte, escribió un libro legendario, 'Arte e ilusión', donde señalaba que toda creación de imágenes era un acto de ilusionismo. Al mirar un cuadro, el espectador completa con sus proyecciones mentales una ilusión óptica.
Algo de esto tuvieron siempre los mapas. Los mapas antiguos estaban poblados de blemias, cinocéfalos y otros monstruos situados en los márgenes del mundo conocido. En el 'Atlas Catalán', un bellísimo mapa portulano de la escuela mallorquina, aparecen las islas orientales como si fueran piedras preciosas. Y también figuran los Reyes Magos, en su camino hacia Tierra Santa, los portadores de la ilusión por antonomasia.
Vivimos sin duda una época dominada no ya por el desencantamiento del mundo (esto pasó hace siglos ya, cuando la racionalización y el proceso de civilización desterraron a los monstruos y los mitos de los mapas), sino por el propio desencantamiento de los artefactos y los medios con que lo hemos representado. El museo es el resultado del extractivismo y la exoticización del otro. El viaje y la exploración son vistos como formas coloniales de producción de conocimiento. Desde los años de Freud, hace un siglo, el malestar de la cultura no ha hecho más que crecer y multiplicar la culpa.
Vivimos unos tiempos neobarrocos, donde el desengaño ha inundado las miradas.
En los días soleados, los mapas de nuestros antepasados nos parecen juguetes que ilusionaban a los intrépidos aventureros en la infancia de la humanidad. En los días sombríos, nos recuerdan que siempre fueron instrumentos de opresión y del capitalismo global.
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