El pescador muestra una chova que acaba de sacar del agua. El ejemplar, de entre kilo y medio y dos kilos de peso, había quedado atrapado entre los muros de piedra uno de los cinco corrales activos de Rota (Cádiz). Son apenas unos 120 los "privilegiados" que pueden realizar capturas (el término correcto es 'despescar') dentro de esta estructura poligonal construida con piedra natural en la franja intermareal, donde peces, crustáceos o sepias quedan atrapados cuando baja la marea. Se trata de un arte de pesca ancestral, artesanal y sostenible, que subsiste a orillas del Atlántico en Rota y también en la localidad vecina de Chipiona y que fue declarado Monumento Natural en 2001.
La falta de rentabilidad económica de los corrales ha dejado actualmente esta actividad en manos de pescadores vocacionales, muchos de ellos de edad avanzada, como Domingo Martín-Arroyo Fénix, que, a sus 83 años, dedica una mañana de mediados de agosto a reparar bajo el sol algunos caños (los salideros del agua) deteriorados por el azote de las olas y también por el tránsito de pescadores furtivos y turistas.
La memoria de Domingo está ligada al marisqueo desde que, de niño, su madre le decía: "Dominguillo, acércate al Chorrillo (una playa de Rota) a pescar unos muergos (navajas) para hacer un arroz". Hoy camina lentamente entre los corrales, con el agua hasta las rodillas, inspeccionando las paredes y caños para soldar pequeñas roturas y reponer las piedras. Con suerte, se llevará un sargo o un borriquete para prepararlo frito o guisarlo a la roteña (con hortalizas). Los pescadores limpian las capturas antes de guardarlas en el bombo de plástico y echan las vísceras al agua para que sirva de alimento a otras especies. El pescado llega limpio a casa y listo para ser cocinado.
"Sí, somos unos privilegiados, pero yo invito a quienes cuestionan este 'privilegio' a que se vengan a echar una mañana al sol, a pasar horas reparando grietas, a cambio de nada en la mayoría de las ocasiones". Así defiende el trabajo de los corraleros Andrés Barba, un profundo conocedor del mar después de pasar varias décadas trabajando como marino y buzo profesional. Hoy está ya retirado de la vida laboral activa, pero ha puesto toda su experiencia y sus conocimientos al servicio de la conservación y divulgación de los corrales de pesca de Rota. A través de su perfil en redes sociales, difunde prácticamente a diario el trabajo de los corraleros y pescadores a pie, que se encargan de mantener viva esta tradición.
El embate de los temporales, los visitantes poco respetuosos o la falta de relevo generacional son algunas de las amenazas para los corrales a las que, desde el año pasado, se ha sumado la presencia masiva del alga parda o alga asiática invasora, la rugulopteryx okamurae, que trae de cabeza a prácticamente todos los municipios de la costa de Cádiz y a las cofradías de pescadores desde que la especie llegara al Estrecho hace algo más de una década.
A principios del mes de julio, Andrés dio la voz de alarma en la redes sociales porque el alga invasora estaba asfixiando el ecosistema de los corrales. Los arribazones habían llegado hasta este tramo de la costa por toneladas, habían alfombrado con una capa densa las pozas y estaban atorando los caños por donde entra y sale el agua cuando sube y baja la marea. Depositada en los fondos del mar y en la arena de la playa, el alga parda deja sin espacio ni oxígeno a otras algas autóctonas (la gitanilla, por ejemplo) y a los pequeños crustáceos, e impide el normal funcionamiento de los corrales y la regeneración natural de sus aguas.
El Ayuntamiento de Rota actuó con agilidad y sólo dos días después había retirado de las playas un millón de kilos de algas acumuladas en la arena. Pero es muy probable que la situación vuelva a repetirse pronto porque "la rugulopteryx okamurae ha venido para quedarse", explica Barba. Y, de momento, la única solución que hay es la retirada periódica. "En Rota tenemos la suerte de tener una planta propia para el compostaje, pero me consta que todos los vertederos del litoral están ya saturados y los ayuntamientos no dan abasto", lamenta. Durante la temporada turística, las palas han funcionado de madrugada para retirar las algas de los arenales urbanos en las playas de la provincia de Cádiz. Pero la limpieza apenas luce porque la plaga regresa con la marea y alfombra la orilla: "No hay ayuntamiento que soporte el coste que esta limpieza permanente está suponiendo".
Andrés Barba muestra un ejemplar de chova pescado en uno de los corrales de Rota (Cádiz).CATA ZAMBRANO"Sin corrales no hay corraleros"
"Es poco probable que estos muros se levantaran en época romana", explica Andrés Barba en referencia a las paredes de piedra natural que delimitan los corrales de pesca. "Pero de lo que no hay duda es de que los romanos ya utilizaban en las costas de Cádiz este tipo de trampas artesanales (corrales, esteros, almadrabas) construidas en la franja intermareal para atrapar peces aprovechando la subida y bajada de la marea", añade.
"Sin corraleros no hay corrales", afirma para defender el aprovechamiento del pescado de los corrales por parte de quienes están encargados de su mantenimiento. Los corraleros dedican muchas horas cada día a la reparación de las paredes que conforman esta piscifactoría construida entre las playas de Punta Candor y Piedras Gordas-Almadraba, con una extensión de total de unas 60 hectáreas.
Actualmente son cinco los corrales 'vivos' aunque en el pasado llegaron a estar activos ocho: Clemente, Chico, San José, Encima, Hondo, Candón, Corraleta y Chiquito, según la catalogación del Plan de Gestión de la Zona Especial de Conservación (ZEC) Corrales de Rota, aprobado por la Junta de Andalucía el 28 de julio de 2020. La concesión del dominio público marítimo-terrestre y de actividad de pesca a pie de corral fue otorgada al Ayuntamiento de Rota, que lo gestiona a través de la Asociación de Corraleros y Pescadores a Pie Corrales de Rota.
Los corrales no son sólo una actividad para pescadores aficionados sino también un incuestionable atractivo turístico para Rota y Chipiona, porque constituyen un testimonio vivo de un arte artesanal con muchos siglos de historia. Tanto las formaciones rocosas como los aperos que los corraleros siguen usando para el despesque forman parte del patrimonio etnológico y ecocultural de la costa noratlántica de la provincia de Cádiz y le dan a su paisaje un carácter muy singular, lo que les valió para ser reconocidos como el primer Monumento Natural declarado en Andalucía. El francajo (tridente de palo largo), la espadilla (cuchillo largo), la tarraya (red redonda), la camaronera (cesta de rejilla), el bombo (que sustituyó al seroncillo para guardar las capturas) o el garabato (una especie de ganzúa para coger los pulpos) forman parte del ajuar y el vocabulario heredados por los pescadores, que son los únicos autorizados para hurgar bajo las rocas en busca de peces, sepias, pulpos o moluscos y se han convertido en albaceas de un legado milenario.
Los corrales atraen inevitablemente la curiosidad de los bañistas, que tienen totalmente prohibido capturar y atosigar a los animales o voltear las piedras. El pisoteo diario, que en la temporada de verano es intenso, agrava el deterioro de los muros de piedra, que necesitan de constante reparación. En cualquier caso, resulta peligroso andar sobre las paredes porque la piedra ostionera es puntiaguda y resbaladiza. Pescar con caña desde los muros o incluso bañarse en las aguas de los corrales está permitido pero siempre que se haga respetando las limitaciones establecidas. "Cuando sube la marea y el agua empieza a rebosar sobre los muros, los corrales se convierten en un maravilloso spa que aprovechan los bañistas", cuenta también Andrés.
La labor de la Asociación de Corraleros y Pescadores a pie de Rota, que cuenta con 120 socios y otros 150 benefactores, es igualmente divulgar el valor ecocultural del monumento natural y vigilar su correcta conservación. Cada corral cuenta con dos parejas de corraleros (dos en turno diurno y dos para la bajamar nocturna), que son los responsables directos de intervenir en caso de que se produzca alguna rotura. Andrés, vicepresidente la asociación, deja registro gráfico en sus vídeos de los ejemplares singulares que de forma excepcional acaban atrapados en las pozas: una gran tortuga verde, un pez guitarra, un pez aguja o una raya, especies protegidas que son respetadas y vigiladas para que, una vez suba la marea y el agua sobrepase la altura de los muretes de piedra, puedan regresar por sus propios medios al mar.
Existe un proyecto municipal para la construcción de un Centro de Interpretación de los Corrales de Rota, que llegó a tener presupuesto hace algunos años pero su licitación quedó desierta. La reactivación de este proyecto sigue siendo una de las principales reivindicaciones de la Asociación de Corraleros, que considera que unas instalaciones permanentes permitirían trabajar con más medios en la divulgación de este entorno natural, organizar talleres formativos y facilitar el trabajo de los investigadores.
Los corrales son área de paso, para su alimentación y descanso, de aves marinas y limícolas como la gaviota, el chorlitejo patinegro, el vuelvepiedras y el correlimos. El Plan de Gestion de la ZEC Corrales de Rota considera también que es una zona natural de expansión de la fanerógama marina cymodocea nodosa, de cuya presencia no hay registro desde 2006. La invasión del alga parda limita considerablemente la recuperación de ésta y otras especies autóctonas.
Llegada desde Asia muy probablemente en las aguas de lastre de los grandes buques, la rugulopteryx okamurae se ha convertido en una obsesión para los ayuntamientos de la costa andaluza. El Ayuntamiento de Rota informó a primeros de agosto de que, desde el inicio de la temporada de baño, había retirado ya más de cinco millones de kilos de esta especie de sus playas: "La cifra evidencia la enorme dimensión de un problema medioambiental que no cesa, afectando a numerosos puntos del litoral español, y para el que, a día de hoy, no existe una solución definitiva", afirma en una nota informativa el consistorio.