En la cuarta sesión del juicio por la trama de mascarillas y sus satélites, resultaba exótico cada vez que alguien decía Don Koldo. Koldo ya no es un nombre, sino un adjetivo. España es un vagón lleno de Koldos, cada uno a su manera aporta lo suyo a la Koldificación de los asuntos, hay establecido un Koldo canon del estado de las cosas. La tendencia a atropellar la jerarquía o vulnerar el principio de autoridad está relacionada con la posibilidad de domesticar el Koldo de cada uno, el animal espiritual que justifica algunos desmanes cotidianos. España puede leerse en braille desde la barriga de Joan Laporta hasta la barriga del empresario Claudio Rivas, cuyo testimonio ha sido el silencio. Ajeno a su influencia como mesías del movimiento, Koldo, el enviado a la actualidad para entender algunas negruras, vio a su ex mujer hacer funambulismo con las palabras. Estaba ensimismado.
Es un juicio administrado por las exs. Patricia Uriz apareció en el Supremo con peluca. Era media melena roja a juego con la trama allí juzgada: tenía guardado el número de la ex mujer oficial de Ábalos como Puta 1. Dice no reconocerse en los mensajes que aludían al código secreto de nuestros torrentes. Las chistorras, las lechugas y todo eso. ¿Quién podría reconocerse siendo tan Koldo? Después de 24 años juntos, Koldo sí era para ella Don Koldo. A diferencia de lo que sufrió Ábalos al escuchar a Jésica Rodríguez, hizo un retrato idílico de su hombre. Comprar los caprichos del ministro, era adelantar dinero como hacía siempre. Koldo tapaba a los amigos correosos como cajero para fiestas entre semana o "pagar multas". Todo tenía un sabor Koldo, el umami del nuevo bandolerismo: así evitaba que las contrarias de sus amigos se enfadaran.
Su vocación fue llevada al extremo. Koldo era un Batman que, mientras su mujer daba el biberón nocturno a la hija de ambos, gestionaba de madrugada la importación de mascarillas porque "había que salvar vidas". El incremento de patrimonio era lógico ya que había recibido préstamos familiares o cogido algunos dinerillos en efectivo de los reembolsos que hacía Ferraz para pagar los gastos de Ábalos. Y sufría las consecuencias de su bonhomía ajena al cinismo: no tenían caja fuerte donde guardar tanto dinero con justificante.
Patricia, además, era la secretaria de todo. Organizaba la casa, gestionaba las visitas familiares a los viajes institucionales, encontraba los vuelos más baratos. Ábalos tenía en Madrid un cortijo y la Koldo pareja trabaja para él como matrimonio de guardeses. En ese momento, nadie entendía por qué Patricia había dejado a un hombre tan extraordinario, al último hombre, a decir verdad. Es probable que Koldo tampoco haya caído todavía.
Antes, el empresario Manuel Salles, tan confundido como Koldo cuando cayó en la cuenta de que los viajes a Guinea Ecuatorial no eran de trabajo, definió al Sancho Panza del ministro como algo más que un asesor. ¿Era Gandhi acaso? "El perfil del señor Koldo no es el perfil de un asesor precisamente. Es señor con mucha vida y que ha visto muchas cosas". Don Koldo.