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EEUU a los 250 años: el nuevo excepcionalismo estadounidense

EEUU a los 250 años: el nuevo excepcionalismo estadounidense
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El país entra en su tercer siglo no como un proyecto terminado, sino como una obra en permanente construcción. Leer
OPINIÓNEstados Unidos a los 250 años: el nuevo excepcionalismo estadounidense
  • MARCO VICENZINO*
Actualizado 3 JUL. 2026 - 10:08

El país entra en su tercer siglo no como un proyecto terminado, sino como una obra en permanente construcción.

Este 4 de julio Estados Unidos conmemora el 250 aniversario de la Declaración de Independencia. La efeméride llega en un momento marcado por la incertidumbre democrática, la competencia geopolítica, la disrupción tecnológica y la polarización política. Por ello, constituye mucho más que una celebración nacional. Es también una oportunidad para plantear una cuestión de mayor alcance: ¿siguen siendo capaces las sociedades libres de gobernarse eficazmente en un mundo cada vez más complejo?

En una época en la que muchas democracias occidentales cuestionan simultáneamente la eficacia de sus instituciones y la confianza ciudadana, la reflexión trasciende claramente las fronteras de Estados Unidos. La cuestión de fondo no afecta únicamente a este país. Afecta a todas las democracias que intentan preservar instituciones abiertas, crecimiento económico y cohesión social en un entorno marcado por la competencia geopolítica, la transformación tecnológica y una creciente desconfianza hacia las instituciones.

Lo verdaderamente significativo de estos 250 años no es que la república haya sobrevivido, sino la forma en que lo ha conseguido. Estados Unidos sigue siendo uno de los experimentos políticos más ambiciosos de la historia moderna. Durante dos siglos y medio ha afrontado guerras, crisis económicas, convulsiones sociales, violencia política y recurrentes pronósticos de declive. Sin embargo, ha demostrado una notable capacidad para adaptarse, corregirse y renovarse. Esa resiliencia comienza por sus instituciones. Las instituciones no se sostienen solas. Dependen de ciudadanos dispuestos a participar en ellas, defenderlas y asumir las responsabilidades que acompañan a la libertad. Uno de los desafíos de las democracias contemporáneas es que los derechos ocupan gran parte del debate público mientras las responsabilidades reciben mucha menos atención. Sin embargo, toda república exitosa descansa sobre un pacto implícito: los ciudadanos disfrutan de libertades y protección jurídica, pero también asumen obligaciones hacia su comunidad y sus instituciones. Los derechos sin responsabilidades se debilitan. La libertad sin deber cívico se vuelve frágil.

Instituciones de la vida cotidiana

La ciudadanía democrática se forma no solo en las urnas o los tribunales, también en las instituciones de la vida cotidiana: familias, escuelas, comunidades y organizaciones cívicas. La fortaleza de una república depende, en última instancia, de la fortaleza de la sociedad que la sostiene.

El sistema constitucional estadounidense fue concebido a partir de una visión realista de la naturaleza humana. El federalismo, la separación de poderes y los mecanismos de control y equilibrio fueron diseñados para limitar la concentración del poder y gestionar el conflicto dentro de reglas compartidas. La democracia constitucional exige proteger tanto a las minorías frente al mayoritarismo como a la mayoría frente al bloqueo permanente de minorías organizadas.

La historia del país refleja esa realidad. Nació proclamando principios de libertad mientras toleraba simultáneamente la esclavitud. La igualdad fue afirmada mucho antes de ser plenamente practicada. La Guerra Civil y la larga lucha por los derechos civiles expusieron esas contradicciones y obligaron al país a enfrentarse a ellas. Su fortaleza nunca procedió de la inocencia ni de la perfección. Ha procedido de su capacidad -siempre incompleta, costosa y a menudo tardía- para aproximarse progresivamente a los ideales que proclamaba. Esa capacidad de corrección puede ser el rasgo definitorio del experimento estadounidense. Pocas grandes potencias han mantenido una continuidad constitucional tan prolongada mientras afrontaban desafíos internos y externos de semejante magnitud. La Guerra Civil, la Gran Depresión, la Guerra Fría, el 11-S y numerosas crisis internas pusieron a prueba el sistema.

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Por eso, el sentido de este 250 aniversario no puede ser la nostalgia. La tarea es la renovación. La pregunta que afronta hoy el país no es si puede regresar a una época anterior. Es si puede adaptar sus principios e instituciones a las realidades de una nueva era. La cuestión es especialmente relevante porque no son pocos quienes sostienen que el excepcionalismo estadounidense ha llegado a su fin. Quizá, sin embargo, lo que está terminando no sea el excepcionalismo en sí, sino una versión concreta del mismo. Durante gran parte del periodo tras la Guerra Fría, se asoció a la idea de una primacía incontestada y a la convicción de que la historia avanzaba inevitablemente hacia un único modelo político y económico.

El siglo XXI ha puesto en cuestión muchas de esas premisas. El ascenso de China, el regreso de la competencia entre grandes potencias, la disrupción tecnológica, las presiones demográficas, el aumento de la deuda pública y la polarización interna han obligado a replantear qué puede lograr realmente Estados Unidos y cuáles son los límites de su poder. Pero sería un error confundir esa revisión con un proceso inevitable de declive. Tal vez asistimos al surgimiento de una nueva versión del excepcionalismo estadounidense.

Capacidad de liderar

La verdadera prueba de ese excepcionalismo en el siglo XXI no será únicamente política. Será también económica, tecnológica y estratégica. La capacidad de liderar en inteligencia artificial, atraer talento global, mantener un ecosistema innovador, financiar la investigación y sostener ventajas competitivas frente a rivales como China será tan importante como la fortaleza de las instituciones democráticas. El nuevo desafío consiste en demostrar que una democracia constitucional sigue siendo capaz de gobernarse eficazmente en un entorno complejo y competitivo. No es un realismo basado en el cinismo. Tampoco un repliegue. Es una visión que reconoce que la influencia exterior de Estados Unidos depende, en última instancia, de la solidez de sus fundamentos internos. Y reconoce que el liderazgo internacional difícilmente puede sostenerse si no descansa en una base económica, tecnológica e institucional sólida.

Las naciones son más fuertes en el exterior cuando son fuertes en el interior. Esa fortaleza no puede medirse sólo por el tamaño de las fuerzas armadas o la capacidad de actuación de los gobiernos. También de la capacidad de una sociedad para innovar, asumir riesgos y generar oportunidades económicas. Millones de pymes, emprendedores, inversores e innovadores constituyen uno de los principales motores del dinamismo del país y una de las razones por las que su economía mantiene una notable capacidad de adaptación.

A pesar de todas las críticas dirigidas a Estados Unidos, estas características continúan ejerciendo una poderosa capacidad de atracción sobre millones de personas en todo el mundo. Como hijo de inmigrantes, siempre he visto este país no como abstracción, sino como una experiencia vivida. El sueño americano suele describirse como un eslogan, pero para generaciones de inmigrantes ha representado una oportunidad real de construir una vida mejor. Nunca fue una promesa garantizada. Exigió esfuerzo y perseverancia. Pero fue real. Por eso, la historia de Estados Unidos no es únicamente una historia de poder. Es también una historia de oportunidad. Una nación inacabada e imperfecta, pero extraordinariamente duradera.

Los pronósticos del declive estadounidense son casi tan antiguos como la propia república. Lo que ha desmentido esas predicciones no ha sido la ausencia de problemas, sino la capacidad para afrontarlos, adaptarse, corregirse y renovarse. A los 250 años, Estados Unidos no necesita mitología, sino memoria, disciplina cívica, renovación y confianza libre de ilusiones. Quizá ese sea el verdadero significado del nuevo excepcionalismo: no la afirmación de una nación perfecta, sino la evidencia de que sigue siendo capaz de corregirse, inspirar a otros y perdurar.

Estados Unidos entra en su tercer siglo no como un proyecto terminado, sino como obra en permanente construcción. El experimento nunca estuvo destinado a ser heredado pasivamente. Su continuidad depende de que cada generación asuma la responsabilidad de renovarlo. Esa ha sido su fortaleza durante dos siglos y medio. Y puede seguir siéndolo durante el próximo cuarto de milenio

Marco Vicenzino, director del Global Strategy Project.

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Fuente original: Leer en Expansión
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