En 1991, durante la Guerra del Golfo, buena parte de las misiones aéreas dependían de mapas de amenazas cargados antes de despegar y análisis que podían tardar horas en actualizarse tras cada salida. En los años siguientes, la revolución digital permitió integrar sensores, enlaces de datos y sistemas de fusión de información que cambiaron para siempre la conciencia situacional en cabina. Pero incluso los cazas más avanzados siguen arrastrando una herencia del pasado: reaccionan a lo que ya conocen mejor que a lo que acaba de aparecer.
Hasta ahora.
Del sensor avanzado al cazador autónomo. Durante años, el F-35 se ha presentado como una plataforma capaz de verlo todo gracias a su fusión de sensores y a su potente suite de guerra electrónica, pero seguía dependiendo de bibliotecas de amenazas previamente cargadas y de actualizaciones que podían tardar días o semanas.
La aparición de emisiones desconocidas o radares operando en modos no previstos obligaba a identificar la señal, descargar los datos tras la misión y reprogramar el sistema antes del siguiente vuelo. Esa lógica, aunque eficaz, dejaba un margen peligroso en escenarios saturados de defensas aéreas cambiantes. Con Project Overwatch, Estados Unidos ha dado un paso decisivo para cerrar ese hueco y transformar el papel del F-35 en el campo de batalla.
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La IA entra en cabina. Lockheed Martin ha probado con éxito en vuelo un modelo de IA integrado en el sistema de identificación de combate del F-35, uno capaz de resolver ambigüedades entre emisores y generar una identificación independiente que aparece directamente en el visor del casco del piloto.
Durante las pruebas en Nellis, el algoritmo no solo distinguió señales dudosas, sino que permitió etiquetar nuevas emisiones, reentrenar el modelo en cuestión de minutos y cargar la versión actualizada dentro del mismo ciclo de planificación. La información del sistema clásico y la del nuevo modelo convivieron en pantalla, reduciendo la latencia en la toma de decisiones y descargando al piloto de parte de la carga cognitiva en un entorno donde cada segundo cuenta.
El gran problema. Ocurre que los sistemas de defensa aérea modernos ya no emiten siempre la misma firma. Pueden alterar modos de radar, frecuencias y patrones para confundir la guerra electrónica enemiga, como se vio con variantes del S-300/SA-20 que operaban en configuraciones no previstas y generaban dudas en la identificación.
Hasta ahora, el avión señalaba la anomalía, pero el análisis profundo dependía de un ciclo humano posterior. Plus: en un entorno donde la proliferación de IA también acelera la evolución de las defensas, esa dependencia podía convertirse en una vulnerabilidad. Y aquí es donde aparece la guerra electrónica cognitiva , que busca precisamente romper ese cuello de botella y reaccionar ante señales inéditas sin esperar a la siguiente misión.
El ”santo grial” del combate aéreo. Si se quiere, Lockheed Martin ha logrado en pruebas el “santo grial” del combate: que un F-35 no solo detecte al enemigo, también cómo librarse de él por su cuenta. El objetivo último de la guerra electrónica cognitiva es que el sistema no se limite a registrar una amenaza desconocida, sino que la analice, determine la mejor respuesta y ajuste sus propios parámetros casi en tiempo real, incluso en pleno combate.
Eso implica detectar una emisión nueva, caracterizarla, decidir si conviene evitarla, interferirla o explotar una debilidad, y actualizar la biblioteca de amenazas sin intervención externa inmediata. En ese escenario, el avión deja de ser un simple ejecutor con software predefinido y lo convierte en una plataforma que aprende y adapta su supervivencia sobre la marcha.
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Hacia actualizaciones en pleno vuelo. Será el próximo paso. La experiencia previa con actualizaciones rápidas del sistema Aegis en buques estadounidenses y el esfuerzo por acortar los tiempos de reprogramación del F-35 de meses a días, y eventualmente a horas, apuntan a una arquitectura donde los datos fluyan casi en tiempo real entre plataformas.
Cuentan en Lockheed Martin que la ambición es que las mejoras derivadas de una misión se integren con rapidez en otras aeronaves o incluso en sistemas navales compatibles, creando un ecosistema de defensa que evoluciona de forma distribuida. Mientras el paquete Block 4 promete una nueva generación de capacidades electrónicas, Project Overwatch ya anticipa una transición más profunda: la del caza que no solo ve y dispara primero, sino que aprende antes que nadie y sobrevive por sí mismo.
Imagen | RawPixel
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La noticia
EEUU acaba de lograr el “santo grial” del combate aéreo: que un F-35 no solo detecte al enemigo, también se libre de él por su cuenta
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
EEUU acaba de lograr el “santo grial” del combate aéreo: que un F-35 no solo detecte al enemigo, también se libre de él por su cuenta
Project Overwatch anticipa una transición profunda: la del caza que no solo ve y dispara primero, sino que aprende y sobrevive por sí mismo
En 1991, durante la Guerra del Golfo, buena parte de las misiones aéreas dependían de mapas de amenazas cargados antes de despegar y análisis que podían tardar horas en actualizarse tras cada salida. En los años siguientes, la revolución digital permitió integrar sensores, enlaces de datos y sistemas de fusión de información que cambiaron para siempre la conciencia situacional en cabina. Pero incluso los cazas más avanzados siguen arrastrando una herencia del pasado: reaccionan a lo que ya conocen mejor que a lo que acaba de aparecer.
Hasta ahora.
Del sensor avanzado al cazador autónomo. Durante años, el F-35 se ha presentado como una plataforma capaz de verlo todo gracias a su fusión de sensores y a su potente suite de guerra electrónica, pero seguía dependiendo de bibliotecas de amenazas previamente cargadas y de actualizaciones que podían tardar días o semanas.
La aparición de emisiones desconocidas o radares operando en modos no previstos obligaba a identificar la señal, descargar los datos tras la misión y reprogramar el sistema antes del siguiente vuelo. Esa lógica, aunque eficaz, dejaba un margen peligroso en escenarios saturados de defensas aéreas cambiantes. Con Project Overwatch, Estados Unidos ha dado un paso decisivo para cerrar ese hueco y transformar el papel del F-35 en el campo de batalla.
La IA entra en cabina. Lockheed Martin ha probado con éxito en vuelo un modelo de IA integrado en el sistema de identificación de combate del F-35, uno capaz de resolver ambigüedades entre emisores y generar una identificación independiente que aparece directamente en el visor del casco del piloto.
Durante las pruebas en Nellis, el algoritmo no solo distinguió señales dudosas, sino que permitió etiquetar nuevas emisiones, reentrenar el modelo en cuestión de minutos y cargar la versión actualizada dentro del mismo ciclo de planificación. La información del sistema clásico y la del nuevo modelo convivieron en pantalla, reduciendo la latencia en la toma de decisiones y descargando al piloto de parte de la carga cognitiva en un entorno donde cada segundo cuenta.
El gran problema. Ocurre que los sistemas de defensa aérea modernos ya no emiten siempre la misma firma. Pueden alterar modos de radar, frecuencias y patrones para confundir la guerra electrónica enemiga, como se vio con variantes del S-300/SA-20 que operaban en configuraciones no previstas y generaban dudas en la identificación.
Hasta ahora, el avión señalaba la anomalía, pero el análisis profundo dependía de un ciclo humano posterior. Plus: en un entorno donde la proliferación de IA también acelera la evolución de las defensas, esa dependencia podía convertirse en una vulnerabilidad. Y aquí es donde aparece la guerra electrónica cognitiva , que busca precisamente romper ese cuello de botella y reaccionar ante señales inéditas sin esperar a la siguiente misión.
El ”santo grial” del combate aéreo. Si se quiere, Lockheed Martin ha logrado en pruebas el “santo grial” del combate: que un F-35 no solo detecte al enemigo, también cómo librarse de él por su cuenta. El objetivo último de la guerra electrónica cognitiva es que el sistema no se limite a registrar una amenaza desconocida, sino que la analice, determine la mejor respuesta y ajuste sus propios parámetros casi en tiempo real, incluso en pleno combate.
Eso implica detectar una emisión nueva, caracterizarla, decidir si conviene evitarla, interferirla o explotar una debilidad, y actualizar la biblioteca de amenazas sin intervención externa inmediata. En ese escenario, el avión deja de ser un simple ejecutor con software predefinido y lo convierte en una plataforma que aprende y adapta su supervivencia sobre la marcha.
Hacia actualizaciones en pleno vuelo. Será el próximo paso. La experiencia previa con actualizaciones rápidas del sistema Aegis en buques estadounidenses y el esfuerzo por acortar los tiempos de reprogramación del F-35 de meses a días, y eventualmente a horas, apuntan a una arquitectura donde los datos fluyan casi en tiempo real entre plataformas.
Cuentan en Lockheed Martin que la ambición es que las mejoras derivadas de una misión se integren con rapidez en otras aeronaves o incluso en sistemas navales compatibles, creando un ecosistema de defensa que evoluciona de forma distribuida. Mientras el paquete Block 4 promete una nueva generación de capacidades electrónicas, Project Overwatch ya anticipa una transición más profunda: la del caza que no solo ve y dispara primero, sino que aprende antes que nadie y sobrevive por sí mismo.