El espacio aéreo se entendía hasta hace muy poco como un dominio estable, regulado casi exclusivamente por la aviación civil y militar tripulada, con fronteras claras y protocolos heredados de conflictos (junto al trauma del 11-S). La irrupción de los drones ha empezado a romper ese equilibrio: primero en los campos de batalla, luego en las fronteras y ahora sobre las ciudades.
El último ejemplo expone que incluso la simple percepción es una trampa.
Guerra de drones. Sí, porque la expansión acelerada de los drones como herramienta militar y criminal ha colocado a Estados Unidos ante una paradoja incómoda: proteger su territorio sin convertir su propio espacio aéreo en un campo de pruebas peligroso.
Durante una década, el Pentágono ha desarrollado un arsenal sofisticado de láseres, inhibidores electrónicos y microondas de alta potencia para derribar drones, pero las reglas para emplearlos con seguridad sobre ciudades llenas de aviones comerciales siguen siendo difusas, o incluso erróneas, creando una brecha entre la lógica militar y la realidad civil que empieza a pasar factura.
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El episodio de El Paso. Ayer, el cierre repentino del espacio aéreo de El Paso expuso esa tensión de forma clara, cuando la Federal Aviation Administration decretó restricciones extremas sin aviso previo, paralizando vuelos comerciales, médicos y militares en un radio de decenas de kilómetros.
La medida, inicialmente prevista para diez días, se levantó a las pocas horas, pero dejó tras de sí confusión institucional, con autoridades locales desbordadas y la sensación de que nadie tenía una versión meridianamente clara y coherente de lo ocurrido.
Mapa que publicó la FAA tras el cierre del espacio aéreo
Amenaza o ridículo. Entonces empezaron los contrasentidos. Mientras la administración sostenia que la clausura respondía a una incursión de drones de cárteles mexicanos, múltiples filtraciones apuntaron a un problema distinto: el uso apresurado de nuevas tecnologías antidrones por parte de agencias federales sin una evaluación previa de riesgos para la aviación civil.
En ese contexto, la intervención de Customs and Border Protection con un láser de energía dirigida sin preparación previa, prestado por el Departamento de Defensa, habría sido el detonante de una decisión extrema adoptada por la FAA ante la imposibilidad de garantizar la seguridad del tráfico aéreo.
Un radar láser Sentinel AN/MPQ-64 del Ejército de Estados Unidos visto desplegado cerca de la frontera sur con México en 2025
La culpa es de un globo. La revelación posterior de que el supuesto dron hostil era en realidad un simple globo de fiesta convirtió el episodio en un símbolo de los nuevos tiempos y de los riesgos de improvisar en un entorno saturado de tecnología sensible.
La ausencia de coordinación previa, la falta de información compartida entre agencias y la rapidez con la que se activó un cierre sin precedentes recordaron a muchos responsables locales las horas posteriores al 11-S, alimentando rumores, teorías y un miedo desproporcionado entre la población. De hecho, se llegó a deslizar el tema “nuclear”.
La frontera como laboratorio involuntario. El Paso, junto a instalaciones clave como Fort Bliss, se ha convertido en un escenario donde confluyen seguridad nacional, crimen organizado y pruebas de sistemas militares avanzados.
Aunque el uso de drones por parte de cárteles para vigilancia y contrabando es habitual desde hace años, su presencia constante plantea una pregunta de lo más inquietante: por qué demonios una amenaza conocida y recurrente desembocó esta vez en una reacción tan drástica, cuando incidentes similares se habían gestionado anteriormente sin cerrar el cielo.
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Un problema que se hace bola. Si se quiere, y más allá del incidente concreto, el cierre de El Paso revela un desafío estructural que apenas empieza. A medida que proliferen drones más sofisticados y se desplieguen defensas cada vez más potentes, la convivencia entre tecnología militar y aviación civil exigirá protocolos claros, coordinación real y transparencia institucional.
De lo contrario, cada ensayo fallido, o cada interferencia mal explicada, seguirá demostrando que en la guerra contra los drones no solo importa derribarlos, sino evitar que el remedio sea más peligroso que la propia amenaza.
Imagen | FAA, US Army
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La noticia
EEUU cerró el aeropuerto de El Paso y todos miraron al cártel mexicano. Era peor: fue EEUU con un arma que no sabía usar
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
EEUU cerró el aeropuerto de El Paso y todos miraron al cártel mexicano. Era peor: fue EEUU con un arma que no sabía usar
El cierre de El Paso revela un desafío estructural que apenas empieza
El espacio aéreo se entendía hasta hace muy poco como un dominio estable, regulado casi exclusivamente por la aviación civil y militar tripulada, con fronteras claras y protocolos heredados de conflictos (junto al trauma del 11-S). La irrupción de los drones ha empezado a romper ese equilibrio: primero en los campos de batalla, luego en las fronteras y ahora sobre las ciudades.
El último ejemplo expone que incluso la simple percepción es una trampa.
Guerra de drones. Sí, porque la expansión acelerada de los drones como herramienta militar y criminal ha colocado a Estados Unidos ante una paradoja incómoda: proteger su territorio sin convertir su propio espacio aéreo en un campo de pruebas peligroso.
Durante una década, el Pentágono ha desarrollado un arsenal sofisticado de láseres, inhibidores electrónicos y microondas de alta potencia para derribar drones, pero las reglas para emplearlos con seguridad sobre ciudades llenas de aviones comerciales siguen siendo difusas, o incluso erróneas, creando una brecha entre la lógica militar y la realidad civil que empieza a pasar factura.
El episodio de El Paso. Ayer, el cierre repentino del espacio aéreo de El Paso expuso esa tensión de forma clara, cuando la Federal Aviation Administration decretó restricciones extremas sin aviso previo, paralizando vuelos comerciales, médicos y militares en un radio de decenas de kilómetros.
La medida, inicialmente prevista para diez días, se levantó a las pocas horas, pero dejó tras de sí confusión institucional, con autoridades locales desbordadas y la sensación de que nadie tenía una versión meridianamente clara y coherente de lo ocurrido.
Mapa que publicó la FAA tras el cierre del espacio aéreo
Amenaza o ridículo. Entonces empezaron los contrasentidos. Mientras la administración sostenia que la clausura respondía a una incursión de drones de cárteles mexicanos, múltiples filtraciones apuntaron a un problema distinto: el uso apresurado de nuevas tecnologías antidrones por parte de agencias federales sin una evaluación previa de riesgos para la aviación civil.
En ese contexto, la intervención de Customs and Border Protection con un láser de energía dirigida sin preparación previa, prestado por el Departamento de Defensa, habría sido el detonante de una decisión extrema adoptada por la FAA ante la imposibilidad de garantizar la seguridad del tráfico aéreo.
Un radar láser Sentinel AN/MPQ-64 del Ejército de Estados Unidos visto desplegado cerca de la frontera sur con México en 2025
La culpa es de un globo. La revelación posterior de que el supuesto dron hostil era en realidad un simple globo de fiesta convirtió el episodio en un símbolo de los nuevos tiempos y de los riesgos de improvisar en un entorno saturado de tecnología sensible.
La ausencia de coordinación previa, la falta de información compartida entre agencias y la rapidez con la que se activó un cierre sin precedentes recordaron a muchos responsables locales las horas posteriores al 11-S, alimentando rumores, teorías y un miedo desproporcionado entre la población. De hecho, se llegó a deslizar el tema “nuclear”.
La frontera como laboratorio involuntario. El Paso, junto a instalaciones clave como Fort Bliss, se ha convertido en un escenario donde confluyen seguridad nacional, crimen organizado y pruebas de sistemas militares avanzados.
Aunque el uso de drones por parte de cárteles para vigilancia y contrabando es habitual desde hace años, su presencia constante plantea una pregunta de lo más inquietante: por qué demonios una amenaza conocida y recurrente desembocó esta vez en una reacción tan drástica, cuando incidentes similares se habían gestionado anteriormente sin cerrar el cielo.
Un problema que se hace bola. Si se quiere, y más allá del incidente concreto, el cierre de El Paso revela un desafío estructural que apenas empieza. A medida que proliferen drones más sofisticados y se desplieguen defensas cada vez más potentes, la convivencia entre tecnología militar y aviación civil exigirá protocolos claros, coordinación real y transparencia institucional.
De lo contrario, cada ensayo fallido, o cada interferencia mal explicada, seguirá demostrando que en la guerra contra los drones no solo importa derribarlos, sino evitar que el remedio sea más peligroso que la propia amenaza.