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El ardid de Asarhadón

El ardid de Asarhadón
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Más de uno hoy querría poder hacer como este rey asirio: sacudirse el fardo de los propios errores, quedar así limpio de toda falta y darle cauce a la cólera popular ajusticiando a otro
El ardid de Asarhadón

Más de uno hoy querría poder hacer como este rey asirio: sacudirse el fardo de los propios errores, quedar así limpio de toda falta y darle cauce a la cólera popular ajusticiando a otro

Regala esta noticia Añádenos en Google Exposición sobre los asirios en el CaixaForum Barcelona. (EFE)

Lorenzo Silva

22/09/2026 a las 00:07h.

De Asarhadón, rey asirio que ocupó el trono hace alrededor de 2.700 años, se cuenta que se rodeaba de adivinos para que le avisaran ... cuando se avecinaban acontecimientos adversos. Ante el vaticinio infausto, la costumbre regia era abandonar el cargo y poner en su lugar a un hombre de paja. En cierta ocasión, ante un mal augurio, Asarhadón se apeó de su dignidad por espacio de cien días, durante los que un campesino se sentó en su trono y vivió en su palacio, con todos los privilegios y lujos de los que disfrutaba el monarca. Pasado el nubarrón, el campesino fue depuesto, asesinado y enterrado con los honores reservados al rey. Asarhadón, indemne, volvió a ejercer su magistratura.

La historia es una de las muchas que, con loable sentido de la amenidad, la pertinencia y la divulgación, recoge el profesor Juan Luis Montero Fenollós en su libro Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh; una excelente guía para que el profano se adentre en las peculiaridades de las civilizaciones —sumeria, acadia, babilonia, asiria— que entre el Tigris y el Éufrates —en tierras de los actuales Siria e Irak— se sucedieron durante los tres milenios que precedieron al comienzo de nuestra era.

«De esas civilizaciones vienen no pocas historias que les atribuimos a otros, pero en sus yacimientos se han hallado los más antiguos vestigios de escritura»

De esas civilizaciones vienen no pocas de las historias que les atribuimos a otros —como la del Diluvio Universal—, pero también en sus yacimientos arqueológicos se han encontrado los más antiguos vestigios de escritura: desde los primeros códigos legales y asientos de contabilidad hasta el primer texto literario conocido —la Epopeya de Gilgamesh— o la obra del primer ser humano al que se le acredita la autoría de un poema. Por cierto, fue una mujer: la sacerdotisa acadia Enheduanna, que vivió y compuso sus versos en el siglo XXIV antes de Cristo.

De ella nos queda, entre otros, el himno titulado Exaltación de Inanna, dedicado a la diosa también conocida como Ishtar o Astarté, que en el panteón mesopotámico encarna a la vez el amor y la guerra.

Como el ardid exculpatorio de Asarhadón, esa dualidad denota la fina inteligencia de estas gentes de la vieja Mesopotamia, sobre las que Moreno Fenollós instruye al lector con elegancia y hondura. El fervor que nos empuja a la entrega y al éxtasis amoroso es, en su reverso oscuro, el mismo que en las coyunturas de lucha y conflicto nos arroja a la destrucción.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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