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Cultura

El arte del camuflaje

El arte del camuflaje
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La casa Christie's de Londres subastó hace pocas semanas un manuscrito artúrico del siglo XIV por 2,6 millones de euros . Un puñado de pergaminos bastó para que decenas de periódicos de todo el mundo hablaran durante unos días del rey Arturo , los Caballeros de la Tabla Redonda y el Santo Grial.Mientras tanto, en España descansa el reverso de esta moneda. En la Colegiata de San Isidoro de León se custodia el Cáliz de Doña Urraca , la pieza que el poema Parzival de Eschenbach y la historiografía artúrica vinculan con el Santo Grial . Una reliquia cuya efímera fama tras la investigación de 2014 la puso en el mapa, pero que hoy sobrevive en una discreta penumbra. Sin embargo, tal y como está el patio con las bandas de ladrones de museos , su verdadera amenaza no es el olvido, sino el envoltorio.En el siglo XI, la infanta Doña Urraca ideó el camuflaje perfecto para su tiempo: revistió el cuenco de ónice romano con sus propias joyas, oro y perlas . En la mentalidad medieval, elevar la piedra a tesoro celestial era la única forma de protegerla. Dios requería oro y eso se respetaba. Hoy tenemos otra magnífica cortina de humo: el Vaticano ha admitido y bendecido oficialmente al Santo Cáliz de Valencia . Que Roma mire al Mediterráneo en vez de a la vieja Castilla sirve para despistar a los saqueadores.Pero seamos honestos: en este siglo cínico, ¿a quién le importan los reyes medievales, los templarios del Grial, las leyendas artúricas o la Última Cena? ¿A quién le importa Dios? En el mercado negro, la fe no cotiza y la mitología no puede transformarse en lingotes. Por eso, si realmente queremos salvar el Grial para el próximo milenio, la solución es radical: desvestirlo. Quitémosle el oro y las joyas de Doña Urraca. Dejemos el cáliz desnudo , reducido a esa piedra gris que a ojos de un ladrón posmoderno no vale más que un cenicero viejo. En el siglo XI el camuflaje fue el exceso. En el siglo XXI, nuestra única salvación es la insignificancia. Que la codicia pase de largo frente a la piedra, porque solo en su pobreza original podrá Dios sobrevivir a los hombres otros mil años más.

La casa Christie's de Londres subastó hace pocas semanas un manuscrito artúrico del siglo XIV por 2,6 millones de euros. Un puñado de pergaminos bastó para que decenas de periódicos de todo el mundo hablaran durante unos días del rey Arturo, los ... Caballeros de la Tabla Redonda y el Santo Grial.

Mientras tanto, en España descansa el reverso de esta moneda. En la Colegiata de San Isidoro de León se custodia el Cáliz de Doña Urraca, la pieza que el poema Parzival de Eschenbach y la historiografía artúrica vinculan con el Santo Grial.

Una reliquia cuya efímera fama tras la investigación de 2014 la puso en el mapa, pero que hoy sobrevive en una discreta penumbra. Sin embargo, tal y como está el patio con las bandas de ladrones de museos, su verdadera amenaza no es el olvido, sino el envoltorio.

En el siglo XI, la infanta Doña Urraca ideó el camuflaje perfecto para su tiempo: revistió el cuenco de ónice romano con sus propias joyas, oro y perlas. En la mentalidad medieval, elevar la piedra a tesoro celestial era la única forma de protegerla. Dios requería oro y eso se respetaba. Hoy tenemos otra magnífica cortina de humo: el Vaticano ha admitido y bendecido oficialmente al Santo Cáliz de Valencia. Que Roma mire al Mediterráneo en vez de a la vieja Castilla sirve para despistar a los saqueadores.

Pero seamos honestos: en este siglo cínico, ¿a quién le importan los reyes medievales, los templarios del Grial, las leyendas artúricas o la Última Cena? ¿A quién le importa Dios? En el mercado negro, la fe no cotiza y la mitología no puede transformarse en lingotes.

Por eso, si realmente queremos salvar el Grial para el próximo milenio, la solución es radical: desvestirlo. Quitémosle el oro y las joyas de Doña Urraca. Dejemos el cáliz desnudo, reducido a esa piedra gris que a ojos de un ladrón posmoderno no vale más que un cenicero viejo. En el siglo XI el camuflaje fue el exceso. En el siglo XXI, nuestra única salvación es la insignificancia. Que la codicia pase de largo frente a la piedra, porque solo en su pobreza original podrá Dios sobrevivir a los hombres otros mil años más.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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