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Álvaro Folgueiras. IOWAMálaga
Domingo, 19 de abril 2026, 12:19
... fue tan evidente la ausencia de un modelo común. La tensión entre la NBA, la Euroliga y la FIBA no es solo institucional: es una lucha abierta por definir el futuro del juego.En paralelo, el mapa formativo ha cambiado radicalmente. El auge del modelo universitario estadounidense, impulsado por el NIL, se ha convertido en una vía de atracción irresistible para el talento joven europeo. Jugadores en formación acceden a contratos superiores a los de muchos profesionales consolidados, sumando además experiencias académicas, vitales y culturales que ya eran de por sí un valor añadido.
Pero no todo es progreso. No todas las universidades ofrecen contextos de desarrollo óptimos. En algunos casos, el juego se simplifica, se vuelve más físico que táctico, y la evolución del jugador puede ralentizarse. Europa no puede competir en lo económico, pero sí puede —y debe— hacerlo en lo esencial: el conocimiento.
Ahí está la clave: reinventar la formación. No solo producir jugadores, sino construir trayectorias. Prepararlos para salir… y, sobre todo, para volver. Porque muchos regresarán. Y lo harán con una realidad distinta: más dinero, más expectativas, más ego, pero no siempre más baloncesto. El acompañamiento será determinante, tanto en la salida como en el regreso. Y ahí el papel del club formador y del entrenador europeo debe elevarse: capacidad pedagógica, liderazgo y prestigio. Convertir la formación en un sello de calidad reconocible y deseado.
Mientras tanto, la Liga Endesa sigue siendo un ecosistema competitivo de enorme valor, un gran producto, aunque sometido a una presión creciente. Las bajas audiencias televisivas -con excepciones como la Copa del Rey-, los modelos de explotación y ciertas decisiones estratégicas generan incertidumbre. A ello se suma un mercado inflacionado, donde el jugador cupo será cada vez más escaso y acertar en la construcción de plantillas resultará más complejo.
«La Liga Endesa sigue siendo un ecosistema competitivo de enorme valor, un gran producto, aunque sometido a una presión creciente»
El Unicaja Baloncesto representa bien esta realidad. Mantiene su competitividad, su identidad y su capacidad de estar en la pelea. Pero sostener el nivel de temporadas anteriores no es sencillo. Y no debe dramatizarse. Hay campañas que son de ajuste, de aprendizaje, de reconstrucción. Si se interpretan bien, son el germen del siguiente salto.
Pero hay un elemento que lo condiciona todo: las expectativas. A medida que el rendimiento crece, las expectativas también lo hacen. Jugadores, entrenadores, clubes y aficionados aspiran a más, a competir mejor, a medirse en escenarios de máximo nivel. Y para ello hacen falta competiciones que den respuesta a esa ambición, que tracen una línea clara de crecimiento y que permitan aspirar a lo máximo de forma coherente y sostenible. Cuando ese camino no está bien definido, aparecen las dudas… y las decisiones se vuelven mucho más complejas.
El gran cambio para el baloncesto femenino
En este escenario, el baloncesto femenino ha dejado de ser promesa para convertirse en territorio estratégico. La irrupción de Project B marca un punto de inflexión: salarios sin precedentes, participación accionarial para las jugadoras y una estructura global respaldada por grandes inversores. Un modelo que no pretende convivir, sino competir directamente.
La presencia de Alana Beard en la dirección, junto a inversores como Novak Djokovic, anticipa un nuevo orden competitivo que obligará a elegir, con un calendario que se solapará con la Euroliga Femenina y ligas nacionales, aunque compatible con la WNBA.
Y en medio de este cambio, España lanza una señal poderosa. La elección de Awa Fam en el número 3 del draft —igualando el registro de Pau Gasol— no es solo un logro individual, es un símbolo. Junto a Iyana Martín y Marta Suárez, representa una generación que crece en un entorno globalizado, lleno de oportunidades… y de decisiones complejas.
Ellas encarnan ese cruce de caminos: formación europea, salto internacional, nuevas ligas y nuevas exigencias. El mapa ya no es único.
Habrá que reaccionar. Ofrecer caminos claros, acompañar procesos, reforzar la identidad y adaptarse con inteligencia. El riesgo es evidente para quien no entienda el momento, pero la oportunidad es enorme para quien sepa interpretarlo. El futuro no es una amenaza: es una exigencia.
Y mientras los despachos diseñan estrategias, el juego sigue marcando el pulso. Porque, al final, todo esto solo tiene sentido si no olvidamos lo esencial: el balón, la competición, la emoción.
El resto está en juego. Y el partido acaba de empezar.
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