Después de 30 años en los que ha sido su pasión, este vecino decidió ceder a su municipio esta embarcación que va camino de convertirse en un nuevo símbolo local
Regala esta noticia Añádenos en Google Juan Antonio Guiles posa orgulloso junto a su barco. (J. R. C.)Torremolinos
23/08/2026 a las 23:43h.A babor, el icónico Palacio de Congresos de Torremolinos, joya arquitectónica del Brutalismo, a estribor, el también emblemático, a su manera, Monumento al Turista; ... entre uno y otro símbolo de la ciudad costasoleña, un humilde bote, fuera del agua, que aspira a convertirse en otro de los rincones más fotografiados del municipio, aunque esté en mitad de un cruce de carreteras transitadísimo y cueste trabajo ponerse a su altura para contemplarlo en su justa medida.
La historia de la embarcación y su penúltimo propietario comienza hace no menos de treinta años, apunta Guiles, que explica que su hermano Rafael tuvo mucho que ver en lo que, con el paso del tiempo, se convirtió en un idilio. «El barco tiene casi un siglo. Cuando yo era un muchacho, nos lo encontramos. Lo iban a hundir, pero resulta que, al final, mi hermano me convenció y lo cambimos por una chalana que yo tenía», aclara Guiles.
Musgo
El trueque no lo veía claro y, de no ser por la insistencia de su hermano, jamás lo hubiera consentido. La nave tenía, entre otros desperfectos y signos de dejadez, la cubierta rota o una «cuarta de musgo», pero, a pesar de ello, resucitó. «Me fui por la mañana a por las piezas a Estepona y me gasté 38.000 pesetas; me dieron las cinco de la tarde. Cuando regresé, temprano al día siguiente, ya estaba el motor arrancado», rememora, todavía sorprendido.
El primer amarre de Los Amiguetes estuvo en la playa de El Bulto de Málaga, donde continuó la puesta a punto, que también requirió esfuerzo, ya que, en una de estas, perdió la popa.
Pero, con maña y esfuerzo, el barco se salvó. Y llegó un día en el que, con más de una veintena de personas a bordo, todos de la familia de Juan Antonio, regresó al Mediterráneo. «Era mi pasión, mi casa, mi taller, donde hacía miniaturas de jábegas...», confiesa, agradecido de que Los Amiguetes sirviera, incluso, de lugar de escape durante la pandemia.
Del litoral de la capital, por orden de la autoridades marítimas, indica Guiles, el barco tuvo que zarpar en busca de otro amarre y, así, el torremolinense, «empadronó» su nave, hace más de tres décadas, en la vecina Benalmádena, en un varadero que, con el paso del tiempo, se convirtió en el actual Puerto Marina.
Ello no le impedía estar al día de su principal entretenimiento, al que siempre tenía un momento para acudir y pasar las horas, a pesar de sus intensas jornadas como camarero y cocinero, las profesiones con las que se ha ganado la vida.
Junto al Willow
En el embarcadero benalmadense, Los Amiguetes también «ha vivido mucho». Por ejemplo, ha tenido la oportunidad de estar fondeado justo al lado del mismísimo Willow, un impresionante vapor, construido entre 1924 y 1927 para prestar sus servicios para los guardacostas de Estados Unidos en el Misisipi, que está inutilizado, desde 2019, tras sufrir los efectos de un temporal. Antes de que llegara su hora, este enorme barco, de 61 metros de largo, 20 de ancho y 2,4 de calado, donde caben varias decenas de lanchas, que fue concebido para navegar gracias a sus ruedas laterales y la fuerza de sus calderas, sirvió de discoteca flotante o de restaurante y, en general, de lugar de recreo.
Sobre si conoce alguna anécdota del Willow, Guiles zanja, con elegancia y entre risas, «mejor no cuento».
Desenlace
El actual destino de Los Amiguetes se fraguó hace 3 años, cuando Juan Antonio perdió a su hermano Rafael. «Se me hacía muy duro estar en el barco sin él, hemos pasado mucho tiempo juntos allí», reconoce. Tan complicado era disfrutar del barco que tomó la decisión de desguazar su principal hobby, un adiós que estaba presupuestado en 500 euros, lo que costaba desmantelarlo.
Su hija le sugirió como salida donarlo al Ayuntamiento, y, tras solicitarlo en la Alcaldía, así ocurrió. La Administración local le vio posibilidades, agradece Guiles, que detalla como fue el día que se consumó la cesión, el 10 de agosto de 2023. «Vinieron con una grúa y se lo llevaron y ahí ha estado hasta que le han encontrado un lugar precioso para que todo el mundo lo vea», se muestra satisfecho.
Juan Antonio Guiles, no obstante, no duda que el que más pendiente está del barco es él. Y, por si hay dudas, el hombre que salvó a Los Amiguetes de la ruina junto a su hermano Rafael, que le construyó una cabina, que lo pintó y que lo adornó para las ocasiones, reta: «El barco está para navegar ahora mismo, nos entierra a todos».
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