Ante más de 70.000 fieles entregados, el Papa convierte el estadio en una catedral que canta por la diversidad, por la unidad y por la búsqueda de la verdad
Regala esta noticia Añádenos en Google El Papa León XIV, aclamado durante el encuentro con la comunidad diocesana en el Bernabéu. (AFP)Lucía Palacios y José A. González
Madrid
08/06/2026 Actualizado a las 21:23h.No hubo gritos, ni silbidos, ni faltas, ni penaltis… El Santiago Bernabéu no rugió esta vez por un gol en el minuto noventa, ni por ... una remontada imposible de esas que forman parte de su leyenda. No hubo camisetas blancas sobre el césped ni bufandas al viento celebrando una victoria deportiva. Pero el estadio volvió a llenarse de emoción, de aplausos atronadores, de cánticos, de ovaciones sin fin y de una ilusión compartida.
El Santo Padre quiso tener este lunes un encuentro con la gran familia católica: representantes de parroquias, movimientos religiosos, sacerdotes y agentes pastorales, catequistas, fieles, voluntarios… Ese grupo diverso y variado que compone la Iglesia católica. Y en esa «polifonía de la diversidad» fue donde Robert Prevost quiso poner el foco, el acento, para alzar la mirada —como reza el lema de este viaje a España— e ir más allá de nosotros mismos, de nuestro entorno, de nuestra sociedad y de nuestras comodidades y «buscar juntos la verdad».
«La Iglesia en Madrid ha hecho un golazo para siempre», comenzó el Papa su discurso, en el que invitó a la familia eclesial a «edificar juntos» y a «transformar la diversidad en un recurso», siempre desde la «escucha» y el «diálogo», con un guiño claro hacia los «millones de visitantes, de hermanos y hermanas» que llegan a España «en busca de nuevas oportunidades».
Insta a la comunidad católica a «edificar juntos», «salir del aislamiento y experimentar la alegría del Espíritu Santo»
«Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad», proclamó el Santo Padre.
El césped del Santiago Bernabéu, donde tantas noches gloriosas ha vivido el Real Madrid, se convirtió en un altar presidido por la Virgen de la Almudena y el Cristo de Medinaceli. Allí, el Papa quiso «unir su voz» a la de las decenas de miles de fieles para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial «tan hermosa, que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad».
El coliseo blanco vivió momentos de emoción con las procesiones de la Virgen de la Almudena y Jesús de Medinaceli
León XIV advirtió que «los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian», como sucede en la Iglesia con la liturgia.
El Papa dejó claro que no quiere una Iglesia cerrada en el grupo o el entorno, ensimismada, uniforme y gris, «donde todas las personas cantan siempre la misma melodía», sino un espacio donde la unidad se logre a través de la diversidad, porque la «verdad es sinfónica y siempre nos supera». Así, instó a la comunidad católica «a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo», ya que, «cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu». «Este suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo», animó.
De igual manera, recalcó que siempre es buen momento para entregarse a la fe —«Se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta», enfatizó—, igual que instó a «acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión».
Tarde de emociones
Si el Bernabéu había empezado la tarde con un ambiente de gran cita, la espera también tuvo su particular previa. Antes de que la emoción se desbordara con la procesión, la actuación del mago Jorge Blass y el humor de Santi Rodríguez amenizaron la entrada de los fieles, como esos prolegómenos que calientan la grada antes de que empiece el partido.
Después, la procesión de la Virgen de la Almudena y de Jesús de Medinaceli elevó la emoción como si el estadio acabara de vivir una jugada decisiva. Dos devociones profundamente madrileñas recorrieron el corazón del acto entre canciones, aplausos y una atención casi reverencial de la grada.
La conexión en directo con la catedral de la Almudena multiplicó ese sentimiento y convirtió el silencio expectante en una ovación cerrada. Fue ahí cuando León XIV recibió la primera gran ovación de la noche, atronadora, de esas que retumban en las gradas y que en ese mismo escenario suele reservarse solo para los ídolos del Real Madrid.
En el palco, Florentino Pérez, recién elegido presidente del club blanco, asistía a una escena inédita: el templo del madridismo convertido por unas horas en una gran casa de fe, comunidad y emoción compartida. La puesta en escena buscaba precisamente eso: recrear un salón de casa, un espacio familiar en medio de un estadio monumental.
Madrid apareció representada como una comunidad abierta, plural y mestiza, capaz de acoger acentos, historias y procedencias distintas bajo un mismo techo. Esa multiculturalidad se hizo visible en una treintena de personas vestidas con trajes regionales de distintos países, desde Polonia hasta Brasil o Ecuador: una alineación diversa de fieles que no competían por una camiseta, sino que compartían una misma celebración. León XIV convirtió por unas horas el Bernabéu, templo del madridismo, en su propia catedral, cerró con un canto a la alegría interpretado por David Bustamante.
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