El secretario de Estado, Marco Rubio. Eric Lee Reuters
América El chavismo retoma los contactos con la oposición bajo la presión de Marco Rubio pero mantiene su veto a MachadoEEUU resucita el diálogo, pero excluye a la Nobel de la Paz, a la que ni el chavismo ni la Casa Blanca quieren de vuelta.
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Guillermo Ortiz Publicada 16 julio 2026 02:16h Las clavesLas claves Generado con IA
Hay una imagen que resume el momento por el que pasa Venezuela mejor que cualquier declaración pública: la de Delcy Rodríguez enviando por WhatsApp a Marco Rubio los borradores de sus mensajes en redes sociales antes de publicarlos, a la espera del visto bueno del secretario de Estado.
La reveló el pasado sábado una extensa investigación de The New York Times basada en entrevistas con más de una docena de funcionarios de ambos gobiernos, y en ella se describe a Rubio como el "virrey de facto" de Venezuela, un grado de control sobre una nación soberana que el diario compara con el que ejerció Paul Bremer en el Irak ocupado de 2003.
Rubio no ha pisado el país desde que las fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro el 3 de enero, y sin embargo gobierna sus finanzas, sus recursos y su política exterior desde Washington.
Delcy Rodríguez comparece ante la prensa internacional tras los terremotos junto a su hermano Jorge y Diosdado Cabello. Marian Carrasquero Reuters
El mecanismo de ese dominio es financiero. El Tesoro estadounidense recibe los ingresos de la mayoría de las exportaciones venezolanas y los desembolsa gradualmente a través de la banca privada del país, en una relación que el propio Times compara con la de unos padres que les dan la paga a sus hijos.
Rubio y su equipo fijan las condiciones sobre en qué puede gastarse ese dinero y quién puede recibirlo; supervisan las sanciones, deciden qué empresas operan en el país y, por supuesto, priorizan a las compañías norteamericanas sobre las europeas que ya estaban allí.
Rodríguez, presidenta interina heredada del madurismo, depende de esos fondos para pagar salarios y sostener la moneda. Su sumisión es tal que, cuando el canciller Yvan Gil condenó en redes un ataque estadounidense contra Irán, la Casa Blanca exigió que borrara el mensaje, y Gil obedeció horas después. Este lunes, Delcy lo destituyó de su cargo.
En ese cuadro de dependencia, irrumpió el terremoto del 24 de junio, o más exactamente el doble seísmo que ha dejado un balance oficial que ya supera los 4.700 muertos y los 16.000 heridos, con casi doscientos edificios derrumbados en La Guaira y Caracas.
La catástrofe trastocó el plan de tres fases que Rubio venía ejecutando —recuperación económica, estabilización y transición a la democracia— y obligó a Washington a desplegar 900 militares y comprometer cerca de 400 millones de dólares en ayuda. "Es un retroceso en ese sentido", admitió el propio secretario de Estado.
Donald Trump, Marco Rubio y Scott Bessent en el G7 REUTERS/Evelyn Hockstein
Con todo, lejos de frenar su ascendiente sobre Rodríguez, la emergencia lo ha reforzado: cuanto más frágil es Caracas, más se aferra a la mano que le da la paga. Y sobre esa dependencia acentuada es sobre la que Rubio ha decidido reactivar, esta misma semana, la carta que tenía aparcada desde enero: la negociación política.
La hoja de ruta del 1 de agosto
El movimiento se formalizó el martes con una coreografía muy calculada. Primero, la Asamblea Nacional de mayoría opositora elegida en 2015 —ese residuo institucional del Gobierno interino de Juan Guaidó que Washington sigue reconociendo como la última instancia democrática legítima del país— anunció una "hoja de ruta" conjunta con el chavismo.
Pocas horas después, Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento oficialista y hermano de la presidenta encargada, confirmaba la reanudación de los contactos.
Ambos comunicados, emitidos por separado, coincidían en lo esencial: el 1 de agosto se instalarán mesas de trabajo con unos diez representantes por bando para abordar la reconstrucción institucional, la reforma del sistema electoral y las garantías de participación política. La bendición de Rubio llegó en el acto: compartió el comunicado en su cuenta de X, sin añadir una sola palabra.
Lo que pide cada parte revela la asimetría del tablero. La oposición institucional que encarna Dinorah Figuera —regresada a Caracas a mediados de junio bajo auspicio del Departamento de Estado— reclama lo de fondo: renovación del Tribunal Supremo de Justicia, designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral, depuración del registro y un cronograma de elecciones presidenciales, regionales y parlamentarias con observación internacional.
El chavismo, en cambio, envuelve el proceso en el lenguaje de la "unidad nacional" frente a la emergencia sísmica, y lo presenta ante todo como un mecanismo de reconstrucción.
Dinorah Figuera, presidenta de la Asamblea Nacional de Venezuela en el exilio, se dirige a la diáspora en Madrid. Sara Fernández.
La diferencia no es cosmética: donde unos ven una transición, otros ven una manera de ganar tiempo. Conviene recordar que en la última década el chavismo entabló varias mesas de diálogo que, cuando llegaron a acuerdos, jamás se implementaron… solo sirvieron para llegar con aliento a las siguientes elecciones.
La Casa Blanca gestiona todo esto con una prudencia que roza el cálculo cínico. Michael Kozak, subsecretario de Estado para el hemisferio occidental, afirmó este martes ante el Senado una fórmula reveladora: no quieren elecciones "demasiado pronto" porque hay demasiado que arreglar… ni "demasiado tarde", porque nadie invierte a largo plazo sin un gobierno democrático.
Ese "punto medio" es la coartada perfecta para una transición administrada al ritmo que convenga a los intereses estadounidenses, empezando por el petróleo: Donald Trump llegó a proclamar el martes que Estados Unidos "controla" el crudo venezolano.
Desde Miraflores, Rodríguez vende el proceso como prueba de que "Venezuela no está sola" (en la emergencia sísmica) y agradece a Washington el acompañamiento. Es la retórica de quien ha hecho todas las concesiones posibles y necesita presentarlas como soberanía.
La Nobel que no encuentra su sitio
En toda esta arquitectura falta un nombre, y su ausencia es, sin duda, noticia. Ni el comunicado del chavismo ni el de la Asamblea de 2015 mencionan a María Corina Machado, la líder que arrasó en las primarias opositoras, cuyo candidato Edmundo González ganó según las actas las presidenciales de 2024, y que en octubre recibió el Premio Nobel de la Paz.
La mujer que movilizó a millones de venezolanos, y que incluso llegó a regalarle a Trump su medalla del Nobel en un gesto de cortejo político, ha quedado, de golpe, fuera de la sala donde se decide el futuro de su país.
La líder opositora venezolana María Corina Machado en Ciudad de Panamá Enea Lebrun Reuters
La designación de Figuera como interlocutora principal es, para buena parte de la oposición, la señal inequívoca de que Washington sigue viendo a Machado como una figura incómoda.
Las razones del veto se acumulan desde dos frentes. El chavismo la sigue señalando como enemiga y sostiene que mantiene causas pendientes con la justicia venezolana. Pese a la ley de amnistía y a algunas excarcelaciones —quedan aún unos 400 presos políticos—, Machado continúa siendo el blanco predilecto del discurso oficial.
Ahora bien, el bloqueo más doloroso viene de sus antiguos valedores. Salió clandestina del país en diciembre y, al día siguiente del terremoto, denunció que le habían prohibido embarcar un vuelo en Panamá hacia Caracas que inicialmente había sido aprobado; un segundo intento se frustró cuando una aerolínea temió represalias.
Funcionarios estadounidenses le habían pedido dar media vuelta. La versión oficial la resumió Kozak ante el Senado con una frase de doble filo: "No nos oponemos a su regreso, ella no es una prisionera"… pero Washington no va a "facilitar, fomentar ni respaldar" ese retorno ni a mover un dedo para lograrlo. Traducido: puede volver, pero sola y asumiendo su propio riesgo.
Sea como fuere, Machado no se resigna. Sostiene que su presencia sería un factor estabilizador tras la catástrofe, que el país es hoy un "Estado fallido" y que quiere regresar para acompañar a la ciudadanía.
Este miércoles, junto a Edmundo González, ha convocado de urgencia a los partidos de la Plataforma Unitaria Democrática y a los firmantes del Manifiesto de Panamá para recabar información sobre la hoja de ruta pactada a sus espaldas y fijar una posición común.
¿Ha pactado Trump con Delcy impedir el regreso de María Corina?El mensaje que ambos lanzaron es una advertencia templada pero clara: el centro de cualquier acuerdo debe ser "la urgencia de la gente" y el respeto al "mandato popular de los venezolanos" —esto es, a la victoria de González en 2024—. Es la reivindicación de una legitimidad electoral frente a una legitimidad de despacho.
Una libertad tutelada por una dictadora
Queda la pregunta incómoda, la que ningún comunicado formula: ¿puede una democracia nacer de este parto? El diseño que Rubio pilota tiene una lógica implacable sobre el papel —estabilizar, reconstruir y convocar elecciones con garantías— pero descansa sobre una paradoja moral difícil de digerir.
La transición hacia la libertad venezolana está siendo conducida por Delcy Rodríguez, número dos del régimen, mano derecha de Maduro, corresponsable de la maquinaria represiva que encarceló y exilió a la oposición.
Que la llave de la democracia la guarde quien contribuyó a secuestrarla no es un detalle: es el corazón del dilema. Washington ha preferido a la interlocutora que obedece frente a la que representa a los votantes, y ese cálculo puede resultar eficaz a corto plazo, pero causar problemas a medio.
Edmundo González en un acto. Ignacio Lopez Isasmendi Europa Press
Los escenarios que se abren son tres, y ninguno tranquiliza. El primero es el del éxito administrado: las mesas del 1 de agosto avanzan, se renuevan el CNE y el Supremo, y en un plazo de uno o dos años se celebran elecciones que el chavismo, sin Maduro y sin recursos propios, podría incluso perder, abriendo una transición real, aunque tutelada desde fuera.
El segundo es el del clásico venezolano: el diálogo se eterniza, el oficialismo gana tiempo como en cada mesa anterior, y la "hoja de ruta" se disuelve en comisiones técnicas sin fecha.
El tercero, el más corrosivo, es el de una democracia de fachada: elecciones celebradas cuando convenga al petróleo y a la agenda de Washington, con una oposición domesticada en la que Machado y González hayan sido reducidos a incómodos convidados de piedra.
En cualquiera de los tres, la gran incógnita es qué papel jugará la calle. Machado conserva algo que Figuera no tiene y que Rubio no controla desde su despacho: la adhesión emocional de millones de venezolanos que votaron por un cambio y no por una negociación entre parlamentos.
Si decide volver pese al veto —y todo indica que lo intentará de nuevo—, forzará a Washington y a Caracas a elegir entre reprimir a una Nobel de la Paz o aceptar que la transición tenga un rostro que no eligieron.
Delcy Rodríguez amenaza a María Corina Machado: "Si regresa al país, tendrá que responder ante Venezuela"Ahí está el verdadero pulso que viene: no en las mesas técnicas del 1 de agosto, sino en si la libertad venezolana la escribe un pueblo o la administra un virrey a través de una dictadora.
La historia reciente del país invita al escepticismo… pero esa misma historia también ha demostrado, más de una vez, que Machado tiene la costumbre de aparecer justo donde no la esperan.