El supuesto error técnico del Gobierno de Salvador Illa, que ha dejado a Cataluña fuera del sistema internacional de evaluación educativa PISA al haber excluido de la muestra a un porcentaje demasiado alto de alumnos catalanes -un 23%, cuando lo máximo es del 5%-, permitirá que no se conozca con exactitud estadística la magnitud del debacle académico que ya apuntaba en 2022 el último informe PISA: el 29% de los estudiantes tenía un nivel tan bajo que no alcanzaba las competencias mínimas exigidas.
Sin embargo, este supuesto error no tapa, sino que subraya, el colapso de la llamada «escuela catalana» por la fatal suma de la ideología nacionalista, cuya única obsesión y recursos ha sido el adoctrinamiento en las aulas, y de un izquierdismo cumbayá y antisistema que desterró la meritocracia y el principio de autoridad en nombre de una igualdad buenista.
Un modelo educativo que priorizó la ideología por encima del saber pedagógico, con la inmersión lingüística como eje, y que el pujolismo diseñó como herramienta de «construcción nacional» y control social desde el aula, y que el PSC acabó asumiendo como propio por cobardía, traicionando el modelo por Marta Mata, que había apoyado durante la Transición, y que se basada en la conjunción lingüística o bilingüismo de integración para garantizar que todos los alumnos dominaran tanto el catalán como el castellano al terminar sus estudios.
A pesar de que acumula datos alarmantes -Cataluña tiene una tasa de abandono escolar del 13,7%, superior a la media española y la segunda más alta de Europa-, desde hace décadas el establishment catalán ha defendido el modelo educativo como una cuestión de supervivencia de «la nación catalana y su lengua», convirtiendo los colegios en un espacio blindado al Estado de derecho y a la Constitución.
Con permiso de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP, en Cataluña no se aplica la doctrina del Supremo y del Constitucional que avala el 25% de clases en español, se acosa a las familias que reclaman para sus hijos ese derecho, y se excluyen del debate público aquellos estudios académicos que demuestran cómo el sistema monolingüe en catalán condena a peores resultados académicos a los alumnos castellanoparlantes.
La respuesta desde el poder político e institucional siempre es la misma: tenemos un «modelo de éxito» (aunque, claro, sus vástagos se refugien en la escuela privada).
Esta cerrazón ideológica y el afán por conservar un sistema educativo que fue pensado para que los niños asumieran el catalán como lengua única, amén de una mirada nacionalista de la realidad, son las que han llevado al «modelo de éxito» a la quiebra.
Durante el procés hicieron del catalán una lengua de imposición, antipática, y han logrado que las nuevas generaciones prefieran hablar en español y animar a La Roja. Y en la última década de explosión migratoria, la escuela se ha convertido en un actor desconectado, hostil, de una nueva realidad social que retrata este dato: el 50% de los barceloneses entre 12 y 35 años ha nacido en el extranjero o tiene padres extranjeros.
Pretender que un adolescente recién llegado de Quito estudie solo en catalán desde el primer día, e interiorice toda la doctrina identitaria que contiene la inmersión, es una condena al fracaso de esos nuevos alumnos, de sus compañeros de clase y de todo el modelo educativo, tal como está sucediendo mientras Illa se encastilla en la defensa ideológica de una antigualla pujolista.