Donald Trump, en el Despacho Oval. Jonathan Ernst Reuters
EEUU El Congreso de EEUU empuja a Trump a retirarse de Irán pero Netanyahu erosiona la tregua con su ofensiva total en LíbanoLa Cámara aprobó el pasado miércoles una resolución bipartidista que ordena terminar con la guerra en Irán. Cuatro republicanos votaron con los demócratas mientras Israel seguía bombardeando el Líbano pese al supuesto alto el fuego.
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Guillermo Ortiz Publicada 5 junio 2026 02:45h Las clavesLas claves Generado con IA
La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el pasado miércoles una resolución sobre las atribuciones bélicas del presidente que ordena formalmente a Donald Trump retirar las fuerzas armadas y cesar las hostilidades contra Irán.
El resultado fue de 215 votos a favor y 208 en contra, aunque lo significativo no es la mayoría ajustada sino la composición de la misma: cuatro congresistas republicanos —Thomas Massie, de Kentucky; Brian Fitzpatrick, de Pensilvania; Tom Barrett, de Míchigan; y Warren Davidson, de Ohio— rompieron filas y votaron junto a la totalidad del Partido Demócrata.
La resolución, presentada por Gregory Meeks, miembro destacado del Comité de Asuntos Exteriores, pasa ahora al Senado.
Se trata de un texto más simbólico que otra cosa: aunque exige a Trump dar por terminadas las hostilidades salvo declaración formal de guerra, no tiene fuerza coercitiva inmediata y el presidente podría vetarla.
Ahora bien, su valor político es enorme.
Es la primera vez que una mayoría bipartidista de la Cámara, incluso en el Congreso controlado por el GOP, le dice formalmente a Trump que el conflicto que su Administración llama eufemísticamente "operaciones mayores de combate" se ha prolongado demasiado tiempo.
Tras la votación, Massie lo dijo con la franqueza propia del Medio Oeste: "La gente está harta. Está harta de que la gasolina esté a cinco dólares el galón (unos cuatro litros) y de que el diésel esté a seis. Está harta de no poder pagar los fertilizantes".
Trump respondió este jueves a primera hora con un mensaje en su red social, Truth, cargado de confrontación: "Ayer, en una votación insignificante, la Cámara votó —cuatro malos republicanos y todos los Demócratas— limitar mis atribuciones en caso de guerra, justo en medio de las negociaciones finales para terminar el conflicto con la República Islámica de Irán".
El presidente de la Cámara, Mike Johnson, defendió a Trump argumentando que "Irán nos declaró la guerra hace 47 años". Brian Mast, presidente del Comité de Asuntos Exteriores, fue más sucinto: "Soy americano. No creo en encajar un golpe, marcharme y fingir que no ha pasado nada".
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El argumento sobre el que la Administración Trump se ha apoyado durante tres meses para no someter el conflicto a la votación del Congreso es que, técnicamente, lo que Estados Unidos hace en Irán no es una guerra, sino una respuesta defensiva limitada en el tiempo.
La fórmula resulta llamativamente familiar. Vladímir Putin sostuvo durante años —y lo sigue sosteniendo, ya en el quinto año del invento— que lo de Ucrania no era una guerra sino una "operación militar especial", evitando así someter el conflicto al Parlamento ruso y esquivando las consecuencias jurídicas de declarar formalmente la guerra.
La Administración estadounidense ha aplicado el mismo truco semántico: no hay guerra, hay hostilidades; no hay tropas en combate, hay personal en misiones defensivas.
La excusa funcional es la War Powers Act de 1973, que da al presidente sesenta días para conducir operaciones militares sin autorización del Congreso.
La guerra comenzó el 28 de febrero, así que los sesenta días vencieron a finales de abril. Desde entonces, la Casa Blanca opera en un limbo jurídico sostenido por la simple negativa republicana a forzar el cumplimiento del plazo.
La votación de este miércoles indica que esa negativa empieza a resquebrajarse desde dentro del propio partido del presidente. Algunos republicanos —los que se enfrentan a la reelección en distritos rurales donde el precio del combustible ya es una cuestión política— ven el coste electoral acercándose.
Mientras tanto, Trump insiste, día sí y día también, en que el acuerdo con Irán está "al caer". Lleva diciéndolo desde finales de abril. Los mediadores cataríes y omaníes informan periódicamente de "progresos significativos".
Marco Rubio compareció esta semana ante el Senado y reconoció que "hay violaciones" por parte iraní, pero subrayó que "la diplomacia sigue funcionando".
El líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, no ha aparecido públicamente desde su designación tras los bombardeos del 28 de febrero. En estas condiciones, decir que el acuerdo está cerca es, en el mejor de los casos, la expresión de un deseo. En el peor, una manera de ganar tiempo frente a un Congreso cada vez menos paciente.
La trampa libanesa
Quien parece que no tiene tiempo que perder es Benjamín Netanyahu. Tras la bronca telefónica del lunes —aquella en la que Trump le llamó "loco de cojones" y le recordó que estaría en la cárcel si no fuera por él—, parecía que el primer ministro israelí estaba dispuesto a ceder.
Sin ir más lejos, el miércoles se anunciaba en Washington un nuevo acuerdo entre Israel y Líbano.
Las condiciones, sin embargo, contenían un truco demasiado evidente: el alto el fuego se aplicaría siempre que Hezbolá no atacara… y, como Hezbolá depende operativamente de Teherán, no de Beirut, cualquier acción de la milicia chií queda fuera del control del Estado libanés.
En la práctica, Israel se reservaba el derecho a seguir bombardeando cuando lo considerara oportuno.
Y es que, apenas horas después del anuncio del acuerdo en Washington, Israel reanudaba los ataques contra el sur de Líbano. Este mismo jueves, un casco azul de la UNIFIL —la fuerza de paz de Naciones Unidas— murió por el impacto de morteros israelíes cerca de Marjayoun.
En paralelo, las fuerzas armadas israelíes mantienen el control de cinco posiciones en territorio libanés ocupado: las aldeas de Labbouneh, Marwahin, Aitaroun, Hula y Sarada. Una situación que el Gobierno de Aoun considera ilegal, pero que la Casa Blanca se niega a considerar como una ocupación.
La marcha atrás de Bibi tras la llamada con Trump se ha quedado, como tantas otras veces, en nada. El ministro de Defensa, Israel Katz, negó directamente el pasado martes la existencia de un alto el fuego en Líbano y el propio Netanyahu declaró que las FDI seguirán golpeando el sur de Líbano "como estaba previsto".
La promesa de no atacar Beirut sí parece que se está respetando por el momento; otra cosa es el resto del país. Una coreografía que nos suena de sobra: ceder formalmente lo justo para que Trump pueda salir a vender un acuerdo, mientras se mantiene la presión militar para que los socios duros de la coalición —Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich— no se descuelguen.
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Y mientras Washington empuja para cerrar y Tel Aviv tira para seguir, los grandes ausentes de esta foto son los estados árabes del Golfo: Arabia Saudí, Catar, los Emiratos y Baréin han condenado expresamente en las últimas setenta y dos horas la escalada israelí en Líbano y han pedido una salida estrictamente diplomática.
Su preocupación va más allá de Hezbolá: los estados del Golfo ven con creciente desconfianza que el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán se cierre sin abordar la cuestión de fondo, que es el programa nuclear iraní y el de misiles balísticos. El embajador de los Emiratos en Washington lo formuló sin ambages el mes pasado: "Un simple alto el fuego no es suficiente".
La razón es geográfica además de política. Durante estos más de tres meses de guerra, Irán ha atacado con drones y misiles a todos los estados vecinos: Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Baréin y Catar. Las defensas aéreas evitaron víctimas masivas, pero las infraestructuras energéticas y las plantas desalinizadoras sufrieron daños severos.
Riad pide ahora que las negociaciones "aborden todas las cuestiones" que han contribuido a la inestabilidad regional "durante las últimas décadas", lo que en lenguaje diplomático significa: si Trump cierra esto sin desarmar a la Guardia Revolucionaria ni acotar el programa balístico, nos deja a todos a merced de Irán.
Omán —el mismo al que Trump amenazó la semana pasada con "volar por los aires"— es el único Estado del Golfo que ha criticado abiertamente la actuación estadounidense.
El cuadro final es éste: Trump tiene en contra a parte de su propio partido en el Congreso y a la mitad del electorado estadounidense por el precio del combustible, pero, a la vez, sus aliados árabes siguen preocupados por un cierre en falso e Israel parece dispuesto a sabotear el alto el fuego cada vez que tenga oportunidad.
Si al final consigue cerrar un acuerdo, como parece exigirle la Cámara de Representantes, será un acuerdo precario que dejará intactos los problemas estructurales —el peaje iraní en Ormuz, las armas de Hezbolá, el programa nuclear iraní, la ocupación israelí del sur libanés…— pero que le permitirá decir que "él" terminó la guerra y colgarse la correspondiente medalla.
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