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'El cirujano o La extracción de la piedra de la locura', de Jan Sanders van Hemessen. Museo del Prado El cuadro médico del arteTrepanaciones, tumores de mama, hirsutismo... Álvaro Carmona, doctor en Medicina Molecular, publica 'Le seré sincero, no pinta bien', un libro en el que disecciona obras maestras en busca de patologías 'encerradas' en el lienzo
Madrid
Lunes, 9 de marzo 2026, 00:06
... divulgador y doctor en Medicina Molecular, lo descubrió un sábado por la tarde de 2018 cuando recorría el palacio Colonna de Roma y en una pequeña estancia se topó con el lienzo 'La noche' (1555), del pintor florentino Michele di Ridolfo del Ghirlandaio, en el que una mujer desnuda muestra un pecho extrañamente deformado y acompañado de una sutil retractación en el pezón. «La imagen», cuenta Carmona, «no era un error del pintor, era una señal nítida y desgarradora de una enfermedad que yo conocía muy bien desde la medicina moderna, el cáncer de mama».En este viaje sin analgésicos por el historial médico del arte hay escenas lacerantes como la que muestra el cuadro 'El cirujano o La extracción de la piedra de la locura' (1550-1555), todo un tratado visual sobre la falta de rigor clínico de la época. En el óleo de Jans Sanders van Hemessen, colgado en las paredes de El Prado, un cirujano con una sonrisa burlona extrae la llamada 'piedra de la locura' de la cabeza de un paciente que llora de dolor. Y es que en el Renacimiento, como antes en la Edad Media, la trepanación del cráneo todavía se veía como un remedio a todos los males, incluidos los relacionados con la salud mental y el comportamiento. Hoy, este procedimiento, uno de los más arcaicos de neurocirugía, se utiliza para aliviar la presión intracraneal, la eliminación de tumores cerebrales o la implantación de dispositivos médicos en el cerebro.
La palidez de la infanta Margarita
Otra de las pinturas que 'duelen' a la vista es 'El charlatán sacamuelas' (1620-1625), de Theodoor Rombouts, una brutal representación de una práctica rudimentaria en un tiempo en el que la odontología, como tal, no existía, y mucho menos la bendita anestesia. En el centro, un 'dentista' con un collar hecho de muelas se inclina sobre un pobre hombre que grita ante el calvario de someterse a la extracción. Para añadir un toque aún más dramático, el paciente tiene un brazo atado a la silla para que no se escape en un arrebato de desesperación.
De arriba abajo: El cáncer de mama que aparece en 'La noche', que ilustra las primeras páginas del libro; 'El charlatán sacamuelas', de Theodoor Rombouts, que está en el Museo del Prado; y 'Magdalena Ventura con su marido'. Fundación Casa Ducal de Medinaceli, obra en depósito en el Museo del Prado. Virginia Carrasco y Museo del PradoPero hay muchos 'cuadros médicos' más. En esta disección por la historia del arte transitan reyes con desórdenes genéticos, como Carlos II, el último de los Austrias, conocido como 'El hechizado'. Su famoso retrato, obra de Juan Carreño de Miranda en 1675, muestra a un monarca de mandíbula prominente, labios abultados y el aire infantil de un hombre que a los 24 años aún parecía un niño. «Es el resultado de un legado genético marcado por siglos de endogamia», explica Carmona.
Unas pocas páginas más adelante, alude también a la blancura de piel de la infanta Margarita de Austria, la hermana del susodicho Carlos II que aparece en 'Las meninas. «Más allá de responder a los cánones estéticos del Siglo de Oro, su palidez probablemente refleja una anemia crónica causada por la práctica de la bucarofagia». Este hábito, muy arraigado entre las damas de la nobleza española para seguir el canon de belleza de la época, consistía en ingerir pequeñas piezas de cerámica conocidas como 'búcaros', que no solo conferían a la piel un tono translúcido sino que llevaban «a un cuadro de deficiencia de hierro y alteraciones gastrointestinales», detalla Carmona.
Además, desfilan casos de hirsutismo como el de 'La mujer barbuda' (1631), obra de José de Ribera (El Españoleto) en la que Magdalena Ventura, quien a los 37 años y por una alteración hormonal comenzó a desarrollar una exuberante barba negra, aparece amamantando a su hijo menor, junto a su esposo Felici di Amici, que está de pie tras ella. Aunque en el propio lienzo Ribera dibujo una estela donde se lee 'En Magnu Natura Miraculum' (Un milagro de la naturaleza') «podemos entender hoy mejor su caso gracias a los avances en endicronología», refiere Carmona.
También bucea en el 'Retrato de Gregor Baci' (1550), de un pintor alemán desconocido, en el que el tal Baci, un húsar húngaro, se muestra con una lanza atravesándole el cráneo de lado a lado. El pobre hombre vivió para contarlo y la medicina moderna, como ilustra Carmona en su libro, ofrece algunas respuestas al 'milagro'. Igual de interesantes son las explicaciones de la nariz (hundida en la misma raíz) del duque de Urbino, Federico de Montefeltro, retratado de perfil en 1472 por Piero della Francesca. Carmona defiende la versión de que su peculiar aspecto es el resultado de una herida sufrida en un torneo de justas, que le causó la pérdida del ojo derecho y el daño en la estructura nasal al atrevesarle una lanza el visor del casco, y duda del rumor que señala que la hendidura de la napia es una marca de la sífilis.
Además, el autor aborda otras patologías halladas en pinturas de Pieter Bruegel el Viejo, Rubens, Murillo, Goya, Van Gogh, Courbet, Monet, Renoir, Frida Kahlo... e incluso se 'atreve' con una posible catalepsia en 'La Resurrección de Lázaro' (1514-1519), de Juan de Flandes, cuadro en el que se ve a Lázaro saliendo de su tumba. «Si nos fijamos bien en su brazo izquierdo», relata Carmona, «notamos una postura un tanto... extraña. Esa posición con el hombro elevado y girado hacia adentro podría estar reflejando una luxación posterior, una lesión bastante típica después de un ataque epiléptico», razona el bioquímico y profesor.
En todo caso, desde las páginas de 'Le seré sincero, no pinta bien' Carmona invita al lector a mirar los cuadros preguntándose si ese resucitado había pasado por una epilepsia, si ese santo tenía lupus, si esa duquesa padecía hipotiroidismo o si el gran William Turner sufría de cataratas, y de ahí esos tonos cálidos de su pintura. La conclusión es que el arte ha dejado constanci de una enfermedad siglos antes de que la medicina supiera darle nombre y que una infección o un cáncer puede colarse en un fresco renacentista sin pedir permiso.
Y como diagnostica Carmona en su libro: «Al final todos tenemos un cuadro colgado en alguna pared invisible donde se ve nuestra postura rara, nuestra cicatriz, ese lunar sospechoso o la forma en que torcemos la boca cuando estamos cansados. La medicina moderna lo mirará con resonancias y marcadores tumorales, pero el arte ya empezó a registrarlo hace siglos. Así que la próxima vez que vayas a un museo», propone el autor, «no te limites a admirar los colores, pregúntate qué dice ese cuerpo, qué calla, qué le duele».
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