El Papa León XIV. Europa Press
Política EL LIBRO DE LA SELVA El día que Bildu escuchó en pie el himno de España: el poder milagroso del PapaDaniel Ramírez Publicada 13 junio 2026 03:00h Las clavesLas claves Generado con IA
Iban a caer las bombas de Hitler sobre Londres. Era junio de 1940. Jorge VI recibió presiones de los suyos: querían que huyera de la ciudad.
Había que salvar la Corona. Al Rey de Inglaterra y a su familia. Y aquel Rey, un hombre a varias galaxias del carisma, tomó una decisión que le otorgaría para siempre un poder simbólico sobre la nación: permanecer en Buckingham.
A partir de ahí, la radio, sobre todo la radio, diseñó una campaña de propaganda que encendía la esperanza de un país, hasta de una civilización: "Hay que hacer lo mismo que el rey".
Era el momento crucial en la vida de un héroe y había que escribir el mito. Se le dibujó en el ático de palacio con el nazismo ametrallando la ciudad.
Así nació el poder simbólico de Jorge VI, que reflejan dos películas sensacionales: El discurso del Rey y La hora más oscura.
Es algo parecido a lo que pasó con Unamuno en el paraninfo de Salamanca. No sabemos exactamente lo que sucedió, pero aquella frase otorgó al viejo rector un poder simbólico que permanecerá por siglos. El de "venceréis, pero no convenceréis".
Todo esto del "poder simbólico" me lo explicó Luis María Ansonel día que le pregunté para qué sirve la monarquía. Fue una pregunta fatal porque casi muero deshidratado un día de calor en su despacho, sin posibilidad de escapar.
En un país como el nuestro, el Gobierno tiene el poder Ejecutivo, el Parlamento dispone del poder legislativo y los tribunales ejercen el poder judicial. ¿Y el Rey? El Rey encarna el poder simbólico. Un intangible que le otorga influencia sobre la nación en las grandes encrucijadas.
Esto no solo sucede con los reyes, claro. Ocurre también con los emperadores.
Me habló Anson del emperador de Japón, tras la bomba de Hiroshima y Nagasaki, que llamó a los suyos a rendirse ante Estados Unidos. Si lo hubiera dicho un general, lo habrían fusilado. Pero el emperador lo dijo con el poder simbólico en la mano.
O De Gaulle en Francia, al que acudieron en abril de 1958 cuando el problema de Argelia. El viejo general estaba lejos en ese momento de la presidencia y del cargo de primer ministro, pero los franceses sabían que sólo él podía reconducir la situación. Así acabó naciendo la V República.
León XIV ha ejercido su poder simbólico con enorme contundencia en su visita a España. En un país que, década tras década, fue despegándose de la herencia nacionalcatólica, el Papa todavía conserva ese poder entre una inmensa mayoría de ciudadanos. Entre agnósticos y ateos, igual que entre los católicos.
Siento escoger un ejemplo tan cutre; soy consciente de que no hace justicia a Jorge VI y las bombas, a De Gaulle y Argelia. Pero estaba en la tribuna del Congreso y empezó a sonar el himno de España. Todos los diputados estaban de pie porque iba a entrar el Papa y estaba sonando antes el del Vaticano.
Cuando sonó el himno nacional, miré rápidamente a los diputados independentistas, pensando que su ideología los llevaría a sentarse como un resorte. Como tantas otras veces, como marca la tradición. Sin embargo, los diputados de EH Bildu permanecieron en pie.
Sólo vi que se sentara a Josep Maria Cruset, de Junts. A Míriam Nogueras no la veía desde mi sitio.
No sé si había existido alguna vez esa imagen: la izquierda abertzale en pie ante el himno nacional. Tampoco sé si volverá a suceder alguna vez. No se quedaron en pie por respeto a la Cámara, siquiera por respeto al himno de un país que no consideran suyo.
Fue el poder simbólico del Papa. Los hechizó como si también fuera un poder divino.
Otro tanto sucedió con el Partido Popular y Vox; con el PSOE y sus socios. Ovacionaron durante siete minutos, ¡hasta gritaron viva el Papa!, a alguien que había desmontado sus programas electorales.
¿Cuántas personas existen en el mundo que aplaudiría el PSOE después de que se posicionaran en la tribuna de oradores en contra de la ley del aborto y de la eutanasia?
¿Cuántas personas existen en el mundo que aplaudiría el PP después de que se posicionaran en la tribuna de oradores en contra de la prioridad nacional?
En la era de mayor polarización política desde 1978, el poder simbólico del Papa genera todavía más asombro. Sobre todo, porque, lejos de salir a criticar las partes del discurso que no les habían gustado, los diputados se ocuparon de ensalzar lo que más se parecía a ellos.
Todos, esforzados en cometer ese delito de apropiación indebida. Con lo difícil que es en el Congreso que alguien hable bien de alguien... que no tenga su carné.
Sánchez, el ateo que no fue capaz de ir a la misa por las víctimas de Adamuz, sí ha ido a una eucaristía oficiada por el Papa. Con las dificultades de agenda que exhibe para cualquier evento que suponga el paseo por la calle, ha perseguido a León XIV todo lo que ha podido.
Y el padre Feijóo, sin cargo institucional, ha hecho todas las gestiones que han estado a su alcance para lograr la foto con el Papa. Le regaló una camiseta firmada por Rafael Nadal.
A lo largo de la semana, el influjo del Papa se fue extendiendo por cada estación de la visita. Ni siquiera en Cataluña ha prosperado el intento de Puigdemont y sus satélites –su religión es la más cerril de todas– de convertir un espectáculo mundial en una reivindicación de provincias.
Con la excepción del discurso del Congreso, donde sí hubo una profundidad en el análisis, las frases del Papa en España, cogidas una a una, no aportan ninguna novedad. Son como de taza de Mr. Wonderful. Y aun así, han capitalizado portadas durante días.
Porque lo importante, una vez más, no es la frase, sino quién la dice.
Es un momento para pensar en el poder simbólico de la Iglesia, traspasado de generación en generación, sin importar el perfil de Papa que escoja el Vaticano. Y también es una advertencia: lo que es capaz de hacer un Papa si la sociedad de ese periodo es católica hasta el extremo. Los Borgia.
La visita del Papa, por otra parte, ha mostrado un vuelco, un síntoma de un nuevo tiempo. Ser católico y exhibirlo abiertamente ha dejado de ser poco estético para un joven español de veintitantos.
Inazio, uno de los artistas que cantó para el Papa en uno de los actos de Madrid, subió un vídeo a sus redes sociales explicando las dudas que tuvo. Le preocupaba el qué dirán, el qué dirá su público. Y, quizá, si esto hubiera sucedido hace diez años, se lo hubiera pensado más o habría dicho que no.
Pero dijo sí. Y luego pregonó la buena noticia.
La geopolítica está configurando un nuevo mundo que discurre en un ambiente de guerra fría. Los bloques están claros: Estados Unidos, China y una Europa menguante.
Habría que añadir al Papa, que sublevó a Trump y tiene la capacidad de alterar el debate de cualquier país que decida pisar.