“Estos objetos pueden constituir una pista importante para comprender el proceso de formación de los agujeros negros supermasivos", explica Joseph Henawy, profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara y de la Universidad de Leiden. "Estos ‘monstruos’, con una masa de miles de millones de veces superior a la del Sol, ya existían, por alguna razón, cuando el universo acababa de nacer”.
Un récord gracias a la luz visible, el infrarrojo cercano y el aprendizaje automático
Entre los cuásares descubiertos en esta ocasión, destacan especialmente dos cuerpos celestes con desplazamientos al rojo de 7.69 y 7.77, respectivamente. Ambos superan el desplazamiento al rojo de 7.64 observado en 2021, lo que supone romper sucesivamente el récord de los “más antiguos” de la historia de las observaciones. Se encuentran a más de 13,000 millones de años luz de la Tierra y reflejan cómo era el universo cuando solo habían transcurrido unos 670 millones de años desde su nacimiento.
Big Bang son muy poco comunes, ya que aún eran pocas las galaxias que habían crecido lo suficiente como para albergarlos. Además, su tenue luz tiende a confundirse fácilmente con la luz de las estrellas situadas en el interior de la Vía Láctea.Debido a estas limitaciones, se ha considerado casi imposible buscar cuásares desde la Tierra. La clave para superar este obstáculo ha sido una técnica de observación que combina los estudios de amplio alcance en luz visible e infrarrojo cercano realizados por Euclid (que opera fuera de la atmósfera terrestre) con el aprendizaje automático.
Euclid puede observar amplias zonas del cielo con gran precisión, sin verse afectado por la luz de la atmósfera que dificulta las observaciones terrestres. Además, mediante el uso de métodos estadísticos que combinan varios algoritmos para filtrar los candidatos, se ha logrado seleccionar de forma eficiente, entre decenas de millones de objetos celestes, los candidatos a cuásares que se ocultan entre estrellas y galaxias muy similares.
De los 123 candidatos seleccionados de este modo, los investigadores llevaron a cabo observaciones espectroscópicas (observaciones en las que se separa la luz por longitudes de onda para analizar sus componentes) con el telescopio Keck de Hawái, el telescopio Magallanes de Chile y el Gran Telescopio Binocular (LBT) de Arizona, y confirmaron que 31 de ellos eran cuásares auténticos.
En los estudios anteriores sobre los cuásares, no quedaba más remedio que encontrar estos raros objetos uno a uno y confirmarlos mediante observaciones espectroscópicas. Ahora, al disponer de una muestra de 31 objetos (suficiente para realizar análisis estadísticos), se puede asegurar que se ha entrado en una fase en la que es posible estudiar las propiedades de los cuásares primitivos de forma sistemática, considerándolos como un conjunto.
el telescopio ALMA (Interferómetro de ondas milimétricas y submilimétricas de Atacama), situado en el norte de Chile y gestionado por el Observatorio Nacional de Astronomía de Japón en colaboración con Estados Unidos y Europa.Se espera que esto permita obtener una imagen más nítida del proceso de evolución de las primeras galaxias gigantes.“El objetivo final que tenemos ahora en mente es unir todos estos resultados en una única línea temporal para completar la ‘crónica de los cuásares’ de los primeros mil millones de años desde el nacimiento del universo”, señala Henawi con gran ilusión. Si en un futuro próximo se descubre el primer cuásar con un desplazamiento al rojo superior a 8, podría revelarse la imagen de los cuerpos celestes que existían en los primeros 630 millones de años desde el nacimiento del universo.
Editado por Daisuke Takimoto
Artículo originalmente publicado enWIRED Japón. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.