La originalidad de la vicepresidenta segunda y Ministra de Trabajo hace ya mucho que se percibe como mera banalidad.
El viejo adagio que aseguraba que si das a un hombre un pez comerá un día, pero si le enseñas a pescar comerá toda su vida, hace tiempo que ha caído en desuso. Muy entrado ya el siglo XXI, el populismo ha desubicado tanto a ese mismo hombre que si le das un pez caben muchas posibilidades de que te pida salsa tártara, patatas fritas y una bebida isotónica. Y no lo hará porque sea un descarado sino porque un día oyó decir a Yolanda Díaz que, si le entregaba su voto, todas esas cosas serían parte de sus derechos básicos. Con esas condiciones, ¿quién necesita saber pescar?
Por supuesto Yolanda no aporta el pez ni la salsa ni nada de lo prometido, pero desde que descubrió que si lo ponía en el BOE mucha gente se lo creía ha estado prometiendo como si no hubiera un mañana. Hasta que se ha hecho demasiado evidente el engaño. Eso es lo que explica primero su escaso tirón electoral y finalmente su retirada, para ser sustituida por otra figura no abrasada que pueda vender las viejas ideas como si fueran nuevas. Pablo Bustinduy cumple los requisitos.
La fracasada reducción de la jornada laboral tenía una buena dosis de ese voluntarismo inapropiado y las subidas del salario mínimo a martillo que se le atribuyen a Yolanda son bastante de lo mismo. Ella se apunta el mérito pero son los empresarios quienes tienen que aplicarlas. Los efectos reales, dado el ciclo expansivo de la economía son muy difíciles de calcular, aunque tanto el Banco de España, como la Airef y otros organismos independientes han cifrado en más de cien mil los empleos que se habrían dejado de crear. Es fácil intuir los rotos que esas medidas sin memoria económica han provocado sobre pymes, colectivos vulnerables y determinados sectores y territorios.
Hay otro efecto que causa pavor. Cada vez más los salarios medios se parecen a los mínimos y esto denota una precariedad laboral extensiva. Esto es simplemente consecuencia del deterioro en las condiciones provocado por un Gobierno que desconoce la realidad empresarial y económica de su país. Un Ejecutivo que desconoce por ejemplo que las subidas a capón de los salarios mínimos, sin mejoras de productividad que las justifiquen, se trasladan finalmente a precios y que, por tanto, más salario no significa necesariamente mayor poder adquisitivo del trabajador.
Las palabras hace unos días del presidente del Gobierno regañando a los empresarios por no subir los salarios de sus trabajadores son una muestra más de este populismo racial carente de ciencia y su intervención causa la misma sensación que aquel tipo gordo a rebosar que, con una cerveza en la mano y sentado en el sofá, recrimina a los jugadores de fútbol de su equipo favorito que no suden la camiseta.
Yolanda Díaz presume de haber consolidado el diálogo social, pero hace tiempo que el diálogo ha muerto y se ha sustituido por un monólogo en el que las reformas que la ministra pacta con los sindicatos, que son sangre de su sangre, son ofrecidas como lentejas a los empresarios, a los que no se les da ni la posibilidad de debatir con argumentos o números no vaya a ser que lleven razón.
Lo cierto es que muchos de los logros que se atribuye la vicepresidenta han resultado ser de cartón piedra una vez analizados. Como sus inacabables circunloquios garrapiñados que tantas veces utiliza para no decir nada y que han terminado por darle a los que eran sus propios votantes la pista sobre la medida real de su valor. Esos circunloquios y aquel día en el que en un mitin habló de élites tecnológicas de billonarios que han puesto en marcha un plan B para huir en cohetes del Planeta, porque saben que el mundo colapsará.
La originalidad de Yolanda hace ya mucho tiempo que en el mundo real se percibe como banalidad. Hace ya años le preguntaron a Xosé Manuel Beiras sobre sus diferencias con Yolanda y el entonces líder del Bloque dijo que ella había tenido con él "un comportamiento ingrato, insolidario y desleal". Cuando la periodista le pidió concretar, Beiras respondió: "¿Te parece poca concreción?". Yolanda se retira, pero la izquierda sigue igual.
*Iñaki Garay es director adjunto de EXPANSIÓN
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