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Harás una breve arqueología del año caduco. Inspeccionarás los meses y los días y las horas que precedieron a las burbujas doradas de champán. Mirarás el mausoleo de deseos y metas sin cumplir y observarás los «quería» y «debía» y «tendría que». Te ... darás cuenta de que pocos propósitos han aguantado el peso del tiempo y, aun así, como todos los años, sacarás una libreta inmaculada en la que dejarás constancia del archivo de las nuevas y buenas intenciones.
Desistir del tabaco, la prisa y la autocrítica. Renunciar al alcohol, la envidia y la culpa. Eliminar el ruido digital y el pesimismo. Abandonar el azúcar y el rencor y la desidia. Soltar amarras, abrir velas. Surcar el mar como quien estrena el mundo. Mirarás la lista casi jadeando, con la misma devoción de quien contempla su obra recién acabada. Con la misma satisfacción maratoniana de quien, por fin, sabe lo que quiere.
Sin embargo, como un rumor que se va haciendo cada vez más fuerte, entenderás que estos deseos son pequeñas ficciones que nos contamos a nosotros mismos. Que somos el conjunto de nuestras querencias, la suma de todo aquello que no alcanzamos a dejar de ser. Te preguntarás por qué sigues con este ritual que sabes que acabará en una brillante decepción, y avanzarás en la única dirección que permite la vida como quien pone un pie sobre una fina capa de hielo. Con cuidado, con respeto, con el recelo de quien teme acabar empapado de frustración y desengaño.
Un buen día, un calor creciente invadirá tu interior. Un sentimiento que mucho se parece al anhelo, a la ambición, al ansia. De dejar atrás. De renunciar a prometer, a exigir. De acabar con la zozobra y el remordimiento y la angustia.
Alejandra Pizarnik escribió en su diario: «Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras«
Recordarás entonces algo que escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik el 1 de enero de 1960 en su diario: «Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo».
Como un náufrago encaramado a la última tabla de madera, tú también te agarrarás a esos deseos. Alzarás una copa y con un alivio secreto, con sosiego íntimo, brindarás por lo único por lo que merece la pena brindar.
Por no querer estar en ningún otro sitio. Por no fantasear con ser nadie más.
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