Una de las páginas del diario secreto de José Antonio Primo de Rivera. Cedida
Política LIBROS El diario secreto de José Antonio: amantes, la carta secreta de Azaña y un golpe para ¿una dictadura republicana?José Antonio Martín Otín, conocido como Petón, acaba de publicar un libro donde desmenuza un diario hasta ahora inédito de Primo de Rivera, fundador de Falange.
Daniel Ramírez Publicada 2 mayo 2026 03:07h Las clavesLas claves Generado con IA
Llevo unos días torturado por culpa de la entrepierna de Keynes.
En los días de instituto, arrojaba la imaginación por la ventana para huir de la “demanda agregada” y asaltar la Isla del Tesoro. Como era de letras mixtas, concluí en contra de la Biología que el viejo John Maynard Keynes no tenía entrepierna.
Keynes era en sí mismo un número, una teoría. Un hombre aburrido capaz de asesinar el entusiasmo de un ejército de adolescentes con un par de palabras. Keynes era exactamente lo contrario a las canciones que queríamos escribir.
Ese ha sido mi (anti)keynesianismo hasta ahora, que he descubierto en un libro la siguiente escena: el viejo Keynes, no tan viejo, en el teatro, con una mujer hermosa, recorriéndose mutuamente el sendero febril de la entrepierna.
Los cuarenta años de franquismo, con su censura temerosa de ombligos, hicieron muchísimo daño. No sé qué pasa hoy que todo en España empieza y acaba en las entrepiernas.
La mujer que acariciaba a Keynes en el teatro, esa que le pedía una demanda agregada al placer, se llamaba Elizabeth Asquith; más conocida como la princesa Bibesco. Una mujer inteligente, hermosa, novelista, afilada como un dardo. La hija de un primer ministro liberal de Reino Unido, casada con un aristócrata rumano.
Y esa mujer –supe leyendo este libro maravilloso– había sido antes la amante de José Antonio Primo de Rivera. Y lo que es mejor: enloqueció tanto a Azaña como a José Antonio –aunque sólo se enrollara con José Antonio– y los hizo más o menos amigos a los dos.
Lo suficiente como para que Azaña enviara una carta secreta a José Antonio a la cárcel de Alicante poco antes del fusilamiento.
El libro se titula “Diario secreto de José Antonio” (Espasa, 2026) y lo firma otro José Antonio, Martín Otín, por todos conocido como Petón. Yo sabía que Petón llevaba unos años volcando a un libro definitivo su investigación vital, obsesiva, sobre su tocayo, el fundador de Falange.
Hace varias décadas, publicó “El hombre al que Kipling dijo sí”; que se agotó y que se llegó a poner en Iberlibro por encima de los quinientos euros. Hasta se pirateaba. Ahora, por veinte euros, te llevas todo lo que había en ese libro legendario y todo lo nuevo que ha encontrado.
José Antonio Martín Otín, periodista y escritor. Cedida
Me lo contaba Petón, de vez en cuando, frente a una tortilla líquida de la taberna Pedraza. Lo que no sabía es que –hizo bien en callárselo– había encontrado una agenda literalmente secreta de José Antonio y que, de ella, como las cerezas, salían historias fascinantes que conducían, por ejemplo, a la entrepierna de Keynes.
Lo más importante de ese diario no es esto, sino las revelaciones de José Antonio, por el túnel del tiempo del otro José Antonio, acerca del papel de la Falange en el golpe de Estado de julio del 36, que desembocó en guerra civil.
Lo más importante es que José Antonio llamaba “cerdos” a Franco y al resto de generales golpistas por querer utilizar a los chavales de Falange como carne de cañón en el golpe.
O lo más importante, quizá, sea que José Antonio no participó –más bien se adhirió al final– en los preparativos de la sublevación y que incluso propuso a Portela Valladares en marzo de 1936 –hasta hacía poco presidente del Consejo de Ministros– dar un golpe para conservar la República y mantener el orden. Sacarla de la violencia callejera, de la quema de iglesias y del incendio de periódicos.
No con prurito democrático ni liberador, claro.
José Antonio Primo de Rivera era partidario de lo que Miguel Maura llamaba “dictadura nacional republicana”; es decir, una dictadura sindicalista, formada por todas las clases sociales, con una justicia social radicalmente redistributiva mediante algunos postulados que hoy encajarían con Vox, pero también con Podemos.
José Antonio nunca fue un demócrata. José Antonio Primo de Rivera empuñó la “dialéctica de los puños y las pistolas”. Su proyecto estuvo inmerso en la violencia callejera de los años treinta, pero José Antonio fue tan antifranquista como Carrillo, solo que desde el otro extremo.
Aportar estos matices le cuesta a Petón la acusación de “blanquear” al falangista, pero él, con mucha guasa, consciente de lo idiota de la crítica, responde: “En todo caso, rojiblanquear, que soy del Atleti”.
Y en este libro, eso es lo importante, se cuenta esa historia con decenas y decenas de datos, casi todos ellos inéditos o desconocidos. Sin embargo, a mí, a los niños que huíamos de la “demanda agregada” de Keynes, lo que más me ha interesado es todo lo que tiene que ver con el mito que refuta la idea de las dos Españas.
Ese marco de relaciones –unas de amistad, otras amorosas y algunas sexuales– que siguió funcionando en Madrid hasta el mismo 18 de julio de 1936. Las cosas pudieron suceder de otra manera, y sin embargo sucedieron en guerra y represión.
En este libro está el camino que va de José Antonio a Azaña, de Lorca a José Antonio, de José Antonio a Durruti. Y así podríamos seguir, con el tiempo de las cerezas, colándonos por la rendija de la Historia para aprender, ¡parece mentira después de tanto tiempo!, que José Antonio Primo de Rivera poco tuvo que ver con Franco, que se sumó al golpe in extremis y que, después, fue sepultado ideológicamente por la derecha y la izquierda.
Esto no sé si es mejor o peor; simplemente es lo que pasó.
Ni al franquismo ni al antifranquismo les interesó contar que José Antonio Primo de Rivera, probablemente arrepentido de lo de los puños y las pistolas, intentó desde la cárcel un gobierno de concentración nacional, un armisticio; ni que suplicó por escrito que jamás volviera a derramarse sangre entre hermanos.
Con José Antonio, a los niños del franquismo les pasaba lo mismo que nos pasa a los niños de la Democracia con Keynes. Del monje que enseñaba nacionalcatolicismo al monje que enseñaba la demanda agregada. Y las dos cosas eran mentira.
Al franquismo no le interesó contar que José Antonio, ligón empedernido, tuviera varias amantes, alguna soltera, alguna casada, y que tenía sexo antes del matrimonio. El diario es tan íntimo que incluso refleja sus dudas morales, fruto del cristianismo, por haber pasado una noche con una mujer.
Era raro José Antonio. Era, en realidad, como todos. Contradictorio. Lo que más le gustaba era la literatura, pero acababa dedicado a la política. Se enamoraba cada día, pero lo habían forjado en una educación tradicional. Y así sucesivamente. Lo fascinante es descubrirlo de su puño y letra.
Retrato de José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange. BNE
Este diario secreto de José Antonio no pretende reescribir la Historia. No busca mejorar o empeorar la figura del líder de Falange. Es un pasatiempo sensacional para recorrer los años treinta a través de las cinturas, las entrepiernas y las ideas… lejos de los mitos. Cerca de las emociones que guían a los hombres: el amor, el sexo, los libros, el deporte, la música, la poesía…
Por decirlo con una anécdota: en este libro, lo importante no es saber que Portela Valladares recibió, en efecto, una propuesta de José Antonio para dar un golpe y conservar la República –aunque reconvertida en dictadura–, sino que Portela recibió la oferta en su habitación del Palace, en batín, con su mujer en rulos y un champán esperando en la cubitera.
Las biografías de muchos se entrecruzan con datos inéditos, pero también con fotografías desconocidas, espigadas de colecciones privadas. Siempre con José Antonio en el centro, uno de los políticos que determinó el siglo XX español.
Así que este relato, el de la agenda con piel de cocodrilo y no más grande que una cajetilla de tabaco, debía empezar con Elizabeth Bibesco. Petón, igual que descubrió la agenda, encontró una carta que le envió José Antonio a Bibesco desde la cárcel en marzo del 36, donde había sido encerrado por orden de Azaña.
A través de esa carta, donde vemos a un José Antonio irónico y divertido, sabemos que Azaña lo metió en la cárcel en marzo del 36 para protegerlo: “Pero tú no estás en España –le dice a Bibesco– y este idiota me pone en prisión en vez de llamarme para tener rápidamente una conversación”.
José Antonio y Azaña hablaban. Hablaron hasta el final. Y no se quiso que se supiera. Esto encaja con el testimonio de Bowers, el embajador de Estados Unidos, que dejó por escrito que Azaña pidió a José Antonio que abandonara España hasta que las cosas se calmaran y que, ante su negativa, lo encarceló para librarlo de la muerte. Algo que supo la familia Primo de Rivera al completo.
El diario que sirve de guía al libro comenzó a escribirse el 1 de marzo de 1936, doce días antes de que José Antonio fuera encarcelado en Madrid. De ahí sería trasladado a Alicante y ya no recobraría la libertad.
Cuando el diario llegó a manos de Petón –estaba en el lote de la maleta y los utensilios de la cárcel que Indalecio Prieto devolvió a la familia desde el exilio muchos años después–, estaba mutilado. Faltaban algunas páginas.
¿Qué parte quiso ocultarse? También faltan, por ejemplo, las páginas de los diarios de Azaña correspondientes a los días del fusilamiento de José Antonio. ¿Y si ahí contó don Manuel lo de la carta y un posible intento por liberarlo?
Esta relación, estas hipótesis, este afecto desde la más absoluta lejanía política, contrarrestaba el mito que Franco iba haciendo de su enemigo Primo de Rivera. Y también dañaba la vocación de la izquierda por hacer de él un anticristo similar a Franco.
De José Antonio Primo de Rivera, en realidad, sólo quedaron en el franquismo, como dice Petón, el Cara al Sol, los gritos de rigor y los retratos. Nada de sus pasiones, de sus amantes, de su vocación literaria; parecía un monje asexuado.
Para colmo, Franco y José Antonio tuvieron que convivir, bajo el mismo nicho, durante décadas. Si hay vida en alguna parte, la exhumación habrá sido un alivio para los dos.
José Antonio Primo de Rivera.
El diario secreto de donde parte el libro es breve y se reduce a esos días apasionantes de marzo, pero Petón lo utiliza como excusa para volcar la investigación de toda una vida.
Sabemos que Franco y José Antonio se llevaban mal desde que la Falange alquiló un piso de la mujer de Franco en Asturias como sede del partido y que el militar ordenó que se rompiera ese contrato de alquiler.
Luego, al conocerse en persona, no sintieron ninguna sintonía el uno por el otro. Lo contaba con mucho detalle Serrano Súñer, íntimo de José Antonio y cuñado de Franco.
Precisamente, la adhesión de José Antonio al golpe del 18 de julio llegó a través del general Mola, que se sublevó con la bandera de la República y que, con ideas más parecidas a las de José Antonio, fue censurado por Franco en plena guerra y se le prohibió hablar en la radio… hasta que se estrelló con el avión. O lo estrellaron, vete a saber.
Fijémonos en esta entrada apasionante, hasta ahora inédita, escrita por José Antonio en la cárcel el 29 de marzo:
Toda la mañana ha estado llena de rumores. Que si Azaña se propone entregar el poder a los socialistas después de las elecciones municipales (…) y que si, para evitarlo, se prepara un golpe de Estado, dos golpes de Estado, tres golpes de Estado.
Que si todos piensan contar con la Falange, siempre como fuerza de choque, los muy cerdos. Que si ya el golpe no es político ni requiere dirección política, sino que lo va a dar el Ejército. ¿Creerán que un golpe de Estado es una tarea musical? ¿Qué creerán que quiere decir política?
Ahora ofrecen a la Falange el lúcido papel de salir a la calle a secundar y aclamar a los vencedores… Varias veces se nos ha avisado que era, sin falta, a la noche siguiente y que lo primero que harían sería venir a rescatarnos.
No nos hemos dejado de acostar ciertamente por tales anuncios, ni acaso hemos tomado precauciones, que hubieran sido prudentes, contra la degollina que aquí nos esperaba, encerrados como pajaritos, si el golpe salía mal y el “pueblo” venía a hacer justicia.
Por fin, a última hora, nos comunican que todo ha sido aplazado para mejor ocasión. Creo que en estos días se hablaba a gritos del golpe por todo Madrid, sin la mínima prudencia, como chillando el 10 de agosto. Otra vez anda por la calle la máscara de la heroicidad.
Unos días antes había escrito: “¡Todavía! Siguen pensando que esta es una tropa de alquiler al servicio de la derecha y de los generales”.
De lo que podemos concluir: Falange se añadió al combate, al golpe de Mola y Sanjurjo, casi tan tarde como se adhirió Franco, y lo hizo porque el albondigón del Movimiento –así lo llamó Mercedes Fórmica– era más cercano que la república.
Franco estuvo muy preocupado cuando creó el partido único –fusionando cosas tan distintas como carlismo, monarquía y falangismo– porque sabía que aquello podía estallar. Igual que estalló en la República la mezcla de socialismo, comunismo, nacionalismo e Izquierda Republicana.
A Franco no le estalló porque fue mucho más duro, cruel y coordinado en la represión de la disidencia. Así estuvo a punto de cargarse a Hedilla, el falangista amigo de José Antonio que se reveló contra el partido único, al que encarceló.
Quizá lo hiciera conociendo otra de las revelaciones de este diario: Franco, para justificar su fusión, hizo creer a todos que los chavales que combatían de su lado en el frente se habían unido en un único sindicato antes de la guerra.
Pero el propio José Antonio, en su diario, dejó escrito que esa reunión liderada por él mismo fracasó, que no hubo sindicato único, que se quedó para más adelante y que no prosperó, entre otras cosas, por las diferencias ideológicas.
La tesis de Franco según la cual los chavales que le seguían en el frente ya habían decidido juntarse antes de que él lo hiciera por orden de dictador era mentira, como casi todo lo que dijo referido a José Antonio.
José Antonio Primo de Rivera. EFE
Así llegamos a la víspera del 20 de noviembre, el día del fusilamiento. Un militante del partido de Azaña, el doctor Vega, médico personal del presidente republicano, se plantó en la cárcel con un sobre sin remite que le había dado para José Antonio un superior, un tal Amós Salvador.
Cuando el doctor Vega le entregó la carta a José Antonio –extrae Petón la anécdota de una entrevista que le hicieron al emisario–, éste dijo: “No podía esperar menos de él. Lo agradezco con toda el alma. Cumplo con el compromiso, aunque me gustaría conservar este papel”.
José Antonio sacó una cerilla e hizo del papel ceniza.
Este doctor, muchos años después, asistió en el lecho de muerte al hombre que le dio la carta para el fundador de Falange. Y Amós Salvador le dijo al doctor Vega: “¿Recuerdas aquella carta? Era de Azaña”.
Pero las páginas del diario de Azaña, que fueron robadas por los servicios secretos y purgadas por el franquismo, fueron mutiladas en los días referidos al fusilamiento.
Muchos en la izquierda y muchos en la derecha piensan que, de no haber sido ejecutado José Antonio, habría sido muy difícil que Franco gobernara cuarenta años a su libre albedrío.
Lo más surrealista, sin embargo, concluye Petón, es que los fusileros no tuvieran el reflejo de soltar a José Antonio en el lado franquista, en plena guerra, para montar un pollo de narices y disolver ese Movimiento único que los machacó.