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Internacional

El difícil reto de dar el pregón

El difícil reto de dar el pregón
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Antonio Garriga Moraga, en un pregón. SUR

Ángel Escalera

Málaga

Viernes, 20 de marzo 2026, 00:26

... de Málaga es el acto más esperado de la cuaresma. Desde luego es en el que más se habla y del que más se habla, sobre todo una vez que se abandona el teatro. La Real Academia Española (RAE) tiene cinco acepciones para la palabra pregonar. Dos de ellas son las que más se ajustan al acontecimiento de salir al escenario del Cervantes y enfrentarse -solo ante el peligro de cansar o de no agradar- al examen de un auditorio cofrade que conoce tanto o más el mundo semanasantero que quien está delante del micrófono. Una dice que «pregonar es publicar o difundir algo con un pregón», mientras que la otra señala que es «alabar en público los hechos, virtudes o cualidades de alguien».

En la larga trayectoria del pregón, los pregoneros no han sido cortados por el mismo patrón. Los ha habido para todos los gustos, aunque no hayan gustado a todo el mundo. Se han dado pregones líricos, reivindicativos, religiosos, monótonos, electrizantes, soporíferos, emocionantes, excelentes, regulares y hasta malos, que de todo hay en la viña del Señor. Es esencial declamar el texto de manera que exalte el ánimo del oyente, capturando su atención de modo que se olvide de mirar el reloj. En eso el maestro insuperable fue el recordado Antonio Garrido Moraga, que, a mi juicio, fue el pregonero por antonomasia, alguien que sabía cuándo tenía que hacer reír con frases ingeniosas y que también lograba que brotaran las lágrimas tocando la fibra sensible con sus palabras.

Un factor importante para que la gente no empiece a bostezar y a removerse inquieta en su asiento es no excederse en el tiempo pregonando. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. No se trata de aparecer en escena, dar las gracias al presentador y decir hola y adiós, querido público, pero tampoco de eternizarse en el discurso. Lo poco gusta, lo mucho cansa. Es preferible dejar al respetable con ganas de más que provocarle un empacho. Y es que, parafraseando al gran Manolo Alcántara, ante todo no hay que aburrir.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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