El central jugó con una máscara y marcó el 2-0 de cabeza
Asencio celebra su gol al Levante.EFE- JOEL DEL RÍO
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Raúl Asencio no necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. Le bastó con pedir jugar. En uno de los momentos más delicados que se recuerdan en el Bernabéu, con el equipo herido y el ambiente al límite, el central español quiso estar. Por responsabilidad y porque sentía que no podía dejar tirados a los suyos en un partido en el que, más que fútbol, hacía falta cabeza y carácter.
Y es que Asencio es de esos futbolistas que conectan con la grada sin artificios. De los que no se esconden cuando el viento sopla en contra. Da igual el rival, el escenario o el contexto. Frente al Levante, Raúl pidió estar sobre el césped. Aguantar el chaparrón, asumir la presión del Bernabéu (soberano como siempre) y volver al trabajo para intentar cambiar la dinámica.
El madridismo lo percibe. Y lo reconoce. Fue uno de los pocos que recibió aplausos cuando el speaker anunció el once de Arbeloa. Junto a él, Courtois, Mbappé y Gonzalo. Pocos más se salvaron de la criba de una afición llevada al límite en los últimos ocho meses.
Con la nariz rota
El Madrid regresaba al Bernabéu tras perder dos títulos en apenas tres días y el recibimiento fue el esperado. En ese contexto, Raúl entró en el once pese a llegar tocado físicamente. Del duelo ante el Barcelona arrastraba un hematoma importante, fruto del durísimo golpe contra el poste en Yeda, en la final de la Supercopa, cuando el Madrid buscaba el empate en los últimos minutos. De Albacete, un tabique nasal desviado que le obligó a entrenar y competir con una máscara de protección.
El cuerpo médico decidió colocársela y evaluar sensaciones. Pero Asencio lo tuvo claro desde el principio. Quería jugar pasara lo que pasara. Y así fue. Sin embargo, aunque el Bernabéu dictó sentencia desde la llegada del autobús blanco, tanto Mbappé como Asencio lograron, por momentos, templar los ánimos. Especialmente el central. Tras un centro preciso de Arda Güler, Asencio se elevó con autoridad en el área y conectó un cabezazo limpio, directo a la red, para firmar el 2-0.
Nada más marcar, corrió hacia el banderín de córner. Atrapado por la emoción, se arrancó la máscara protectora, la misma que llevaba para protegerse de la fractura y desviación del tabique nasal, en una celebración cargada de sentimientos. Se agarró el escudo y terminó levantado a un Bernabéu que volvió a corear el nombre de uno de los suyos. Poderío aéreo, determinación y personalidad, un cóctel perfecto terminó en una gran ovación en el minuto 90 mientras abandonaba el campo tras el cambio.
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