La política española sigue instalada en una espiral infinita de agravios. Solo así se entiende que Feijoo no despegue en la encuestas pese al desgaste de Sánchez
Regala esta noticia Añádenos en Google Alberto Núñez Feijóo, líder del PP. (EP)Alberto Surio
26/07/2026 a las 00:06h.Hay un hilo tan invisible como obstinado en la política española: la paradoja de una alternancia que los titulares dan por hecha cada mañana, pero ... que se frena en seco en cuanto se pasa al tamiz de la sociología. Tampoco ayuda comprobar lo efímeros que resultan nuestros espejismos colectivos. Apenas ha hecho falta una semana para que el clima de unidad propiciado por La Roja –ese fugaz bálsamo de empatía colectiva que por un momento hizo parecer que respirábamos el mismo aire– se haya evaporado. La realidad siempre vuelve con la puntualidad de una factura pendiente, devolviéndonos a un país tan encajonado en sus trincheras que ha sido capaz de sobrevolar el 90º aniversario del alzamiento franquista entre reproches cruzados y con una parte de la derecha aún extrañamente reacia a condenar de forma tajante aquel golpe militar.
En un panorama así, esperar que el votante socialista decepcionado cruce el Rubicón ideológico y vaya corriendo a depositar una papeleta del PP es pecar de un optimismo desarmante; lo más probable es que se quede en casa o se incline por el suspiro abstencionista. Y ahí radica el verdadero nudo gordiano para el líder del PP. Por mucho que Sánchez sufra un desgaste paulatino y los argumentos oficiales sepan a poco, por mucho desánimo que hayan provocado las insuficientes explicaciones de Zapatero, la expectativa de una suma de Gobierno con Vox sigue funcionando como el mejor bálsamo reactivador para el centroizquierda. Ocurrió en 2023, cuando la movilización en Cataluña y el temor a una marcha atrás en ciertos derechos terminaron por hacer de improvisada red de seguridad para La Moncloa, y nada indica que el mecanismo haya caducado del todo.
Es posible que el espantapájaros de la extrema derecha haya perdido algo de fuelle, pero esa frontera psicológica permanece intacta: para dar el salto definitivo, Feijóo necesita seducir a un electorado moderado que mira su mochila de alianzas con un ojo cerrado y el otro lleno de dudas. Mientras la alternativa no logre disipar esos recelos, la política española continuará atrapada en este curioso melodrama donde el Gobierno parece hundirse, la oposición no termina de elevarse y todos celebran resistir un día más.
Así, esa política discurre entre el bochorno estival y la táctica cortoplacista, donde la memoria histórica se utiliza más como ariete de erosión al adversario que como verdadero ejercicio de pedagogía democrática. Mientras en Moncloa confían en que el miedo al abismo venidero neutralice el tufo de los sumarios judiciales, en Génova parecen asumir que el poder caerá por gravedad, como una fruta madura que solo necesita un empujón del calendario. Es un cálculo de riesgo alto para ambos: unos confían en que la amnesia colectiva sea infinita y los otros en que a la ciudadanía se le olvide preguntar con quién piensan sentarse a firmar los decretos el día después de las urnas.
Al final, lo que nos queda es un país condenado a la digestión pesada de sus propias contradicciones, atrapado entre un Ejecutivo que sobrevive a base de torniquetes mediáticos y una oposición que se exaspera porque el estribillo de 'elecciones ya' no termina de convertirse en clamor popular. Quizá la lección más amarga de todo este panorama sea descubrir que ni las victorias deportivas ni las tormentas judiciales logran mover un milímetro la arquitectura de nuestros prejuicios. Seguiremos, por tanto, instalados en este empate técnico de agravios donde nadie gana del todo, nadie pierde lo suficiente y el ciudadano contempla el espectáculo preguntándose si la verdadera anomalía no será, en realidad, esta sospechosa y cotidiana normalidad.
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