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Internacional

El espejismo del «pueblo de izquierdas»

El espejismo del «pueblo de izquierdas»
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ERC rechaza hoy coaliciones fuera de Cataluña, pese a su participación en el Frente Popular de 1936

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Diálogo 'Què s'ha de fer?' entre Irene Montero y Gabriel Rufián EP

Alberto Surio

San Sebastián

Domingo, 12 de abril 2026, 00:04

... la izquierda europea, especialmente presente en Francia, donde la noción de «pueblo de izquierdas» ha servido históricamente para articular un sujeto colectivo amplio y construir mayorías políticas. Sin embargo, el propio encuentro pone de manifiesto hasta qué punto esa aspiración, en el contexto actual, resulta más retórica que viable.

De hecho, una de las principales paradojas reside en el propio partido de Rufián. ERC, cuya acción política está estructuralmente limitada al ámbito catalán, difícilmente puede liderar o integrarse plenamente en un proyecto estatal de unidad de la izquierda. Esta limitación no es solo táctica, sino también identitaria. Y, sin embargo, existe un precedente histórico que rompe parcialmente este marco: ERC formó parte del Frente Popular de 1936, una amplia coalición que buscaba frenar el avance de la derecha y de las corrientes autoritarias en Europa. Aquel contexto, marcado por una amenaza existencial, permitió una convergencia que hoy parece lejana, tanto por la naturaleza del sistema político como por la fragmentación de las identidades.

En este escenario, Rufián se presenta como un dirigente dispuesto a ampliar los márgenes de la izquierda, abordando cuestiones tradicionalmente monopolizadas por la derecha, como la seguridad y el orden. Su insistencia en que la izquierda no puede abandonar estos temas a la ultraderecha responde, en el fondo, a una lógica de ampliación de la base social: integrar preocupaciones materiales diversas para recomponer una mayoría. Este enfoque pragmático, en teoría, podría facilitar la conexión con sectores del electorado que se han ido alejando del espacio progresista.

Frente a ello, Irene Montero encarna una visión más clásica y, en cierto modo, que rechaza incorporar marcos discursivos asociados a la derecha. Desde su perspectiva, ceder en estos terrenos implica diluir la identidad de la izquierda. Sin embargo, esta posición limita la capacidad de ampliar la base social y de integrar demandas heterogéneas. El resultado es una izquierda que, aunque mantiene una fuerte coherencia interna en algunos sectores, corre el riesgo de desconectarse de una parte significativa de la ciudadanía.

El contraste entre ambos no solo refleja la tensión entre pragmatismo y pureza ideológica, sino que evidencia un problema más profundo: la imposibilidad, en las condiciones actuales, de articular un sujeto político amplio y compartido. Las diferencias no son únicamente programáticas, sino también territoriales, estratégicas y organizativas. Y ahí es donde la propuesta de unidad defendida por ambos se revela, en gran medida, inviable: no existe hoy un marco suficiente que permita integrar proyectos con lógicas tan distintas.

Así, el encuentro no constituye tanto el germen de una nueva convergencia como el síntoma de una carencia estructural: la falta de una visión común capaz de trascender los intereses partidistas. La fragmentación sigue siendo el rasgo dominante de la izquierda española, y la apelación a la unidad funciona más como un horizonte aspiracional que como una estrategia política concreta.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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