El exciclista navarro, que explica su método en MARCA, ha levantado 25 gimnasios sin bancos ni atajos: once años de trabajo, números y obsesión por gustar al usuario
- NACHO LABARGA
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Óscar Vergara no eligió dejar la bici. Fue la bici la que, a cierta intensidad, dejó de permitirle seguir. Hasta entonces había sido corredor de mountain bike, con títulos autonómicos, victorias a nivel nacional y una vida ordenada alrededor del entrenamiento, el sufrimiento y la cabeza. “Es algo que no eliges. No decides dejar una cosa para coger otra. La lesión me abocó a parar a ese nivel de exigencia”, explica a MARCA. El dolor aparecía justo ahí, en el umbral, cuando la intensidad subía y las vías respiratorias marcaban el límite. Cambió el escenario, no la forma de entender el esfuerzo.
Es algo que no eliges. No decides dejar una cosa para coger otra. La lesión me abocó a parar a ese nivel de exigencia
Vergara, a MARCA
Tenía poco más de veinte años y ninguna red. Siguió haciendo deporte, pero entendió que no podía vivir de ello. Entró a trabajar en una constructora como ayudante de jefe de obra y, casi sin transición, empezó a emprender. Primero en paralelo, luego de lleno. La bicicleta seguía ahí como hilo conductor. Un compañero le sugirió sacarse el título de monitor de spinning. Lo hizo. Dio clases en un centro deportivo de Pamplona y, al cabo de un año, recibió la noticia: el gimnasio iba a cerrar.
Era 2014. A Vergara le dijeron que el centro bajaba la persiana y decidió que no: “Sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, firmé un contrato de alquiler con la propiedad y me quedé con el gimnasio”. Sin capital, sin socios y sin experiencia en gestión empresarial. “Al principio no era consciente de dónde me estaba metiendo”, admite ahora. Tampoco imaginaba que aquel gesto acabaría convirtiéndose en una cadena de 25 gimnasios, más de 300 trabajadores y cerca de 12 millones de euros de facturación.
Sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, firmé un contrato de alquiler con la propiedad y me quedé con el gimnasio
Vergara, a MARCA
El primer centro fue aprendizaje puro. Monitor, recepción, limpieza, gestión. Todo a la vez. Sin colchón, sin excedente y con los números siempre al límite. Ahí apareció algo que hoy sigue siendo el eje de su modelo: la obsesión por el dato, el control y el análisis. “Me entusiasman los números”, repite. Mientras el sector del fitness se profesionalizaba a marchas forzadas, él aprendía sobre la marcha, apoyándose en el análisis económico, la experiencia del cliente y el departamento comercial.
El crecimiento nunca fue impulsivo. Fue orgánico, controlado y sin financiación externa. Cada euro generado se reinvertía. No hubo reparto de dividendos ni expansión agresiva. “Teníamos más ubicaciones posibles que capacidad económica para abrir”, recuerda. Así que la empresa creció al ritmo que permitía la caja. Primero uno. Luego otro. Segundo centro. Tercero. Cuarto. Hasta convertir una excepción en sistema.
Es muy lícito, incluso inteligente, no querer trabajar fines de semana o jornadas interminables. Pero los resultados probablemente no serán los mismos
Vergara, a MARCA
La experiencia previa como jefe de obra marcó otra diferencia clave. Hoy, la cadena gestiona internamente el 100% de la construcción de sus gimnasios: equipo propio, jefes de obra propios y control total del proceso. No es solo una cuestión de ahorro, sino de velocidad, adaptación y coherencia con el modelo. Convertir cines en centros deportivos, levantar gimnasios de siete plantas o adaptar edificios completos forma parte del ADN de Sparta.
Mirando al futuro
En 2025 llegó el año récord: siete aperturas, presencia en 12 comunidades autónomas y una plantilla que supera los 300 empleados. Las oficinas centrales, con 19 personas, dan servicio a toda la red. Aun así, Vergara huye del concepto de imperio. “Me gustaría que fuera más grande, pero sin perder el control”, explica. Para 2026 el objetivo es abrir entre siete y diez centros. No más. “No tengo a nadie que me presione para abrir X gimnasios al año. Lo que me importa es que cada centro sea rentable y esté bien gestionado”.
Ese énfasis está en el servicio. Horarios amplios —de cinco de la mañana a doce de la noche, los 365 días del año—, personal en sala, actividades dirigidas siempre con monitor, entrenadores personales y nutricionistas. Nada de pantallas ni modelos desatendidos. “Dar servicio es clave”, insiste. En un mercado cada vez más concentrado, con fondos extranjeros y grandes cadenas afinando al máximo sus estructuras, los gimnasios independientes lo tienen cada vez más difícil. “Tienen que reinventarse. Los estándares del usuario ya no son los de antes”.
Si haces un producto que funcione y guste al usuario, el resultado llega
Vergara, a MARCA
En medio de ese contexto llegó la polémica. En televisión afirmó que no hace falta dinero para emprender, sino ganas de trabajar. El titular corrió más que el matiz. Él no se desdice. “Yo empecé con cero euros. Nadie me prestó dinero”. No es una enmienda a la vida de nadie, aclara. Entiende que no todo el mundo quiera trabajar fines de semana o jornadas interminables. “Es muy lícito, incluso inteligente. Pero los resultados probablemente no serán los mismos”.
Cuando se le pregunta por las claves de su trayectoria, no habla de talento ni de suerte. Habla de horas. De insistencia. De trabajar durante años sin esperar nada a cambio. “He estado muchísimos años sin recibir ningún fruto”, recuerda. De hecho, 2025 ha sido el primer año, después de once, en el que la empresa cerró con superávit sin reinvertirlo inmediatamente.
Su foco nunca estuvo en el resultado económico. Estuvo —y sigue estando— en gustar al usuario. En sacar un producto que funcione, que sea cómodo, que encaje. “Si haces eso, el resultado llega”, dice. A él le ha llegado después de once años. Y sin levantar el pie del acelerador.
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