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Política

El fracaso de la mal llamada Iglesia Catalana

El fracaso de la mal llamada Iglesia Catalana
Artículo Completo 973 palabras
Los creyentes catalanes están cada vez más alejados del nacionalismo Leer

Cuando en el año 2003 Romà Casanova fue designado obispo de Vic y afirmó que "la iglesia catalana no existía, sino que se debía hablar de la Iglesia en Cataluña", le organizaron un escrache en las puertas de la catedral durante su ordenación episcopal. Una escena que resulta hoy difícilmente imaginable. Todos aquellos airados manifestantes son muy mayores o han fallecido sin apenas relevo generacional. La principal entidad que promovió el boicot, Esglèsia Plural, se disolvió en 2019 por pura falta de efectivos. Uno de sus últimos integrantes, Josep Torrens, lo resumía con crudeza: "Se nos moría la gente, otros estaban cansados y al final solo quedamos dos o tres personas".

Más de 20 años después, la frase de Casanova ha resistido mejor el paso del tiempo que quienes trataron de combatirla. La gran paradoja del catolicismo nacionalista contemporáneo es evidente: mientras determinados sectores políticos y mediáticos siguen reivindicando la existencia de una supuesta "Iglesia catalana", la vida real de la Iglesia en Cataluña se sostiene hoy sobre sectores sociales y culturales cada vez más alejados de ese imaginario. Cataluña, como el conjunto de Europa occidental, presenta elevados niveles de secularización. Pero la práctica religiosa que aún subsiste tiene hoy un perfil sociológico muy concreto: una feligresía mayormente castellano hablante, con una estimable proporción de la inmigración hispanoamericana.

Resulta significativo que las parroquias más pujantes de Barcelona se encuentren tanto en la parte alta de la ciudad -más conservadora- como en Nou Barris y otras zonas periféricas donde se concentra la inmigración. Basta un ejemplo: en la parroquia de la Virgen de la Luz, en el muy humilde y degradado barrio de La Florida en Hospitalet de Llobregat, se confirmaron esta Pascua 76 adolescentes. Una cifra que no alcanzan ni todas las parroquias juntas de más de un arciprestazgo barcelonés. Por contraste, donde la desertización religiosa resulta más visible es en la Cataluña rural, precisamente aquella que durante años abrazó con más intensidad al independentismo. En muchos de esos municipios, antaño profundamente católicos, apenas se bautizan niños ni se contraen matrimonios por la Iglesia. Existen pueblos en los que hace años que no se celebran primeras comuniones. La vieja asociación entre catalanismo e identidad católica hace tiempo que dejó de describir la realidad social catalana.

La defunción de la mal llamada iglesia catalana se ejemplificó este martes en la Vigilia que presidió León XIV en el estadio de Montjuïc. El lleno del recinto estaba compuesto fundamentalmente por jóvenes y familias vinculados a las parroquias más conservadoras, además de una nutrida representación de la comunidad hispanoamericana. El ambiente desmentía por sí solo muchos de los relatos construidos durante años alrededor de la «Iglesia catalana». Abundancia de banderas españolas, ausencia de esteladas. Cuando desde el escenario se intentaba impulsar el cántico "Any Gaudí, el Papa ja está aquí", el público coreaba "Esta es la juventud el Papa", el mismo lema escuchado en Madrid. El supuesto hecho diferencial no aparecía.

Algo similar pudo verse también al día siguiente en Montserrat, un espacio frecuentemente utilizado como símbolo nacionalista. Las banderas vaticanas superaban ampliamente a las catalanas y las independentistas resultaban prácticamente residuales. El reducido grupo de portadores de esteladas que se vio cerca de la Sagrada Familia ni va a misa ni se apuntó a ningún acto religioso. Son aquellos que abjuraron de la "Iglesia catalana". Sin embargo, mientras esa realidad se hace visible en la sociedad, buena parte del debate político y mediático giraba exclusivamente alrededor de la cuestión lingüística y del uso del catalán por parte de León XIV. Polémica que, al final, quedó en nada, pues el Papa ha empleado un bilingüismo que ya lo quisieran todas aquellas entidades que luchan por la equiparación de castellano y catalán en la enseñanza.

Todo empezó con una información que comparaba el uso del catalán en la misa de Benedicto XVI con el previsto en la del Papa actual. La noticia era tramposa, tanto porque en la dedicación de la Sagrada Familia de 2010 hubo una mayor presencia del latín como porque el dossier que se envió estaba solo en castellano y omitía las partes en catalán que el Papa luego pronunció.

Uno de los más beligerantes fue Puigdemont, siempre atento a cualquier oportunidad de recordar que sigue existiendo, el cual se refirió al colegio cardenalicio como "escarabajos purpurados". Escarabajos era como se referían los milicianos del 36 a los curas que asesinaban.

En el fondo, detrás de toda esta controversia se esconde la inquina del nacionalismo hacia el cardenal Juan José Omella, al cual han acusado, nada menos, de prohibir al Papa que hablase en catalán. La animadversión tiene sus antecedentes en aquel episodio del funeral por los asesinados en el atentado de La Rambla, cuando Puigdemont irrumpió en la sacristía para afear al arzobispo que le hubiese denominado "autoridad autonómica" en los saludos de la homilía. Desde entonces, cualquier incidente lingüístico, por menor que sea, ha servido para convertir a Omella en blanco de críticas. Al final, todo ha quedado ridiculizado por la respuesta del pueblo fiel: ni una sola protesta, la campaña de Puigdemont brillando por su ausencia en la calle, un tremendo éxito de convocatoria y una espléndida organización que debe apuntarse en el haber del cardenal Omella. Ese obispo que ha tenido que soportar las insidias del nacionalismo y el fuego amigo de algún obispo catalán.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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