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El Gobierno no gobierna, pero siempre responde... a sus propios escándalos

El Gobierno no gobierna, pero siempre responde... a sus propios escándalos
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Pedro Sánchez, en la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), este viernes en Madrid. Eduardo Parra EP

Opinión EL LIBRO DE LA SELVA El Gobierno no gobierna, pero siempre responde... a sus propios escándalos Publicada 21 febrero 2026 02:18h

Logísticamente, las ausencias de Pedro Sánchezen las sesiones de control al Gobierno de los miércoles son una gozada para María Jesús Montero. Porque así tiene dos escaños, el suyo y el del presidente, para desplegar todos los materiales que la acompañan.

La cartera de la vicepresidenta es como ese sillón del sketch de José Mota donde podían encontrarse ahorrillos suficientes, monedas extraviadas, para sacar al país de la crisis. Dentro, cabe todo lo que conviene explicar.

Estos días de colapso de infraestructuras, de servicios públicos paralizados, pienso en la cartera de María Jesús; esa enorme cartera que me saluda cada miércoles hasta la tribuna de prensa y que, con un Congreso descubierto, podría saludar también al Marte de los tecnoligarcas.

Visto el retraso de los trenes, el deterioro de las carreteras, el enigma del apagón o las carencias en el mantenimiento de las presas, es fácil imaginar a Montero buscando el dinero de nuestros impuestos como lo buscaba González-Ruano con sus discípulos.

Una tarde había que pagar algo, una deuda, una cena, lo que fuera; y entonces Ruano, que guardaba los billetes al azar en el libro que estaba leyendo, conminaba a sus jóvenes admiradores, a su Consejo de Ministros, a encontrar dinero en algún rincón de la biblioteca.

Nuestro Consejo de Ministros, como el de los alumnos de Ruano, responde. Además, con gran esfuerzo, con inusitada rapidez. En esos instantes, no hay nada más importante que encontrar la respuesta.

El caso es que Montero, este miércoles, con Sánchez en la India, pudo desplegar sus materiales en ambos escaños. Lo que más me gusta, por su ascendencia soviética, son las fichas. Si le pregunta uno del PP, aparece la foto de ese tipo seguida de una especie de perfil y la respuesta ya escrita; sin saber lo que ese tipo va a decir. Y así sucesivamente.

El ritmo de la sesión de control lo marca el cambio de fotos que va haciendo Montero conforme despacha cada pregunta. En cuanto a la prefabricación del argumento, la vicepresidenta no es distinta a Sánchez, Feijóo o el resto de diputados. Los electores no escuchan en la sede de la soberanía nacional lo que piensan sus elegidos, sino lo que otras figuras, cuyo nombre desconocen, piensan por ellos.

De esto no suele hablarse mucho, pero es uno de los déficits más grandes de la Democracia actual. No se dirigen a nosotros esos a los que votamos, sino unos fontaneros que diseñan sus mensajes siempre en función de la guerra partidista, y no del devenir del país. Son profesionales de la trinchera, de la erosión del adversario.

Si uno hace el análisis de ese argumentario que recitan Montero y el resto de ministros cada vez que brota de su gobierno un escándalo, alcanza la siguiente conclusión... Siempre la misma, insisto, porque todos la llevan escrita. Y, como algunos no ven bien, la llevan escrita con letra muy grande... y la vemos desde arriba.

La conclusión es: no importa lo que ocurra porque este Gobierno responde. Este Gobierno reacciona. Si sucede cualquier cosa que atenta contra los límites de la moral, Moncloa reacciona rápido. "Y eso nos diferencia del PP; porque ellos no reaccionan".

Lo explico con ejemplos prácticos, todos contrastables en las sucesivas sesiones de control en el Parlamento.

Lo de Ábalos ocurrió, pero reaccionamos rápido y lo apartamos.

Lo de Cerdán ocurrió, pero reaccionamos rápido y lo apartamos.

Lo de Koldo ocurrió, pero reaccionamos rápido y lo apartamos.

Lo de Salazar ocurrió, pero reaccionamos rápido y lo apartamos.

El apagón ocurrió, pero reaccionamos rápido y lo solucionamos.

Los trenes no funcionan, pero estamos reaccionando rápido.

Las carreteras están fatal, pero es una maravilla cómo estamos reaccionando.

Condenaron al fiscal general, pero reaccionamos rápido acatando la sentencia y relevándolo.

Esta semana: una inspectora denuncia haber sido violada por el jefe de la Policía en una vivienda oficial, pero hemos reaccionado en cuanto nos hemos enterado.

Aparte lo cuestionable de esas "rápidas" respuestas –las mujeres de Salazar silenciadas tanto tiempo, las coacciones de otros mandos de la policía a la denunciante, la defensa acérrima de Cerdán pese a las evidencias...–, el Gobierno está intentando instalar para sobrevivir un marco peligrosísimo: el Consejo de Ministros no es responsable de nada de lo que sucede en su ámbito de actuación.

Se da la vuelta al calzoncillo de la corrupción para que el hedor parezca que proviene de fuera, y no de dentro. Es una acrobacia de proporciones asombrosas, probablemente inédita en el periodo constitucional, que consiste en convencer a los votantes de que todos esos escándalos, protagonizados por cargos de confianza, se circunscriben estrictamente a la responsabilidad individual.

Cerdán, Ábalos, Koldo, Salazar, el jefe de la policía... ¿Cómo van a ser responsables de lo que hicieron aquellos que los eligieron entre millones de personas para desempeñar altísimas funciones? Las carreteras, los trenes, ¿cómo va a ser responsable el ministro de Transportes?

La estrategia es tan obscena y repetitiva que ha sido capaz de sacar de sus casillas a un tipo como el padre Feijóo. Esta semana, en ese argumentario también prefabricado que sus diputados repiten, en lugar de ir al análisis sencillo, al balón botando con la portería vacía –Marlaska debe dimitir porque su cargo de máxima confianza ha cometido esa presunta violación–, van y dicen que el ministro del Interior conocía la violación y la tapó.

¡Lo acusaron, sin pruebas y en el Parlamento, de un delito que puede tener pena de cárcel! Al día siguiente, tuvieron que ir reculando en las entrevistas individuales –ahí suele asomar algo más de pudor– y admitir que no tenían sustento documental para decir algo así.

Entonces, Marlaska, un hombre que ya debería haber dimitido, puede jugar al escapismo sobre el clamoroso error estratégico de la oposición.

Pero no nos distraigamos de lo realmente importante: si el presidente no es el máximo responsable de lo que sucede en el Consejo de Ministros, si cada ministro no es el máximo responsable de lo que sucede en su ministerio, ¿de qué sirve el contrato social que firmamos cada cuatro años?

Es como si Antoni Asunción, ministro del Interior en la debacle del felipismo, en lugar de dimitir, como hizo, cuando se le fugó el director de la Guardia Civil (Luis Roldán), hubiera dicho: "Se nos ha fugado, pero lo más importante es que hemos reaccionado rápido y lo estamos buscando".

Una de las consecuencias más nocivas para el debate público en esta era de la sobreinformación es que dar respuestas, salir a comparecer, aunque no se diga nada, aunque se desinforme, parece que ya es algo. Es movimiento, es ruido, señal de que se trabaja.

Cuando a Álvaro de Laiglesia, el director de La Codorniz, le convencieron para que escribiera unas memorias de la revista, tituló el primer capítulo "Los bulos y los huevos". Con "los bulos" se refería a aquellos textos que se decía que había publicado la revista cuando no había sido así. Como el mítico "reina un fresco general procedente de Galicia".

"Los huevos", en cambio, eran los textos con los que el director y su equipo le habían echado huevos de verdad en la crítica de la dictadura. Como aquel día en que imprimieron el "Abajo", como parodia del Arriba, y en cuya cabecera se cambiaban el yugo y las flechas por un plato y unas cucharas; dando a entender que el falangismo se dedicaba a comer la sopa boba.

Aunque ajenos a cualquier responsabilidad y sin sentido del humor –la mayor trifulca que se ha dado entre el Gobierno y este periódico fue por una viñeta–, Moncloa también podría empezar así sus memorias: "Los bulos y los huevos".

  1. PSOE (Partido Socialista Obrero Español)
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