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El grumete torpe que asentó un imperio. Así fue el primer naufragio español en América

El grumete torpe que asentó un imperio. Así fue el primer naufragio español en América
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Un joven marino adormilado sobre el timón de la Santa María cambió el rumbo del mundo. Esta es la historia del hundimiento que hizo emerger un imperio.
El grumete torpe que asentó un imperio. Así fue el primer naufragio español en América

Un joven marino adormilado sobre el timón de la Santa María cambió el rumbo del mundo. Esta es la historia del hundimiento que hizo emerger un imperio.

Ilustración que recrea el momento en que los nativos acuden en auxilio de la nao Santa María tras quedar encallada en un banco de arena, muy cerca de la costa de Haití, la isla que Colón bautizó como La Española. Regala esta noticia Añádenos en Google

José Antonio Guerrero

Madrid

11/06/2026 a las 12:38h.

La noche del 24 de diciembre de 1492 el mar que rodeaba la costa norte de la actual Haití estaba inusualmente calmado, «como una escudilla», ... según describiría más tarde el propio Cristóbal Colón en su cuaderno de bitácora, el mismo que apenas dos meses y medio antes relataba su desembarco en el Nuevo Mundo. Nada hacía presagiar que, en medio de esa paz absoluta, la nave capitana de la expedición más ambiciosa de la historia, la nao Santa María, iba a exhalar su último aliento para renacer convertida en el cimiento de la primera presencia europea en aquellas lejanas tierras.

El joven timonel, al sentir el roce de la quilla con el fondo, se espabiló y lanzó un grito de alarma. «Eran más o menos las doce de la noche y Colón fue el primero en subir a cubierta, seguido por un atribulado Juan de la Cosa», cuenta el arqueólogo submarino Carlos León Amores, autor de Hundidos (Alianza Editorial). «Fue un descuido colectivo, imperdonable, que con el viento en calma como estaba, la corriente suave y la noche iluminada no tenía por qué haber tenido mayores consecuencias», relata León. Pero las tuvo.

El almirante ordenó inmediatamente echar un ancla por la popa con la ayuda del batel (un bote pequeño) para intentar sacar la nave de la restinga (la lengua de arena) tirando de ella, pero la tripulación de la barca, presa del pánico o la desobediencia, huyó remando hacia la carabela la Niña, que estaba a media legua (algo menos de 3 kms.), en busca de refugio. Ahí se perdió un tiempo precioso. Aislada y con la marea bajando, la Santa María comenzó a inclinarse hacia un costado. En un intento desesperado por aliviar su carga, Colón mandó cortar el palo mayor y sacar los materiales más pesados, pero fue inútil. Las tablas del casco empezaron a abrirse, reventando las cuadernas y dejando entrar el agua. Con la panza amarrada en la arena, la Santa María agonizaba. Ya no era un barco, era un «conjunto inservible de tablas y cabos incapaz de navegar». Aquellos hombres que habían cruzado el Atlántico desafiando lo desconocido perdían su buque insignia en «medio palmo de agua», como describe el autor de Hundidos, un error «imperdonable» que iba a cambiar el destino de aquella expedición... y del mundo.

Guacanagarí, el aliado inesperado

Al amanecer del día de Navidad, Colón envió a tierra a Diego de Arana y Pedro Gutiérrez para informar al cacique local, Guacanagarí, del desastre. El jefe taíno (los taínos fueron el primer pueblo indígena con el que Colón tuvo contacto), lejos de aprovechar la vulnerabilidad de los extranjeros, reaccionó con una empatía que conmovió al almirante. Mandó hombres y canoas para ayudar en el rescate de las mercancías. Bajo la supervisión de los españoles y la cooperación de los nativos, se descargó todo lo que la nao contenía, hasta el último barril de víveres, y lo llevaron al poblado, a legua y media del naufragio. Allí Guacanagarí ofreció sus propias chozas para almacenar el cargamento. Colón certificó con asombro a los Reyes Católicos que no se perdió ni una sola «agujeta» (un cordón para atar ropa), pues los nativos no tocaron nada que no fuera suyo.

Así era la Santa María por dentro

Camarote de Colón, el único que dormía en su propio catre.

Lombarda o bombarda, las armas principales del barco.

Falconete: arma de menor calibre y muy manejable.

Palo mayor que luego sirvió de torre vigía del campamento Navidad.

Trinquete y vela menor con La Cruz de la Orden de Cristo, que también lleva la vela mayor.

Fogón para cocinar en calderos de cobre.

Bodegas donde se guardaban agua y alimento para seis meses.

La Santa María tenía unos 25 metros de eslora y 8 de manga y viajaban en ella 40 hombres del centenar que componía la expedición de Colón.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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