Un estudio revela por qué es mejor un paseo compartido que el temido «tenemos que hablar»
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Regala esta noticia Añádenos en Google (Adobe Stock) 28/09/2026 Actualizado a las 00:11h.Hay parejas que pueden pasarse una tarde entera juntas sin haber tenido realmente un rato para ellas. Uno prepara la cena mientras el otro contesta ... un mensaje. Hay que resolver tareas, organizar horarios, atender asuntos del trabajo, hacer una compra o simplemente llegar al final del día con algo de energía. Y si, encima, tienen hijos en común, la conversación puede acabar reducida a deberes, cenas, extraescolares y quién se ocupa de qué al día siguiente. Se habla mucho. Pero no necesariamente de los dos.
Gregorio Gullón, terapeuta y mediador de la Unión de Asociaciones Familiares (UNAF), insiste en que una pareja necesita momentos para «volver a encontrarse, crear una burbuja que les aísle de todo lo demás». Cuando hay hijos, eso supone dejar de funcionar durante un rato únicamente como equipo de progenitores. Cuando no los hay, hacer lo mismo con el trabajo, las tareas, los horarios o el cansancio. También es importante dejar fuera de la cita «elementos distractorios, como el móvil».
Algo tan corriente como salir a caminar ofrece un escenario especialmente favorable. Una investigación de la Universidad Brigham Young, en Utah (EE UU), publicada el mes pasado en la revista estadounidense 'Family Relations', analizó a 1.700 matrimonios jóvenes y encontró que tanto el ejercicio individual como el compartido se asociaban con una mejor comunicación, una mayor capacidad para resolver problemas y menor tensión. Sin embargo, cuando ambas modalidades se estudiaban a la vez, la actividad física realizada en pareja mostraba mejores vínculos.
«Nuestros hallazgos sugieren que el ejercicio conjunto facilita, de manera pequeña pero significativa, la capacidad de resolver conflictos pacíficamente. También las personas reportaron resultados más positivos en la comunicación», explica Jeremy Yorgason, autor del estudio y profesor de la Facultad de Vida Familiar del centro norteamericano.
Más espontáneo
Caminar fue precisamente la actividad compartida que apareció con mayor frecuencia. No es que se haya demostrado que sea mejor que nadar, montar en bicicleta o practicar cualquier otro ejercicio, su ventaja está en que resulta fácil de encajar en la vida cotidiana y permite hablar mientras se hace deporte. «El hecho de andar uno al lado del otro favorece conversar. La charla será más espontánea y menos amenazante. Se reduce la presión de tener que contestar de inmediato y de forma automática, aumentando la reflexión», subraya Gullón.
Sentarse frente a frente con un problema encima de la mesa cambia enseguida la atmósfera. A veces basta con solo pronunciar la temida frase «tenemos que hablar» para que el otro intuya que no viene un rato precisamente distendido. Gullón explica que ese escenario nos coloca en «modo resolución». «Y dependiendo del tema, puede que adoptemos una actitud defensiva, que nos comuniquemos con reactividad y que sintamos angustia».
Conviene, eso sí, no convertir el estudio de la Universidad Brigham Young en una receta infalible para conseguir una relación de pareja plena y duradera. De hecho, los propios investigadores señalan que aunque las personas que realizaban paseos juntos decían sentirse «más escuchadas y apoyadas por su cónyuge», no queda demostrado que esas caminatas resuelvan por sí solas un conflicto. Aunque sí es cierto que ofrecen un clima mucho más distendido para abordar las diferencias.
«Las parejas necesitan volver a encontrarse, crear una burbuja que les aísle de todo lo demás»
Lo que parece claro es que la actividad física compartida pierde sentido si termina convertida en una obligación. Si cada vez que uno propone salir el otro sabe que le esperan veinte minutos de reproches y asuntos pendientes, el hábito puede durar poco. «No se trata de que se convierta en una reunión del Consejo de Dirección que tenga unos puntos del día para resolver», resume Gullón. Si el paseo acaba reservado solo para los temas difíciles puede generar angustia, anticipación de discusiones y estrés, advierte. Ahora bien, «tampoco significa que haya que evitar ciertos temas si surgen espontáneamente».
También vale hablar de cualquier tontería. Comentar algo ocurrido durante el día, bromear, recordar una historia o planear algo. «Se trata de un interés genuino hacia nuestra pareja o simplemente tolerar y disfrutar momentos en silencio», explica Gullón. ¿Pero cómo mantener el hábito cuando existen hijos, horarios laborales o poco tiempo en común? La clave es «rebajar la exigencia y no esperar encontrar un momento perfecto», defiende el experto. Tampoco hay que imponer una periodicidad demasiado rígida: «Si conseguimos salir a pasear una o dos veces por semana, pero es un momento de conexión emocional y disfrute, ya es suficiente».
¿Cuándo toca buscar ayuda profesional?
Hay épocas en las que una pareja habla menos, dispone de poco tiempo o atraviesa semanas especialmente cansadas. Sin embargo, otra cosa muy diferente es que la distancia se instale como norma. El mediador familiar Gregorio Gullón identifica como señales de alerta la falta persistente de conexión emocional, «los ciclos repetidos de reproches, desprecios y descalificaciones» y la dificultad para recuperar la cercanía tras una discusión. También hay que prestar atención al «silencio, la angustia y al temor al rechazo o al abandono». En parejas con hijos, puede ocurrir además que la energía se vuelque en la crianza «como medio de abstraerse de la relación». En esos casos, el experto aconseja buscar ayuda profesional. «Y obviamente, cuando existen episodios de violencia o de control. No podemos confundir una caminata con un proceso terapéutico».
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