El entomólogo Justin Schmidt registró en un particular 'dolorímetro' la respuesta a los pinchazos de insectos. No solo es una escala científica, sus descripciones son casi poemas. La próxima vez que te pique una avispa, lo sentirás de otra forma...
Regala esta noticia Añádenos en GoogleMadrid
26/08/2026 a las 19:20h.Justin Schmidt murió en 2023, a los 75 años, tras someterse voluntariamente a más de mil picaduras de 83 especies de himenópteros (avispas, abejas, y ... hormigas fundamentalmente), pero no fue el veneno el que se lo llevó por delante, sino las complicaciones derivadas del párkinson.
El índice Schmidt es mundialmente conocido y su autor fue distinguido en 2015 con un Premio Ig Nobel, esos galardones que «primero te hacen reír y luego te hacen pensar». Por amor (en este caso por dolor) a la ciencia, nuestro protagonista permitió que decenas de especies lo picaran deliberadamente para luego categorizarlas en cuatro niveles de tormento y con descripciones más propias de un poeta con sentido del humor que de un metódico entomólogo.
Justin Schmidt publicó su primer índice de dolor en 1983 tras experimentar las picaduras de 80 tipos de abejas, avispas y hormigas
Por ejemplo, en el primer nivel aparece la picadura de la abeja Anthophorini, «que es casi agradable, como si un amante te hubiera mordido el lóbulo de la oreja un poco 'demasiado' fuerte». Sin duda, una experiencia de lo más picante. En el otro extremo, el nivel 4, aparecen solo tres especies cuyo dolor suena a tortura medieval; entre ellas, la hormiga bala, que habita las selvas tropicales de América Central y del Sur.
Su veneno contiene poneratoxina, un potente agente que ataca el sistema nervioso provocando, en las expresivas palabras de Schmidt, un dolor «puro, intenso, brillante, como caminar sobre brasas con clavos oxidados taladrándote el tobillo». En este mismo nivel del 'dolorímetro' se encuadra la avispa cazatarántulas, uno de los insectos más grandes del planeta, con sus 7 centímetros de longitud. Su punzante dolor lo reseña Schmidt como «cegador, feroz, sorprendentemente eléctrico, como si un secador de pelo encendido cae mientras te das un baño de burbujas».
En los últimos años, al fallecido investigador de Arizona le han surgido discípulos que se han sometido a picaduras de especies que él nunca llegó a clasificar. Uno de ellos es un youtuber y presentador americano llamado Coyote Peterson (una versión yanqui de Frank de la Jungla) que carece de la formación científica de Schmidt, pero lo iguala en entusiasmo. Peterson experimentó las picaduras de 30 especies; entre ellas, del avispón gigante japonés. «Fue como recibir en la cara un golpe de Mike Tyson». A Coyote le sobra arrojo, pero le falta la vena poética de su maestro.
LA ESCALA SCHMIDT DE DOLOR
Abeja del sudor
Dolor ligero y breve. En este primer umbral de dolor, Schmidt incluye el de la abeja del sudor («efímero, casi afrutado, un minúsculo chispazo que chamusca un pelo de tu brazo») o la hormiga de la acacia («una grapadora sobre la mejilla»).
Abeja germánica
Dolor moderado. En esta escala están la avispa germánica, cuyo dolor describe como «caliente y humeante, casi irreverente, como apagar un cigarro en la lengua», y la abeja común o de la miel, que tiene poco de dulce pues si te clava su aguijón la sensación será «como una cerilla que vuela y te quema la piel».
Hormiga matavacas
Dolor fuerte y profundo. Ya nos vamos poniendo serios y aquí empiezan algunos pesos pesados del dolor... pero de diminuto tamaño, como la hormiga de terciopelo o la hormiga matavacas, que en realidad es una avispa. Lo de matavacas viene de los animales que han llegado a perder el conocimiento por el dolor. Schmidt lo calificó de «explosivo y duradero» (se puede prolongar 30 minutos) y añadió: «Gritas como si te cayera aceite hirviendo».
Avispa guerrera
Dolor cegador, intenso y prolongado . En el último nivel aparecen solo tres especies: la hormiga bala (así llamada porque su veneno produce un dolor como el de un disparo), la avispa cazatarántulas y la avispa guerrera (Synoeca septentrionalis). Cuando el entomó-logo cató el dolor de esta última lo comparó con sumergirse en la lava de un volcán. Y escribió una palabra que lo resume todo: «Tortura».
Medusa irukandji
Fuera de nivel. El récord de picadura dolorosa no la tiene un insecto. Es la de la medusa irukandji, que vive en aguas australianas y cuya toxicidad es hasta cien veces más potente que el veneno de una cobra. Nadie se ha dejado picar adrede por una. Tras entrevistar a 50 bañistas que sufrieron el roce de sus tentáculos, la bióloga marina Lisa-Ann Gershwin describe una sensación similar «a un martillo neumático golpeando los riñones». Y solo es el principio. Luego viene «una oleada de dolor agonizante con calambres y espasmos». Pero el sello que distingue a las víctimas es «una abrumadora sensación» de que la muerte es inminente. «Han llegado a suplicar que los maten porque están seguros de que van a morir y quieren acabar con todo».