De Palacio Real al Movistar Arena: crónica de una visita papal marcada por el fervor popular y la fuerza del discurso
Regala esta noticia Añádenos en Google El Papa León XIV a su llegada al Movistar Arena. (Efe) 08/06/2026 a las 00:08h.Madrid recibe al Papa con el sonido de las campanas. Como tantos, las escucho por televisión. Otros, en cambio, están en la capital. Para ver ... a León XIV, para ir al concierto de Bad Bunny o para ambas cosas. Sí, se puede estar en misa y repicando. Lo resumía el compañero José Antonio González: «Por la mañana, café; por la tarde, oración». Y votación, añado, que algunos tendrán que elegir entre Florentino y Riquelme. «El Papa es de todos los equipos, pero Prevost es del Real Madrid», había confesado León XIV en el avión. Divina casualidad.
Durante la recepción en palacio, la reina se muestra locuaz. León XIV, por su parte, habla lo estrictamente necesario. Escucha, asiente. Poco más. Como Sean Thornton en 'El hombre tranquilo', al principio parece alguien un tanto apocado. Pero, al tomar la palabra para dar su primer discurso en nuestro país, alza la voz y desaparece la impresión inicial: cuando llega el momento de plantar cara, León saca las zarpas. Lo ha hecho ante Trump, ante los dueños y señoros de la inteligencia artificial y ante quienes dejan de hablar de seres humanos para hablar de prioridades nacionales. Invita a quien lo escuche a huir de los enfoques identitarios, y hace referencia a la dignidad humana, al respeto, al diálogo. Son palabras que deberían de llegar a todos. A creyentes y a no creyentes.
A medida que avanza el sábado, el rostro del pontífice cambia. Sonríe más. Saluda más. Quizás porque, como servidora, solo empieza a disfrutar de una fiesta cuando han pasado las dos primeras horas. Y fiesta hay, y mucha, en las calles, llenas de jaleo, y algarabía, y emoción, y fervor. Desde el papamóvil, hace un guiño a los jóvenes con el 'six-seven'. También a los jovencísimos: detienen varias veces el vehículo para que el pontífice bendiga a niños pequeños que pasan de los brazos de sus padres a los de los escoltas para terminar en los suyos.
Acude a un centro de Cáritas para personas sin hogar, y vuelve a escuchar: a una abogada que llegó de Cuba sola y embarazada de gemelos, a un chico que vino desde Senegal en patera, a una voluntaria que trabaja con mujeres víctimas de trata. Después, se reúne con los jóvenes en una vigilia de oración, dispuesto a contestar a sus cuestiones. Lo veo mientras pienso una maldad: ¿alguno le lanzará las dos famosas preguntas de Broncano? No, claro. Sustos, los justos.
El domingo continúa la maratón. Menuda agenda para un hombre de setenta años. Parece un jubilado norteamericano haciendo un circuito organizado por un turoperador, de esos en los que amaneces en Valencia y duermes en Bilbao. Él ha pasado la noche en la Nunciatura Apostólica y, por la mañana, acude a celebrar la misa del Corpus Christi. Mis cuñados, que salieron de madrugada en autobús desde Cartagena con su parroquia, nos envían un mensaje: «Llevamos aquí desde las siete de la mañana. Volvemos a las cinco de la tarde». Como ellos, miles de fieles han llegado desde distintos puntos de España para acudir a la celebración. Entre los de fuera, los de dentro, los que no se quieren perder nada y los VIPS, que aquí también los hay, se han juntado 1.200.000 personas que se protegen del calor como buenamente pueden. Cuando se ven en las pantallas gigantes, algunos saludan igual que si estuvieran en la Super Bowl. No lo hacen dos monjas que, sentadas en el alféizar de una ventana enrejada, siguen la misa. Escuchan al Papa con un recogimiento que emociona. También sobrecogen la magnificencia, el río de gente, los cánticos del coro, la música. «Tengo la carne de gallina, los pelos de punta y la piel en el pellejo», me escribe un amigo. Se puede perder la fe, pero no el gusto por la ceremonia. Tampoco por las palabras que conmueven: «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», dice el Papa en su homilía. Otro zarpazo.
Por la tarde, al Movistar Arena. 'Tejer redes con el mundo de la cultura, arte, economía y deporte', se llama el asunto. Lo que no se esperaba nadie, ni los trabajadores de Televisión Española, es que antes apareciera el Papa por Torrespaña para hacer allí el cambio del coche oscuro al papamóvil con el que acudirá al acto. Marc Sala le lanza preguntas desde lejos, como si León XIV fuera Isabel Pantoja.
En el pabellón, Antonio Banderas inaugura el encuentro. Arranca contenido, pero, a medida que se emociona, va aproximándose peligrosamente a Antonio Gala. Tras él desfilan el vicerrector de la Universidad Complutense; Sara Baras, que se persigna antes de actuar; Carolina Marín y Teresa Perales; Rozalén y su canción. Sobre el escenario coinciden patronal, sindicatos y el fular de Pepe Álvarez. Ya es un pequeño milagro. Otro se produce entre el público: Isabel Díaz Ayuso está sentada al lado de Yolanda Díaz. Santo Padre, ya puestos, obre un tercero y consiga que Pedro Almodóvar y Carmen Maura aparezcan juntos en los próximos Goya. Cuando descanse, eso sí. Yo no me he movido del sofá, y estoy muerta.
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