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El hospital no vio que Acorán venía con un riñón y vértebras fusionadas: "No vieron nada. Nada"

El hospital no vio que Acorán venía con un riñón y vértebras fusionadas: "No vieron nada. Nada"
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La Justicia condena al Servicio Canario de Salud por no hacer las ecografías adecuadas a Cristina, de Lanzarote: su hijo nació con un solo riñón, costillas cambiadas de lugar y vértebras fusionadas Leer

El embarazo fue, cuenta siete años después Cristina, «completamente normal». Ni alto riesgo ni nada.

Esos singulares meses en la vida de una madre en que el vuelo de una mosca desata el más profundo de los temores para ella fueron un paseo, «excepto porque tenía que cuidar de mis dos hijas ya nacidas», que entonces tenían 9 y 5 años.

En la gestación sólo se registró un contratiempo: «En determinado momento me dijeron que el percentil [de tamaño] estaba un poco alto. Por eso, si durante el embarazo te hacen tres ecos, a mí me hicieron cuatro. Pero sin más: me dijeron que todo estaba bien».

La cosa cambió tras el parto, también normal. La primera noche, Acorán «hacía un ruido raro al respirar». A la mañana siguiente el pediatra confirma un soplo en el corazón, y se rasca la barbilla ante la primera radiografía al bebé: «Ha salido movida, hay que repetirla», dice Cristina que dijo el médico.

«Y yo pensé», sigue: «¿Por qué tienen que hacerle placas? Era raro, nunca había oído que a un recién nacido se le hicieran radiografías».

La segunda radio lo destapa todo: Acorán ha venido al mundo con varias costillas cambiadas de lugar -«en un lado faltan y en el otro sobran»-, varias vértebras fusionadas, otras crecidas en exceso -«con unas aletas extrañas»-, y no está claro que su pequeño cuerpo de apenas 24 horas de vida incluya los dos riñones.

Nada de lo cual había sido visto en ninguna de las ecografías que durante el embarazo se les hicieron a madre e hijo. «No vieron absolutamente nada. Nada».

Dentro de ese primer año, en el que Cristina no dio «pie con bola» -«estaba aterrada»-, una pediatra tuvo el tacto y la inteligencia emocional de mejorar las cosas: «Me dijo que disfrutara de mi hijo, porque con lo que tenía no se sabía cuánto me iba a durar... Por suerte es una pediatra que ya no está en el centro de salud».

Explica Cristina que hasta dos años después de su nacimiento -repetimos, dos años-, en el hospital, el central de Lanzarote (163.000 habitantes), llamado Doctor José Molina, no fueron capaces de certificar que, en efecto, el crío tenía un solo riñón.

Hoy Acorán, que va para los siete años, parece a simple vista un chaval normal, «pero tiene algunas limitaciones de movilidad» -no puede levantar los brazos con normalidad, por ejemplo-, y exige fisioterapia y cuidados constantes.

No precisamente cercanos: «Hacemos 70 kilómetros dos veces por semana para eso desde nuestra casa en Playa Blanca, y varias veces al año tenemos que ir a Las Palmas».

El chaval no tiene, por suerte, grandes problemas de salud: «El riñón que tiene suple al que no, se ha hecho un poco más grande y filtra más... Pero es verdad que Acorán va a tener que estar de médicos de por vida. Por eso nos fuimos a la Justicia y denunciamos».

Después de que su reclamación administrativa no obtuviera respuesta, el juzgado de lo Contencioso 3 de Las Palmas acaba de condenar al Servicio Canario de Salud a indemnizar con 300.000 euros a la familia de Cristina y Acorán -asistidas por Adrián Carriedo y Cristina Dubón, de Carriedo Abogados-, por no «transmitir» a los padres del menor «una información veraz» sobre «el desarrollo del embarazo», que les permitieran decidir «la interrupción», o al menos lograr «las medidas adecuadas para la asistencia al menor».

Llegamos al nudo gordiano moral de la historia, de Cristina, hoy 36 años, y su hijo Acorán: «A ver, yo es que si me dicen que viene así, tengo la posibilidad de pensar en abortar. Ahora, ya nacido, es mi hijo y lo quiero con locura, pero si me lo dicen antes, por lo menos puedo planteármelo».

La condena está recurrida, en todo caso, por la comunidad canaria: «Pese a las evidencias, han recurrido, como recurren todo en estos casos», dicen los letrados que han asistido a Cristina y su hijo.

La sentencia, a la que ha accedido este diario, se apoya en un informe forense que valora las pruebas hechas a Cristina durante el embarazo como «muy limitadas», porque «no hay vídeos y tampoco están todos los cortes precisos para buscar lo que se vio tras el nacimiento».

La Justicia señala que en las pruebas que se le hicieron al feto dentro del seno materno no se veían bien ni los riñones, ni la columna, ni el corazón... «Lo hicieron claramente mal, y por eso no vieron lo que tenían que ver», dice Cristina. «Puede concluirse que no se realizaron las ecografías adecuadamente», reza la sentencia.

Acorán pasó los primeros 15 días ingresado «mientras le hacían todo tipo de pruebas», con Cristina en casa, «porque tenía que cuidar de mis hijas».

Desde un primer momento los médicos le asignaron «posibilidad de vacterl», el síndrome de malformaciones congénitas «en el que hay cinco puntos que puedes cumplir, y mi hijo tenía tres... Lo que pasa es que no nos lo dejaban nada claro: no sabían exactamente cómo iba a crecer y no se querían pillar los dedos».

La psiquiatría dice que la sensación humana menos transitable es la incertidumbre: «Yo estuve años con la sombra de cómo iba a crecer. Me decían que no sabían si iba a caminar, aquella pediatra me dijo que igual en unos meses ni vivía... Era insoportable, la verdad».

Sobre el riñón, «nos dijeron que en las pruebas aparecía un bultito, pero que era imposible saber si tendría los dos hasta que creciera... Y cuando cumplió dos años nos confirmaron que, en efecto, tenía sólo uno».

«No estamos en los años 80, no somos animales», sigue Cristina, torrencial: «Dicen que el incluso el corazón de un feto es difícil verlo, pero, ¿no ver el riñón? Es una locura. Decidí denunciar muy pronto, no porque quisiéramos el dinero: porque lo necesitamos para todo lo que va a necesitar Acorán. No puede levantar bien los brazos, y en la espalda habrá que colocarle un corsé, u operarla. Y los cuidados de todo eso, cuestan».

El niño tiene una discapacidad del 38% «de momento, porque se va reevaluando cada equis tiempo». Cristina por supuesto tuvo que dejar su trabajo, de quiromasajista, «para cuidarle todo el tiempo, y estar pendiente de él... Bueno, y los primeros años estaba completamente deprimida».

Todo por unas ecografías mal hechas. «Te da mucha rabia, pero ahora hay que vivir con ello», termina.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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