- JOHN PLENDER
En este siglo, Estados Unidos se ha embarcado en guerras por elección propia y ha contraído más deuda para financiarlas. Esto podría tener consecuencias nefastas.
¿Está Estados Unidos a punto de convertirse en víctima de una sobreexpansión imperial? A pesar de años de especulación, la posición del país como hegemonía militar, económica y financiera mundial se ha mantenido intacta hasta la fecha.
Pero el estatus de Washington podría verse afectado por la rápida evolución de la geopolítica y la geoeconomía, así como por la costumbre, adquirida por Estados Unidos este siglo, de endeudarse con el futuro para financiar guerras hoy.
El conflicto en Irán ha tenido un coste aproximado de 2.000 millones de dólares diarios en gastos directos a corto plazo. La ratio entre la deuda pública estadounidense y el PIB está a punto de superar su máximo histórico posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y el presidente Donald Trump ha presentado al Congreso una solicitud de presupuesto de defensa nacional para 2027 por la asombrosa cifra de 1,5 billones de dólares, el doble que en 2020.
Esa cifra no incluye nada para la última guerra por elección propia de Trump. De repente, el riesgo de una sobreextensión parece muy real, tanto para los amigos de Estados Unidos como para sus adversarios.
Cuando Trump visitó a Xi Jinping el mes pasado, el presidente chino hizo una referencia directa a un concepto de sobreextensión planteado hace más de dos milenios por el antiguo historiador y general Tucídides.
¿Podrán China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides?", preguntó Xi en sus primeras palabras al dar la bienvenida a Trump al Gran Salón del Pueblo en Pekín.
La esencia del argumento de Tucídides, utilizado para explicar la caída de Atenas, es que el declive de las potencias dominantes comienza cuando los gastos financieros y militares de mantener los compromisos de seguridad externa superan la capacidad productiva de la economía nacional.
El desafío que plantean las potencias emergentes también es fundamental para precipitar la pérdida de la primacía de la potencia dominante.
Este concepto tiene un poder explicativo evidente en relación, por ejemplo, con el fin del Imperio Británico, la caída del Imperio Austrohúngaro, el declive del Imperio Otomano y el colapso de la Unión Soviética, por mencionar solo algunos ejemplos. Pero, ¿funciona en el caso estadounidense actual, como Xi parecía insinuar?
Guerras financiadas con deuda
Durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos fue menos vulnerable que potencias hegemónicas anteriores como Reino Unido, porque adoptó una forma de imperialismo menos expansionista territorialmente y, por lo tanto, comparativamente menos costosa.
Washington prefirió ejercer influencia política y económica, así como poder blando dentro del orden internacional basado en normas que ayudó a crear, aunque con aberraciones como la guerra de Vietnam.
Pero desde la década de 1990, presidentes demócratas y republicanos han impulsado políticas más intervencionistas en nombre del humanitarismo, la promoción de la democracia y los valores estadounidenses, aunque algunos vieron la retórica como una simple máscara para el realismo en política exterior.
Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo y la potencia militar más poderosa. Su presupuesto de defensa en 2025 superó los 900.000 millones de dólares, equivalente al 35% del gasto total mundial en defensa y más del triple del presupuesto de defensa de China, el siguiente actor militar más poderoso.
La economía estadounidense destaca por su alta productividad y una impresionante capacidad de innovación, sobre todo en inteligencia artificial. La pregunta, entonces, es qué podría socavar la fórmula que, de otro modo, habría sido exitosa para la hegemonía prolongada del país.
La respuesta más plausible son los conflictos costosos y el aumento imparable del déficit y la deuda, una combinación agravada por la errática política exterior de Trump.
Consideremos, en primer lugar, la cuestión de la financiación de la guerra.
En 1951, con Estados Unidos inmerso en la guerra de Corea, el presidente Harry Truman afirmó que "podríamos intentar eludir el coste financiero de la defensa mediante el endeudamiento, pero eso solo trasladaría el problema financiero a nuestros hijos y aumentaría el peligro de inflación con su distribución sumamente injusta de la carga".
Como solución añadió que "lo más sensato y honesto ahora es gravarnos con suficientes impuestos, a medida que avanzamos, para sufragar los costes financieros de la defensa con nuestros ingresos actuales".
En las últimas décadas no se ha observado tal moderación. Linda Bilmes, de la Escuela Kennedy de Harvard, señala que, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, el patrón de financiación de los conflictos militares estadounidenses en Irak, Afganistán y la región en general no ha tenido precedentes. Bilmes etiqueta esta combinación de políticas como el "Presupuesto Fantasma", al que culpa de generar "una menor rendición de cuentas en el gasto bélico, una menor participación ciudadana, una mayor corrupción, unos gastos totales más elevados y conflictos prolongados".
El proyecto Costes de la Guerra de la Universidad de Brown ha estimado que los costes presupuestarios totales y las obligaciones futuras de las guerras posteriores al 11 de septiembre, incluidos 2,2 billones de dólares en costes futuros para la atención de los veteranos, ascendieron a 8 billones de dólares en dólares de 2021. La cifra no incluye ningún coste por intereses futuros de la deuda.
Si se tiene en cuenta la deuda pública actual de Estados Unidos, en manos del público y las agencias federales, que ronda los 36 billones de dólares, este derroche de recursos equivale a una incontinencia fiscal de proporciones gigantescas.
Esto, junto con la crisis financiera de 2007-2009 y la pandemia, es una razón importante para el regreso de la deuda pública a niveles cercanos a los de 1946, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Y no hay perspectivas de un dividendo fiscal de paz como el experimentado en aquel entonces o tras el fin de la Guerra Fría.
La factura de intereses del Tesoro estadounidense se ha disparado del 1,5% del PIB en 2021 a más del 3% en la actualidad. El déficit estadounidense se sitúa actualmente en casi el 6% del PIB. No hay probabilidades de que este se reduzca significativamente bajo la presidencia de Trump, a pesar de las promesas del secretario del Tesoro, Scott Bessent, de reducirlo a la mitad para el final del mandato presidencial.
Tampoco es probable que el déficit disminuya mucho bajo los sucesores de Trump, debido a la tendencia estructural al déficit inherente a la política estadounidense.
La última vez que el gobierno estadounidense registró un superávit presupuestario fue entre 1998 y 2001, bajo la presidencia de Bill Clinton. Con la guerra de Irak, George W. Bush echó por tierra este legado demócrata. Pero con una política cada vez más polarizada, no hay perspectivas de una iniciativa bipartidista para resolver el problema fiscal.
Además del aumento de los costes por intereses de la deuda, el daño a la economía incluye un creciente desequilibrio externo de Estados Unidos y el desplazamiento de la inversión productiva.
¿El fin del privilegio desmesurado?
A pesar de estos desequilibrios, los mercados de deuda pública estadounidense y el propio dólar se han mantenido estables gracias a lo que Valéry Giscard d'Estaing, ex ministro de Finanzas francés y posteriormente presidente de Francia, denominó en la década de 1960 el "privilegio desmesurado" de Estados Unidos.
La condición del dólar como principal moneda de reserva mundial y el papel del mercado de bonos del Tesoro como refugio más seguro en tiempos de crisis han garantizado al gobierno estadounidense un acceso constante y rápido al capital internacional, junto con bajos costes de endeudamiento.
La opinión generalizada sostiene que no existe una alternativa realista al dólar. La eurozona, China y Japón carecen de mercados de bonos gubernamentales consolidados y líquidos capaces de ofrecer activos seguros al mundo a la escala necesaria.
Sin embargo, los inversores extranjeros están abandonando los bonos del Tesoro debido al problema de la deuda, las amenazas a la independencia de la Reserva Federal estadounidense, la instrumentalización del dólar mediante sanciones financieras y el debilitamiento de los controles y equilibrios políticos bajo la administración Trump.
En otras palabras, los mercados finalmente están adoptando la narrativa del sobreendeudamiento. Por su parte, las principales agencias de calificación crediticia han rebajado la calificación de Estados Unidos: S&P lo hizo 2011, Fitch en 2023 y Moody's en 2025.
Hasta hace relativamente poco, la generosidad de las autoridades monetarias fue crucial para financiar los grandes aumentos del endeudamiento de Estados Unidos y otros países ricos.
Entre 2008 y 2021, los gestores de las reservas de los bancos centrales adquirieron el 63% de la deuda adicional emitida por los gobiernos del G7, según un estudio publicado este año para el think-tank de expertos financieros del Grupo de los Treinta por Agustín Carstens, Klaas Knot y Stijn Claessens —exgobernadores de los bancos centrales de México y los Países Bajos, y ex alto funcionario del FMI, respectivamente.
Sin embargo, los bancos centrales han estado reduciendo sus balances, disminuyendo la parte en dólares de sus reservas y buscando alternativas como el oro, las materias primas y las monedas más líquidas de países desarrollados más pequeños. De hecho, un informe del Banco Central Europeo publicado esta semana reveló que el oro ha reemplazado a los bonos del Tesoro estadounidense como principal activo de reserva mundial. A finales del año pasado, el oro representaba el 27% del total de las reservas de los bancos centrales a nivel global, frente al 20% del año anterior. Los bonos del Tesoro cayeron del 25% al 22% durante el mismo periodo.
Esto deja un vacío que ha sido cubierto en gran medida por hedge funds, sobre todo de propiedad estadounidense, pero a menudo considerados inversores extranjeros debido a sus bases en paraísos fiscales como las Islas Caimán.
Muchos de estos fondos poseen bonos del Tesoro como parte de operaciones de "valor relativo" altamente apalancadas, financiadas mediante préstamos a corto plazo que deben renovarse constantemente.
William White, ex economista jefe del Banco de Pagos Internacionales, señala que este sistema funciona bien, hasta que deja de hacerlo.
White argumenta que la compra de deuda pública por parte de instituciones no bancarias, como los hedge funds, depende a su vez de su acceso a financiación a corto plazo, como el mercado de repos. Las recientes perturbaciones derivadas de los margin calls y garantías de los hedge funds han fragilizado el mercado de bonos del Tesoro y lo han convertido en una fuente potencial de riesgo sistémico.
Aunque el rendimiento de referencia de los bonos del Tesoro a 10 años se mantiene prácticamente al mismo nivel que al inicio del segundo mandato de Trump, aumentan las probabilidades de que su administración se enfrente a una crisis en el mercado de deuda similar a la que provocó la caída de la ex primera ministra británica Liz Truss tras su "mini" presupuesto de recortes fiscales sin financiación en 2022.
La Reserva Federal podría verse obligada a deuda pública para apuntalar el mercado, perpetuando un ciclo de auge y caída moralmente peligroso en el que los inversores dan por sentado que el banco central siempre acudirá al rescate cuando los mercados se desplomen.
Cada caída conlleva el riesgo de una factura cada vez mayor para los contribuyentes.
A White también le preocupa por la dominancia fiscal, un fenómeno en el que el banco central no puede subir los tipos de interés para cumplir su objetivo de inflación debido al elevado coste del servicio de la deuda pública a corto plazo. Esto, a su vez, socava la estabilidad de precios.
White prevé a largo plazo un mundo estanflacionario caracterizado por la formación de dos bloques: uno basado en el dólar y otro en el yuan, con la moneda china cada vez más respaldada por oro.
Un paso tangible en esta dirección es el desarrollo de sistemas de pago que no dependan del dólar. Quizás la más destacada sea la plataforma de moneda digital del banco central mBridge, cuyo principal aporte tecnológico ha sido proporcionado por el Banco Popular de China.
En su informe al Grupo de los Treinta, Carstens, Knot y Claessens advierten sobre las crecientes amenazas a la estabilidad financiera global y, en otros trabajos, han destacado tres ingredientes de este "cocktail explosivo".
Enumeran el vertiginoso crecimiento de los agentes financieros no bancarios, como los fondos de crédito privados y hedge funds; la reversión de las reformas regulatorias implementadas tras la crisis financiera; y el "aumento implacable de la deuda pública en las principales economías, agravado por la fragmentación geopolítica y las crecientes tensiones que dejan poco margen de error en las políticas".
Todos estos factores se aplican con especial contundencia en el caso de Estados Unidos, al igual que el diagnóstico.
Barry Eichengreen, profesor de la Universidad de California, Berkeley, establece un revelador paralelismo en su último libro entre la moneda de la era Trump y la de la Roma de Nerón. El denario sirvió como moneda internacional en todo el Imperio Romano.
Nerón recurrió a la devaluación, reduciendo el contenido de plata del denario, en un intento desesperado por financiar su ambicioso programa de construcción de canales, la reconstrucción de Roma tras el gran incendio del 64 d. C. y la construcción de su extravagante palacio Domus Aurea de 300 habitaciones; todo ello mientras libraba costosas guerras en múltiples frentes.
Fue un caso clásico de sobreexpansión imperial y marcó el comienzo del prolongado deterioro de la primacía económica y militar de Roma.
Luis XIV, el belicista y derrochador Rey Sol de Francia, se disculpó en su lecho de muerte por haber "amado demasiado la guerra y gastado demasiado".
Aunque el mundo sabe que es prácticamente imposible que el impenitente 47.º presidente de EEUU se retracte, semejante admisión sería un broche final apropiado para Trump.
Pero quizás el verdadero legado de Trump sea la deuda que él, al igual que sus predecesores, ha acumulado, y cómo esta ha socavado el poder de EEUU.
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