Cada persona con adicción implica emocionalmente a cuatro o cinco seres queridos. Sufren lo indecible pero son invisibles
Regala esta noticia Añádenos en Google (E. C.) 19/07/2026 a las 08:45h.«No saques a un alcohólico de su pena. Es el mejor amigo que tiene». Es uno de los lemas de Alcohólicos Anónimos. Pero es ... tan fuerte el anhelo de rescatarle... «Es habitual que el padre, la pareja o la hermana de un adicto limpie sus restos de vómito, orina o excrementos de la alfombra; que lo desvista y lo acueste después de encontrarlo tirado en el sofá, bebido o drogado, medio inconsciente. Halla cierto alivio al arreglar ese desorden, en lugar de dejarle que él lo vea al día siguiente. Su ser querido se convierte, así, en su amortiguador, acolcha cada golpe, tapa cada caída... pero le roba la oportunidad de darse cuenta de que necesita ayuda».
Ellas son las «personas codependientes», la sombra invisible y temblorosa del adicto. Como Raquel, madre de Ainara, que se enganchó a los porros, a la cocaína y a la heroína de adolescente; como Belén, pareja de Carlos, adicto a la coca y el juego. Este es su relato.
Raquel (Bilbao, 55 años)
«Estaba famélica y agresiva. Nos robaba y tuvimos que poner una caja fuerte en casa»
«Recuerdo a Ainara como una niña muy alegre, tranquila, feliz. Pero le costó aprender a leer, las tablas y tenía problemas para memorizar... Yo sabía que tenía algo, pero ningún médico le pudo poner nombre a lo que era. Con 14 años repitió segundo de la ESO y debutó con los porros. Pensé que era el típico tonteo con las amigas, pero ellas lo dejaron y Ainara, no. Hachís, luego marihuana... podía fumar hasta veinte porros en un día. Adelgazó hasta quedarse famélica y empezó a ponerse agresiva. En casa sabíamos lo de los porros, pero desconocíamos la dimensión de su adicción: cocaína, heroína fumada, benzodiazepinas...
Se volvió una adolescente mentirosa, manipuladora. Nos robaba y tuvimos que poner una caja fuerte, también salir a pagarle alguna pequeña deuda, 10, 20 euros... Cuando discutíamos cogía la maleta para marcharse y yo me ponía delante rogándole que no se fuera. Entonces, me empujaba y se marchaba. Pasaba tres o cuatro días fuera y regresaba cuando se quedaba sin dinero. A veces, entraba en casa y se desmayaba. Yo le miraba a los ojos y veía su mirada perdida. Me volcaba en cuidarla y ella me prometía que no lo volvería a hacer. Yo, como madre, solo quería creerme sus mentiras.
Fueron años de infierno y de soledad porque no sabíamos qué hacer, a dónde ir. Psicólogos, médicos, psiquiatras... Como mucho le daban medicación, ¡qué más quería ella! Yo me sentía culpable. 'Tengo dos hijos, ¿qué he hecho mal con Ainara?'. Me focalicé en salvarla, estaba convencida de que la sacaría de la adicción. Tardé años en entender que eso no es posible, que Ainara no es que no quisiera dejar de drogarse, es que no podía. Que ella no era ella cuando estaba colocada. No la reconocía y llegué a temer que le pudiera hacer algo a su hermano, un año menor.
Cuando tienes una hija con adicción su hermano se vuelve invisible porque toda tu vida pasa a girar en torno a la persona enferma. Mi estado de ánimo dependía de cómo estuviera Ainara; si ella estaba bien, yo respiraba; si estaba mal, yo me hundía con ella. Vivía obsesionada y cuando no estaba con ella no paraba de preguntarme: '¿qué estará haciendo?, '¿con quién estará?', '¿me llamará la Policía para decirme que la han encontrado muerta?'. Pasaba noches enteras sin dormir, llamándola al móvil, que estaba sin batería o sin cobertura. Le dejaba decenas de mensajes: 'llámame', 'vuelve a casa, por favor'... Es muy duro decirlo pero hubo un momento en que deseé que se muriera, que acabara aquello.
Mis amigas siempre lo han sabido y me han ayudado, pero gente que no me conoce tanto me preguntaba: '¿Qué tal tu hija?, estará ya en la Universidad, ¿no?'. Tú ves que los hijos de los demás son ingenieros y la tuya... No daba explicaciones: 'Está haciendo un grado'... Poco más. Tampoco podíamos ir a ningún lado con Ainara porque nos dejaba en evidencia. Ibas a un restaurante y, de repente, se levantaba de la mesa gritándome y se iba. O estábamos paseando por la calle y se ponía a darme empujones. La gente alucinaba, claro. Recuerdo unas vacaciones horribles en Cádiz.Ainara llevó droga, pero cuando se le acabó fue espantoso. Salía corriendo descalza a la carretera a ver si encontraba quién le pasara.
Cuando cumplió los 18 años, asesorados por profesionales, la echamos de casa. Habían pasado las navidades y su hermano ya no pudo más: 'O Ainara o yo', nos dijo. Pero al cabo de dos meses nos llamó para pedirnos dinero. Quedamos en el local de una asociación que ayuda a personas con adicción y logramos convencerla para que ingresara. Estuvo tres meses, luego año y medio en un hospital de día y ahora, que ya ha cumplido los 21, sigue yendo a terapia dos veces por semana.
Es curioso que cuando Ainara llevaba un año en tratamiento yo enfermé. Entré en depresión, estaba muy ansiosa. Mi hija lleva tres años sin recaídas y lleva una vida normal, pero sé que tendremos que andar toda la vida con pies de plomo. Me perdí su adolescencia, pero al menos siento que he recuperado a aquella niña alegre que fue».
Belén (Zaragoza, 43 años)
«Solo con escucharle abrir la puerta ya sabía si venía colocado»
«El tintineo de las llaves al entrar en casa, el sonido del portazo... Sin verle la cara, yo ya sabía si venía rebotado o no, si había consumido. Es triste pero, a veces, prefería al Carlos adicto porque se mostraba más cariñoso conmigo. Sin embargo, cuando no consumía se ponía agresivo: ha roto sillas, puertas, no me he pegado pero sí me ha dado empujones, me ha gritado, su cara a un centímetro de la mía. Yo le he perdonado porque sé que la adicción es una enfermedad. He perdonado al adicto. Le sigo queriendo, pero ahora sé que querer a alguien no basta para salvarle. En algún tiempo sí lo creí. No solo he sido o he intentado ser su salvadora. He sido también su vigilante, su terapeuta, su madre, su policía... Pero cuando eres todo eso dejas de ser su pareja. Y yo sentía que la vida se me escapaba mientras esperaba a que él se pusiera bien.
Nos conocimos en 2021, en un local de marcha. Yo había salido con unas amigas y él estaba con su cuadrilla. Iba colocadísimo, pero nos gustamos y nos intercambiamos los teléfonos. Cuando empezamos a salir no le di demasiada importancia al hecho de que fumara porros y se metiera rayas de coca porque no sabía el alcance; es más, yo también consumía esporádicamente con él. Tampoco me pareció tan alarmante que fuera al casino. Entonces yo no lo veía, pero ahora sé que Carlos no es que sea adicto a las drogas o al juego. Él es adicto al subidón que le proporciona todo eso.
Me di cuenta cuando llevábamos unos meses saliendo. Fumaba porros, su droga 'estrella', desde que se levantaba hasta que se acostaba. Íbamos al súper y en lugar de coger tres o cuatro cervezas para tomar en casa, compraba un pack de 24 o de 48, cuando ganaba dinero jugando en el casino estaba eufórico, pero cuando perdía estallaba su ira y ha perdido miles de euros. Cuando vi esos comportamientos, mi vida empezó a girar en torno a él y a sus adicciones.
Por insistencia mía fue un tiempo a terapia y yo pensaba que con eso bastaría. No funcionó. Después, aceptó ingresar en un centro de desintoxicación. 'Esta vez, sí', me dije. Pero solo funcionó a medias. Porque Carlos lleva dos años sin consumir, pero los cambios que yo esperaba no han llegado. No han cesado la agresividad, las mentiras, las conductas compulsivas... a lo que se ha sumado ahora la apatía. Cuando vivimos con una persona adicta pensamos que dejar la sustancia lo arregla todo. Pero no es más que la punta del iceberg de un problema mucho mayor.
Carlos ha seguido el tratamiento, pero no de forma estricta. Cuando ingresas, las normas son muy claras y exigentes: deporte una hora al día, hábitos saludables, rutinas, terapias de grupo y llamadas telefónicas a compañeros. Estas pautas son la clave de una buena recuperación . Pero él siempre se ha mostrado rebelde porque, en realidad, no ha hecho el tratamiento por él, sino por mí. Por eso, aunque ha dejado de consumir, sigue sin recuperarse emocionalmente. No sé lo que ocurrirá en el futuro, lo que sí sé es que, si vuelve a recaer, no me arrastrará otra vez con él. He sufrido mucho, pero he aprendido algo y es que no puedo vivir por él. Durante cinco años mi vida ha girado en torno a su adicción y en ese tiempo fue como si yo desapareciese. Intenté salvarle pero, en el proceso, me abandoné y enfermé
Ya no estamos juntos aunque, de alguna manera, sigo 'enganchada' a él y suelo mirar si está conectado al WhatsApp. Acudo a un grupo de terapia para familiares de personas adictas y en esas reuniones me he dado cuenta de que había normalizado y tolerado comportamientos que no debía. Me he pasado años intentando tapar sus faltas: 'No podemos ir a comer porque estoy mala', 'Carlos está mucho mejor, sí'. Todo era mentira, pero solo quieres esconder lo que ocurre. Por eso destacas lo bueno, aunque sea mentira.
Es, en el fondo, una relación de amor-odio en la que la persona codependiente se empeña en controlar su recuperación. Y no solo es que no puedas controlarla, es que en este camino te olvidas de vivir tú».
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