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El jefe del Ejército de Uganda reclama a Turquía una factura de mil millones y a "su mujer más bella" por combatir la yihad

El jefe del Ejército de Uganda reclama a Turquía una factura de mil millones y a "su mujer más bella" por combatir la yihad
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El polémico militar, hijo del presidente de Uganda, había ofrecido anteriormente "100 vacas" por desposarse con Giorgia Meloni. Más información: El Gobierno de Madagascar elige a sus ministros con un detector de mentiras: "Basta con que sean un 60% limpios"

Muhoozi Kainerugaba, jefe del Ejército de Uganda e hijo del presidente Yoweri Museveni. REUTERS/Abubaker Lubowa

África El jefe del Ejército de Uganda reclama a Turquía una factura de mil millones y a "su mujer más bella" por combatir la yihad

El polémico militar, hijo del presidente de Uganda, había ofrecido anteriormente "100 vacas" por desposarse con Giorgia Meloni.

Más información: El Gobierno de Madagascar elige a sus ministros con un detector de mentiras: "Basta con que sean un 60% limpios"

Publicada 26 abril 2026 02:40h Las claves

Las claves Generado con IA

Muhoozi Kainerugaba, jefe del Ejército de Uganda e hijo del presidente del país, escribió recientemente en su perfil de X una serie de mensajes contra Turquía que resultan, cuando menos, llamativos.

Primero vino el ataque frontal: "¡El verdadero problema es Turquía! Hemos esperado a que se rehabiliten, pero ¡qué va! Vamos a terminar TODAS las relaciones diplomáticas con Turquía en los próximos 30 días".

Luego llegó la oferta: "Sobre los 1.000 millones de dólares que deben pagarnos [los turcos], quiero por esposa a la mujer más hermosa del país".

La perorata continuó. En una nueva publicación, Muhoozi exigió directamente a los turcos que enviasen a todas sus esposas a Uganda. Luego amenazó con bloquear sus aerolíneas. Y nuevamente amenazó con cortar las relaciones diplomáticas.

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¿Qué puede llevar a un hombre aparentemente cabal, líder de uno de los ejércitos más poderosos de África Oriental, primogénito de quien lleva gobernando Uganda desde la década de 1980, un hombre casado, cristiano, a exigir una nueva esposa turca, mil millones de dólares y el boicot de Turkish Airlines?

Tras la fachada estrafalaria de Muhoozi en las redes sociales (ya quiso comprar a Meloni por 100 vacas, y hace escasos días que amenazó con conquistar Teherán con un solo comando de sus soldados), se esconde una realidad compleja, dolorosa y que escapa a los delirios del megalómano. Es la búsqueda de los africanos de encontrar un hueco diplomático donde las instituciones internacionales mantienen sus puertas cerradas.

Primero, el argumento de fondo que esgrimía Muhoozi entre líneas es que Uganda lleva casi 20 años aportando tropas a la misión de la Unión Africana en Somalia (ATMIS/AMISOM) contra la milicia islamista Al-Shabaab.

Mientras tanto Turquía, que tiene su mayor base militar en el exterior en Mogadiscio, y gestiona el puerto y el aeropuerto somalíes, se beneficia económicamente de esa estabilidad sin asumir costes de seguridad. Él llama a esos 1.000 millones que exige "security dividend".

Segundo, las naciones africanas viven en un entorno geopolítico donde el acceso a las instituciones internacionales tiene demasiadas puertas cerradas.

El Consejo de Seguridad de la ONU reserva a los 54 Estados africanostres asientos rotatorios y ni un solo puesto permanente, pese a que la mayor parte de los asuntos que trata ocurren precisamente en África.

La reivindicación africana de un puesto permanente con veto, el llamado Consenso de Ezulwini, lleva veinte años bloqueada. En el FMI, todo el continente suma en torno al 6,5% de los votos, con 1.400 millones de habitantes detrás.

En comparación, Estados Unidos por sí solo controla el 17,4%, suficiente para vetar cualquier decisión relevante, y Alemania pesa más que toda África junta. El director gerente del FMI es siempre europeo por pacto tácito; el presidente del Banco Mundial, siempre estadounidense.

El G7 no incluye a ningún país africano, y el G20 sólo admitió a la Unión Africana como miembro permanente en septiembre de 2023, casi un cuarto de siglo después de su fundación. Hasta las tres grandes agencias de calificación crediticia que marcan el precio al que África se endeuda (Moody's, S&P y Fitch) son estadounidenses, sin un solo contrapeso africano en su gobernanza.

Roméo Gbaguidi, director del think-tank Lemafriq lo resume sin rodeos: "No cabe duda de que una de las asignaturas pendientes de las instituciones multilaterales es la ausencia de los países africanos. Da la sensación de que los países africanos tienen que mendigar su presencia en estas instituciones, aunque sabemos que su peso en el panorama internacional es muy importante".

En ese paisaje de puertas entornadas, un tuit estridente del hijo del presidente ugandés es, paradójicamente, uno de los pocos altavoces disponibles. No sirve para negociar, es evidente, dado que los turcos ni siquiera se dignaron a responder, pero sirve para recordar al mundo que hay algo que negociar.

Entramos así en la diplomacia digital. Más o menos agresiva, más o menos dantesca. Una herramienta que, según indica Soraya Aybar, directora de Africa Mundi, "permite a estos Estados comunicarse directamente con audiencias globales en lo que se conoce como 'desintermediación', y que también les permite construir su propia narrativa". Y los ejemplos de esta desintermediación se acumulan en el continente africano.

De Obiang a Kagame

Cuando los organismos internacionales acusaban al gobierno etíope de múltiples vulneraciones de los derechos humanos en la guerra de Tigray (2020-2022), este utilizó las redes sociales con el fin de fijar su propia narrativa. Cuando Amnistía Internacional publicó en febrero de 2021 el informe sobre la masacre de Axum, en menos de una semana circulaban 12.430 tuits con el hashtag #FakeAxumMassacre.

A finales de ese año, el Gobierno amparó la campaña #NoMore, que pedía "no más injerencia occidental, no más sanciones y no más cobertura hostil", y que llegó a movilizar protestas simultáneas en 27 ciudades del mundo el 21 de noviembre de 2021.

En paralelo, hashtags como #EthiopiaPrevails o #CNNFakeNews inundaron las redes para descalificar a medios internacionales como CNN, BBC o Reuters cada vez que documentaban atrocidades.

Paul Kagame, presidente de Ruanda, ha convertido su cuenta de X en un canal oficial para responder a los informes de la ONU que desde 2022 acusan a Kigali de controlar al grupo rebelde M23 en el este de la RDC.

Teodorín Obiang, vicepresidente de Guinea Ecuatorial e hijo del dictador Teodoro Obiang, utiliza Instagram y X (con 300.000 seguidores) como un despacho paralelo.

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En octubre de 2025, durante la crisis con España por el caso TDT, exhibió en sus redes a dos empresarios españoles detenidos en la cárcel de Black Beach y anunció el arresto de los funcionarios que les habían dado "trato benévolo".

¿Un altavoz para las dictaduras?

Sin embargo, esta alternativa que ofrecen las redes sociales, dentro de su aspecto positivo (dar espacio a la diplomacia africana), trae su componente negativo. Así lo especifica la directora de Africa Mundi: "Si las ponemos las redes sociales en manos de gobiernos sesgados y con una línea política concreta, evidentemente se pueden convertir en medios de propaganda y de desinformación".

Las redes "permiten expandir un mensaje que no pasa por ningún filtro institucional y personificándolo en un sujeto concreto, puede difundir narrativas incompletas", prosigue. Y hace la pregunta pertinente: ¿Dónde está el límite entre diplomacia y propaganda?

El padre de Muhoozi, Yoweri Museveni, lleva 40 años gobernando Uganda con mano de hierro. Teodoro Obiang (padre) hace 46 años que se hizo con el poder en Guinea Ecuatorial. Kagame mantiene la puerta cerrada a toda posible oposición desde comienzos de siglo. Y, considerando el caso de Etiopía en la guerra de Tigray, ya se sabe que la verdad es la primera víctima de la guerra.

Nuevamente, conviene escuchar las reflexiones de Aybar al respecto. "Se corre el peligro de mezclar la comunicación del Estado con un culto a la figura que difunde el mensaje. Muhoozi lleva años haciéndolo, difuminando la delgada línea entre la comunicación oficial y la opinión personal".

En el caso de Teodorín, "utiliza las redes sociales para proyectar una imagen de poder entremezclado con privilegios y lujo, ocultando todo lo que tenga que ver con las críticas relacionadas con la corrupción y las vulneraciones de derechos humanos en Guinea Ecuatorial".

Exigir "a la mujer más hermosa de Turquía" como esposa, aunque se diga de broma, no contribuye precisamente a mejorar la imagen de un país. Pero las formas, cuando se trata de las redes sociales, son secundarias. Todo es inmediato, veloz.

Y ya advierte el pensador surcoreano Byung-Chul Han que la inmediatez destruye la distancia, y sin distancia no hay pensamiento. Es decir, que el uso de las redes con fines diplomáticos puede desechar en última instancia una de las bases más importantes de la diplomacia: la inteligencia. Consiguen así un resultado opuesto al deseado.

En palabras de Gbaguidi, "esto nos conduce a que la diplomacia digital no está obteniendo resultados concretos, sino que más bien va en la línea de la globalización actual. Se quiere contestar rápidamente a todo, aunque luego tengan que echarse hacia atrás".

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El beninés añade en referencia a Muhoozi que "habría que ver si esta actuación viene como jefe del ejército o como líder político. Utilizar las redes sociales de una manera tan caliente, amenazando de una forma tan provocadora a otros países, no es digno de un oficial superior".

Un fenómeno global

Sin embargo, conviene matizar. Los africanos no son los únicos que acuden a la diplomacia digital. Fuera del continente, quizás pueda encontrarse el mejor ejemplo de esta práctica en Donald Trump.

Sus continuos mensajes en Truth Social (una red social creada por él) en relación a la guerra de Irán, o sus recientes ataques al Santo Padre son prueba de ello. Todos los días, instituciones y gobiernos de todo el mundo, inclusive el español, se sirven del fenómeno de la desintermediación que señalaba Aybar.

Es un fenómeno poco comentado pero absolutamente naturalizado en nuestras pantallas. Si los comentarios de Muhoozi generan cierto escándalo, los tuits de Teodorín despiertan un deje burlesco que no se percibe en tales cantidades cuando el acto procede de un agente occidental.

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Así lo dice el director de Lemafriq: "Existe sin duda un sesgo muy claro en cómo la comunidad internacional evalúa el uso de las redes sociales, según quién lo haga. No solo por las motivaciones políticas, sino por el peso económico que ostentan las personas que lanzan dichos mensajes".

"Cuando lo dice algún gobernante poderoso, occidental, se considera que tiene legitimidad para hacerlo. Cuando vemos que Trump tuitea amenazas, inmediatamente hay muchos que consideran que es su forma de ser y de hacer diplomacia disruptiva, como si se tolerase esto. Pero cuando lo hace un dirigente africano, la crítica puede ser mucho más férrea", afirma.

Una de las características más valiosas de las redes sociales es su poder de relativización. Lo aparentemente bueno, como el Papa, se convierte en enemigo de otro agente aparentemente bueno, que son Estados Unidos y su afán de repartir libertades. Lo aparentemente malo, como Muhoozi, se convierte en sostén de una causa justa, como las exigencias que proclama ante Turquía. Nada queda claro.

Las redes sociales, que debían ser una herramienta para la democracia, se convierten en el altavoz de los autoritarismos. Y, dentro de esta escala de contradicciones, cuando Trump escupe una blasfemia se llena la sala de aplausos… que trasmutan en un silencio receloso cuando el exabrupto nace de los labios del africano.

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