Patente de corso
El libro de Sarajevo Regala esta noticia Añádenos en GoogleArturo Pérez-Reverte
17/07/2026 a las 10:12h.La noche y la mañana del 25 al 26 de agosto de 1992, Sarajevo ardió como arden los fondos de los cuadros de El Bosco: ... con esa luz rojiza y lenta que parece venir de las calderas del infierno. Después, como de costumbre, el fuego se convirtió en arquitectura del horror: la forma que siempre tuvo la barbarie. Desde las colinas, la artillería serbia destruía la biblioteca de la ciudad, el hermoso edificio austrohúngaro levantado junto al río Miljacka, que durante décadas había custodiado la memoria de una frontera llamada Europa. Y mientras las llamas devoraban salas y estantes, un cámara de Televisión Española, Paco Custodio, y su ayudante de sonido, Miguel de la Fuente, grababan lo que ningún europeo debería haber vuelto a ver después de más de medio siglo: miles de libros ardiendo deliberadamente.
Durante tres siglos ese libro no viajó solo. Los libros nunca lo hacen. En manos de unos y otros atravesó imperios, exilios, fronteras y guerras
Lo de ese día no fue daño colateral, resultado inevitable de una guerra, sino intento deliberado de destruir memoria, continuidad y civilización. Ardieron cerca de dos millones de documentos: manuscritos otomanos, archivos austrohúngaros, periódicos bosnios del siglo XIX, libros hebreos, musulmanes, ortodoxos. En pocas horas, la memoria de un mundo multicultural se convirtió en ceniza.
Intenté aquella mañana, como cuantos estábamos allí, salvar cuanto pude, sacando montones de libros por los pasillos que poco a poco invadían las llamas y el humo. Y cuando ya no pudimos hacer más, como si quisiera agradecer nuestro esfuerzo en aquel caos de incendios y bombazos, uno de esos hombres, responsable de algo, puso un libro medio quemado en mis manos. «Llévenselo y recuerden», dijo. Y así lo hice, y así lo recuerdo.
Hace unos días me despedí de él tras conservarlo durante treinta y cuatro años, y ahora está en mejores manos que las mías. Se trata de un libro litúrgico ortodoxo impreso en Moscú en 1758, bajo el reinado de la emperatriz Isabel Petrovna, hija de Pedro el Grande: un volumen en eslavo eclesiástico, impreso con una tipografía negra y solemne que habla de silencio oscuro y scriptorium monacal. En la portada aparecen los nombres de Pedro I e Isabel Petrovna: la antigua Moscovia convertida en imperio. El libro nació cuando aún existían cosacos a caballo, caravanas tártaras y cortes europeas que escribían misivas en francés mientras conspiraban en alemán. Un mundo que ya entonces era peligroso y en el que, sin embargo, ese volumen sobrevivió a numerosas guerras y catástrofes.
Hojeé sus páginas muchas veces. En ellas había antiguas anotaciones, cifras y nombres apenas legibles trazados con una tinta desvaída por el tiempo, caligrafía de sacerdotes, monjes o propietarios olvidados que escribieron allí cuando todavía faltaban décadas para la Revolución Francesa. Después, siglos más tarde, el mismo libro había servido de refugio para otro papel que hallé escondido dentro: una nota manuscrita, de tono burocrático, fechada en 1944: Danzig, en Polonia, y dos siniestras palabras en francés: Comme prisonnier. Por la fecha y el lugar, eran referencias administrativas alemanas. El rastro inequívoco de otro derrumbe europeo.
Durante tres siglos, desde Moscú hasta Sarajevo, aquel libro no había viajado solo. Los libros nunca lo hacen. Alguien lo llevó consigo mientras huía: quizá un refugiado ruso blanco escapando de la Revolución, una familia ortodoxa desplazada por la guerra, algún sacerdote perdido entre el caos balcánico y las deportaciones del Este. En manos de unos y de otros, el volumen atravesó guerras mundiales, fronteras borradas y exilios sucesivos hasta acabar en Sarajevo. Toda Europa está en él: Moscú, Danzig, los Balcanes, emperatrices rusas, revoluciones, monasterios, refugiados sin patria, dos guerras mundiales, bibliotecarios bajo las bombas y finalmente, reporteros de guerra registrando cómo ardía la memoria del continente. La ironía del azar es que un papel burocrático alemán de 1944 perduró dentro de un libro ruso de 1758, y ambos sobrevivieron después al fuego de 1992 para terminar en una biblioteca de Madrid. Eso convierte el volumen en objeto singular, casi una cápsula física de la vieja Europa: imperios, exilio, guerra y memoria comprimidos entre dos tapas chamuscadas.
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