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El libro que destapa las miserias de Trump en la Casa Blanca: de su ayudante devota y aduladora a sus noches insomnes en Truth

El libro que destapa las miserias de Trump en la Casa Blanca: de su ayudante devota y aduladora a sus noches insomnes en Truth
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Los dos periodistas que han investigado en profundidad los últimos meses en el círculo interno del presidente de EEUU publican la esperada obra. Más información: La Casa Blanca otorgó 500 millones de dólares con un contrato 'a dedo' para construir el Salón de Baile de Trump

Natalie Harp, la asistente personal de Donald Trump que le ayuda con sus redes sociales, le imprime artículos favorables y le deja mensajes de "devoción". REUTERS/Evan Vucci

EEUU El libro que destapa las miserias de Trump en la Casa Blanca: de su ayudante devota y aduladora a sus noches insomnes en Truth

Los dos periodistas que han investigado en profundidad los últimos meses en el círculo interno del presidente de EEUU publican la esperada obra.

Más información:La Casa Blanca otorgó 500 millones de dólares con un contrato 'a dedo' para construir el Salón de Baile de Trump

Publicada 1 julio 2026 02:50h Las claves

Las claves Generado con IA

El día 17 de la guerra de Estados Unidos contra Irán, Donald Trump recibió en el Despacho Oval a Maggie Haberman y Jonathan Swan, dos de los periodistas del New York Times que mejor conocen la Casa Blanca. Ya habían muerto 13 militares estadounidenses y miles de iraníes, pero el presidente no parecía preocupado por los mapas, las bajas o las negociaciones.

Sobre la mesa tenía imágenes de los arces que quería plantar en el jardín presidencial. También una hoja con una cifra gigantesca: 339.000 millones. Eran las visualizaciones acumuladas por sus vídeos en TikTok. “¿Podéis creerlo?”, les preguntó.

La escena parece una caricatura, pero en Regime Change funciona casi como una tesis. El libro de Haberman y Swan no retrata simplemente a un Trump excéntrico. Retrata a un presidente que ha vuelto al poder con menos miedo, menos límites y rodeado de menos gente dispuesta a decirle que no.

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El primer Trump llegó a Washington con un equipo que, si era necesario, conseguía frenarlo. El segundo lo ha hecho con una conclusión aprendida: el poder está para usarlo.

El 'caso Epstein' en la Sala de Crisis

La escena que mejor explica el clima de la segunda Casa Blanca de Trump no ocurre en una guerra, sino en la sala reservada para hablar de ellas. El libro afirma que altos cargos de la Administración se reunieron varias veces en la Situation Room para abordar el riesgo político de los archivos de Jeffrey Epstein.

La estancia -desde la que se gestionan ataques terroristas, crisis nucleares y operaciones militares- sirvió también para calcular el daño que un escándalo sexual podía hacer a un presidente que había vuelto al poder prometiendo venganza y control.

El libro incluye citas directas del vicepresidente JD Vance, del fiscal general adjunto Todd Blanche, de la jefa de gabinete Susie Wiles y del director de comunicación Steven Cheung durante aquella reunión.

Steven Cheung asoma por detrás de Donald Trump. REUTERS/Nathan Howard

La precisión de los diálogos alimenta una sospecha en Washington: que Haberman y Swan hayan tenido acceso a grabaciones de audio de una reunión de altísimo nivel. Los autores no lo confirman. Tampoco lo niegan. Se limitan a decir que no comentan sus fuentes.

El libro ha salido de las librerías casi tan rápido como ha entrado en el debate político. Vendió más de 150.000 ejemplares en su primer día y la editorial tuvo que encargar otros 150.000. También ha provocado justo el tipo de reacción que describe: Trump lo ha atacado de madrugada en Truth Social, ha insultado a Haberman, ha asegurado que la obra es "en su mayor parte inventada".

También ha negado que los autores tengan grabaciones de sus conversaciones, aunque ellos ni siquiera han afirmado tenerlas. En la misma diatriba ha vuelto a presumir de su victoria electoral y ha saltado de pronto al asunto de la guerra: "¡Irán nunca tendrá un arma nuclear!". El libro retrata a un presidente nocturno, furioso y obsesionado con su propia imagen. Su respuesta parece escrita para confirmarlo.

Obsesionado con Irán, Rusia y Powell

La política exterior aparece en el libro como una extensión de esa misma lógica. En una de las escenas más graves, Benjamin Netanyahu viajó a la Casa Blanca y se reunió con Trump en la Situation Room. Allí le planteó que Estados Unidos se sumara a una ofensiva para derribar al régimen iraní y liquidar su programa nuclear.

Según Haberman y Swan, el secretario de Estado calificó el plan de "mierda". El director de la CIA lo consideró "ridículo". Trump escuchó las advertencias y se quedó con la versión de Netanyahu. "Suena bien", respondió. Después, todos se alinearon.

La escena resume el método. En el segundo mandato, Trump no aparece como un presidente que busque siempre el cauce institucional, sino como alguien que decide por confianza, instinto y afinidad personal.

Algo parecido ocurrió con Rusia. Steve Witkoff, antiguo abogado, inversor inmobiliario y enviado de Trump para Oriente Medio, aparece en el libro construyendo un canal paralelo con Moscú. Keith Kellogg había sido elegido inicialmente como enviado especial oficial para Ucrania, pero Trump, según los autores, acabó apartándolo de las conversaciones con los rusos.

Reunión del Gabinete del presidente Trump en la Sala de Crisis de la Casa Blanca. Reuters La Casa Blanca.

El mensaje era brutal: nadie de su equipo debía hablar con Moscú porque "estamos trabajando en un acuerdo". El cauce oficial quedó desplazado por un negociador de confianza del presidente.

Dentro de la Administración, la anomalía se llamó Elon Musk. Elegido por Trump para dirigir el Servicio DOGE de recorte burocrático, abrió una crisis interna con un correo masivo a cientos de miles de funcionarios federales. El asunto parecía casi infantil: "¿Qué hiciste la semana pasada?". El mensaje exigía que cada empleado detallara cinco logros en 48 horas.

Musk llegó a escribir que no responder se interpretaría como una carta de renuncia. Según Regime Change, la Casa Blanca no sabía del todo qué estaba haciendo Musk. Susie Wiles, la poderosa jefa de gabinete de Trump, estaba furiosa. Varios miembros del gabinete también. El hombre más rico del mundo había entrado en el Estado con una motosierra y salía convertido en otro problema que la Casa Blanca tenía que contener.

Y luego estaba Jerome Powell. Trump odiaba al presidente de la Reserva Federal por mantener altos los tipos de interés, pero no parecía decidido a despedirlo. Según el libro, un asesor explicó que el presidente había optado por otra estrategia: no echarlo, sino "torturarlo".

La frase resume mejor que cualquier análisis la relación de Trump con las instituciones que no controla. No siempre necesita destruirlas. A veces le basta con someterlas a presión, humillación y desgaste.

El caddie que lo comparó conGengis Kan

Trump no quiere pasar a la historia como un presidente más. Quiere entrar en la categoría de los 'Grandes Hombres'. Regime Change presenta esa obsesión como una de las claves del segundo mandato. El regreso al poder no fue solo una campaña electoral. Fue también una operación de supervivencia para mantenerse fuera de prisión.

Después de años de investigaciones, imputaciones, condenas e impeachments, Trump volvió a Washington con una frase que resume el ánimo de revancha: "Yo era el perseguido y ahora soy el cazador".

La Casa Blanca que dibujan Haberman y Swan se parece menos a una Administración que a una corte. Natalie Harp, una joven ayudante del presidente, parece seguirle a todas partes con recortes favorables de la prensa conservadora y mensajes de devoción personal.

Cuando Elon Musk rompió con él por su proyecto presupuestario, Trump reaccionó con una pataleta infantil: "Siempre me abandonan. Siempre hacen esto. Por eso no puedo tener amigos". Después pidió que le llevaran el teléfono y llamó dos veces a Musk. Las dos saltó el buzón de voz.

Natalie Harp y el Secretario de Interior, Doug Burgum, bromean con Trump en la visita a un campo de golf REUTERS/Ken Cedeno

Durante el juicio por los sobornos a Stormy Daniels, la actriz porno a la que el entorno de Trump pagó 130.000 dólares para comprar su silencio antes de las elecciones de 2016, el presidente supo que un hombre con problemas mentales se había prendido fuego en un parque cercano al tribunal. Su primera reacción fue preguntar a un asistente si creía que lo había hecho por él. Después sugirió decirle a la gente que sí.

La obsesión por la grandeza roza el esperpento. En una entrevista con los autores, Trump presumió de que un historiador le había dicho que, por el alcance de su arsenal y de sus fuerzas armadas, era más poderoso que Gengis Kan o Stalin. Haberman y Swan acabaron averiguando quién era aquel supuesto historiador: el caddie del golfista Gary Player.

El libro también entra en la intimidad menos majestuosa del poder. Trump aparece como un noctámbulo que duerme poco, escribe en Truth Social cuando el resto de la Casa Blanca ya está en silencio y no comparte dormitorio con Melania.

Además, al final de sus noches en vela, la papelera del presidente aparece llena de bolsas vacías de patatas, envoltorios de chocolatinas y tarrinas de helado. Entre todas las revelaciones del libro —Irán, Epstein, Musk, Rusia, Powell—, esta habría sido una de las que más le han irritado.

El hombre que quiere medirse con Alejandro Magno termina retratado así: solo de madrugada, rodeado de halagos, azúcar y resentimiento.

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