El técnico madrileño comienza en el Saham su aventura en el duodécimo país de su carrera después de trabajar en China, Ecuador, Irak, Noruega, México o Maldivas, donde fue subcampeón de Liga y campeón de Copa
- NACHO LABARGA
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Andrés García apenas llevaba seis días en Omán cuando recibió la primera lección de su nueva vida. Acababa de hacer la compra y caminaba por el barrio cuando un hombre le aconsejó que no volviera a salir en pantalón corto. No era una cuestión de fútbol, sino de cultura. Días antes tampoco le habían permitido entrar así en un supermercado. El técnico madrileño entendió rápidamente que su nuevo trabajo comenzaba mucho antes de pisar el césped.
“Te tienes que adaptar. Aquí, en los centros comerciales, tienes que entrar con pantalón largo y, si tienes tatuajes en los brazos, también tapártelos. Es una cultura completamente distinta”, explica a MARCA desde Saham, la ciudad omaní en la que acaba de iniciar una nueva etapa profesional.
La de Omán es ya la duodécima aventura internacional de un entrenador que convirtió la maleta en una herramienta de trabajo. García, de 42 años y con licencia UEFA Pro, salió de España en 2018 para aceptar una propuesta en Noruega. Desde entonces ha construido una trayectoria alejada de los caminos habituales, entre banquillos, aeropuertos, idiomas y contextos futbolísticos radicalmente diferentes.
“Cuando salí del Getafe me apareció la opción de ir a Noruega y, a partir de ahí, casi toda mi carrera la he hecho fuera. La única experiencia posterior en España fue en la Sociedad Deportiva Logroñés. Fue corta y volví a salir al extranjero. La verdad es que estoy contento porque me ha ido bastante bien”, señala.
Su currículum dibuja un mapa difícil de resumir. Ha trabajado en China, Emiratos Árabes Unidos, Noruega, Ecuador, Suecia, Irak, Belice, Islas Vírgenes Británicas, México y Maldivas, además de España. Ha sido primer entrenador, segundo técnico, responsable de metodología, director técnico y formador. En China coincidió con Rafa Benítez dentro de la estructura del Dalian Professional. En Ecuador dirigió al Orense y en Irak formó parte del Duhok. También estuvo al frente del equipo sub-23 del Guadalajara mexicano y trabajó con las selecciones de Belice y de las Islas Vírgenes Británicas.
Sin embargo, su última experiencia es la que mejor resume la singularidad de su carrera. En Maldivas tomó las riendas del Odi Sports Club, un equipo que disputaba por primera vez en su historia la máxima categoría. Lejos de limitarse a luchar por la permanencia, el conjunto terminó firmando una temporada histórica: fue subcampeón de Liga y campeón de Copa.
“Por el contexto, Maldivas llama mucho la atención. Es una isla muy pequeña en la que todos los equipos entrenamos prácticamente juntos y jugamos en el mismo estadio y era un equipo que competía por primera vez en Primera División. Fue una experiencia profesional bastante buena”, recuerda García sobre una etapa que reforzó su prestigio lejos de España.
Aun así, cuando repasa su recorrido, sitúa Ecuador en un lugar especialmente importante. Allí vivió su primera oportunidad como máximo responsable de un equipo de Primera División. Cogió al Orense en puestos de descenso y consiguió asegurar su continuidad en la máxima categoría sin sufrir hasta el final.
“Ecuador me marcó en lo personal, sobre todo por el trato con el futbolista. Estuve allí casi dos años. Pero todas las experiencias me han aportado algo, no solo profesionalmente, también como crecimiento personal”, asegura.
Incluso Irak, un destino que desde Europa puede observarse con prejuicios o distancia, acabó derribando muchas de sus ideas iniciales. “La gente piensa que vas allí y que es un país en el que no hay nada. A mí me acogieron de una manera espectacular y lo pasé genial”, cuenta.
Cada país ha dejado una enseñanza distinta. China le permitió trabajar en una estructura de enorme dimensión y compartir etapa con Rafa Benítez. Noruega y Suecia le enseñaron otra forma de entender el fútbol y la vida. México le acercó a una cultura más parecida a la española. Irak y Maldivas le obligaron a convivir con realidades religiosas y sociales completamente diferentes.
“Todas las experiencias, en todos los clubes en los que he estado, me han aportado algo. No solo profesionalmente, también como crecimiento personal”, resume.
Ahora el reto se llama Saham. El club, campeón de la Liga omaní en el pasado, sufrió la temporada anterior para conservar la categoría y consiguió la permanencia en el último momento. Después de varios cursos instalado en la zona media o baja de la clasificación, la entidad pretende recuperar terreno, entrar entre los cuatro primeros y competir por la Copa.
La propuesta no convenció inmediatamente al técnico español. García manejaba ofertas de otros países y rechazó inicialmente la llamada, pero la insistencia de la dirección deportiva terminó cambiando el escenario.
“Estuvieron casi dos semanas llamándome continuamente, prácticamente todos los días. Mejoraron las condiciones y me presentaron un proyecto ambicioso. El reto acabó convenciéndome”, desvela alguien al que su agente Sergio Castro ayudó a conseguir esta aventura.
Mirando al futuro
Su llegada implica también un proceso de adaptación deportiva. En Omán, muchos futbolistas locales compaginan el fútbol con empleos en la Administración, el Ejército o la Policía. Los clubes mantienen acuerdos con organismos públicos para que puedan dar prioridad a los entrenamientos y los partidos, aunque la planificación debe ajustarse a su realidad laboral.
“La mayoría combina trabajos en el Gobierno, como ser militar o policía, con el fútbol. Le dan prioridad al fútbol porque los clubes tienen acuerdos con el Gobierno, pero nosotros tenemos que adaptarnos a ellos en temas de horarios”, explica.
A eso se suma el calor, que condiciona por completo el trabajo diario. Las sesiones deben celebrarse a última hora del día, cuando la temperatura permite entrenar con una mayor normalidad y los jugadores han terminado sus obligaciones profesionales.
“Tenemos que encontrar horas en las que puedan estar todos los futbolistas y en las que se pueda entrenar por el calor. También estamos intentando adaptar a los extranjeros que hemos traído, porque son los que tienen que dar el salto de calidad al equipo”, señala.
García ya conocía parcialmente el país. Dos años atrás, cuando trabajaba en Irak, viajó a Mascate para disputar una competición continental equivalente a la Conference League asiática. Antes de aceptar el puesto también habló con Beto Bianchi, técnico hispano-brasileño que había trabajado en el mismo club y que le explicó las particularidades de la Liga omaní.
“Cada país tiene sus cosas. Se trata de adaptarte a la cultura, al perfil del jugador y a la política que tiene el club. Aquí queremos profesionalizar un poquito más la estructura, pero hay que hacerlo poco a poco, paso a paso”, admite.
Ese verbo, adaptarse, atraviesa toda su carrera. Lo hizo en el norte de Europa, en una cultura que considera más próxima a la española; en México, donde encontró una forma de vivir muy latina; durante el Ramadán en Maldivas; y ahora en Omán, entre horarios de oración, temperaturas extremas y códigos sociales distintos.
“Vengo de Maldivas, que, aunque mucha gente no lo sepa, es un país completamente islámico. La Liga se paraba durante el Ramadán y tenías que adaptarte también a las horas de rezo. Aquí sucede lo mismo. No puedes hacer la vida que harías en España, pero te tienes que adaptar y no hay más”, indica.
Para García, esa convivencia con otros modos de vivir no representa únicamente una dificultad. También forma parte del aprendizaje que persigue desde que decidió orientar su carrera hacia el extranjero. Hay anécdotas culturalres, como que por ejemplo en Omán "no me dejan entrar en el supermercado con pantalón corto" o me dicen que mejor no "vaya así por la calle". Cuestiones de cultura.
“Te hace crecer a nivel personal porque es una cultura completamente distinta”, reconoce un entrenador acostumbrado a empezar de cero y a ganarse la confianza de vestuarios construidos en idiomas y realidades muy diferentes.
Detrás de cada viaje existe también una ambición profesional. El madrileño considera que la Liga omaní puede convertirse en una puerta de entrada hacia campeonatos más poderosos de Oriente Medio. La proximidad con Arabia Saudí y Emiratos Árabes coloca su trabajo bajo la mirada de mercados con un creciente potencial económico y futbolístico.
“Quiero cumplir los objetivos del club y, por supuesto, hacer crecer al futbolista, que es la idea que tengo siempre cada vez que cojo un equipo. Creo que es un buen reto y que esta Liga me puede ayudar mucho profesionalmente porque está muy bien conectada”, afirma.
Su objetivo inmediato será devolver al Saham a la parte alta de la clasificación y recuperar la competitividad de un club que quiere dejar atrás varias temporadas de dificultades. El siguiente paso, como ha sucedido tantas veces en su carrera, dependerá del trabajo, los resultados y la capacidad para aprovechar las oportunidades.
“Esta Liga puede servir también como trampolín hacia competiciones más potentes de Oriente Medio”, admite.
Andrés García vuelve a empezar. Otro país, otro vestuario y otras reglas, incluso para ir al supermercado. Nada demasiado extraño para un entrenador que lleva años descubriendo que el fútbol cambia de idioma, de clima y de costumbres, pero conserva en todas partes la misma exigencia.
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