Si ha habido un desvelo de este Gobierno ha sido la salud mental de los ciudadanos. Las referencias son múltiples. En marzo de 2020, con Italia contagiada y las alertas sanitarias encendidas, decidió mantener la manifestación del 8-M para, una semana después, confinar a toda la población. A los millones de ciudadanos que se les ocurrió señalar su negligencia, el propio presidente les respondió que eran víctimas de «un sesgo de confirmación». Éste se produce cuando alguien se da la razón a toro pasado tras un suceso inesperado. «No se podía saber», fue el famoso eslogan.
Años después, el mismísimo Pedro Sánchez explicó en el Parlamento que la oposición adolecía de una persistente «acción en espejo». «Está estudiado en psicología», le diagnosticó a Núñez Feijóo. La acción en espejo también se conoce como «proyección psicológica» y se trata de un mecanismo de defensa por el que alguien acusa a los demás de las emociones y deseos que es incapaz de reconocer en sí mismo. Por ejemplo, quien miente compulsivamente considera que nadie dice la verdad menos él. O una persona muy agresiva siente que todos le persiguen.
Hoy sabemos que el partido que acusaba a los medios críticos de ser «digitales que propagaban bulos» financió «digitales» para «propagar bulos» que desacreditaran a quienes investigaban al presidente o su entorno. En realidad, los que nos dedicamos a esto siempre lo supimos. La diferencia es que un juez de la Audiencia Nacional ha explicado la mecánica en un auto: el PSOE filtraba la falsedad a un medio financiado de forma irregular, los presentadores matinales y demás agitadores de la Televisión Española lo rebotaban y el Gobierno se hacía con el control de la conversación pública. Grosero, pero para fanatizar al 30% del electorado resultaba eficaz.
De hecho, a juicio del Gobierno, la «proyección psicológica» no se ha disipado. El cúmulo de evidencias que recoge el juez Pedraz apunta que el Partido Socialista diseñó, financió y ejecutó un plan para acosar a jueces, fiscales y guardias civiles en lo que constituye un atentado insólito contra el Estado de Derecho. Sin embargo, el ministro Óscar Puente ha denunciado que «el uso de métodos no democráticos», se supone que por parte de los jueces, fiscales y guardias civiles, «para derribar al Gobierno».
No se iban a bajar ahora de la burra. Sánchez, que no acude a los funerales religiosos de las víctimas de catástrofes o accidentes de su país, se ha agarrado como un monaguillo a las faldas de la sotana de León XIV porque, según él, a ambos les une la facultad de dispensar bondad por todo el planeta. Qué ilusión mayor puede tener el Vaticano que convertir al sucesor de San Pedro en un ladrillo del muro antifascista. Al fin y al cabo, «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», reza el Evangelio de San Mateo.
Hay algo que resquebraja las sesiones de psicoanálisis mesiánico a las que la factoría de disonancias cognitivas de la Moncloa somete a la opinión pública y es el profundo cinismo del presidente. Su rueda de prensa en el Roma para declinar una convocatoria electoral «porque la Constitución fija cuatro años de legislatura» y él tiene que anteponer el interés general a los motivos «partidistas» supone un alarde de hipocresía al alcance de pocos. Pero también un alivio. Quien no ve la realidad como él, no está loco. Sólo es poder a toda costa.