Viajes, altitud, calor extremo, contaminación y alergias
.MARTINA GIL- MIGUEL ANGEL LARA
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El Mundial 2026 ha disparado los niveles de exigencia vividos en la Copa del Mundo desde que en 1930 nació la competición. No se trata sólo de que el número de equipos se haya elevado a 48 y de que haya una ronda más. Estamos ante un Mundial en tres países, algo tampoco vivido antes, y con unas condiciones que obligan a los cuadros médicos de las selecciones a afrontar situaciones nunca antes registradas de manera colectiva.
No se va a tratar sólo de tener a los jugadores a punto, de medir esfuerzos y descanso. Se afronta un Mundial en el que el calor extremo, la altitud, la contaminación, las alergias y los largos desplazamientos han puesto en alerta a médicos y preparadores físicos de todas las selecciones. El plan de trabajo es muy distinto al de otros torneos. Un cambio radical respecto a lo vivido en Qatar hace menos de cuatro años. De un Mundial homogéneo pasamos a uno de cambios radicales.
Desde hace mucho, como el resto de selecciones, el cuerpo de trabajo de Luis de la Fuente trabaja en cómo responder a la cantidad de exigencias ante las que se va a encontrar España. Se piensa en Cabo Verde, Arabia Saudí y Uruguay. Pero también en esas amenazas ocultas detrás de cada día a día en la Copa del Mundo de Estados Unidos, México y Canadá.
Calor extremo
Las sedes más seguras sobre el papel son Vancouver, Seattle, San Francisco y Toronto, pero los especialistas aseguran que ninguna de ellas está fuera del riesgo de situaciones de calor extremo. España juega sus dos primeros partidos en Atlanta, donde la media se sitúa en junio entre 27,4 y 30 grados centígrados. El Mercedes-Benz Stadium está climatizado, lo que compensará jugar a las 12 de la mañana frente a Cabo Verde y Arabia Saudí. Las condiciones en Chattanooga, campo base de España, serán algo más suaves, pero dentro de un calor notable. De los 16 estadios que acogerán partidos del Mundial, los de Atlanta, Dallas, Houston y Vancouver tienen techo retráctil o climatización, algo que puede reducir mucho el impacto térmico durante los partidos.
El calor extremo ponen en jaque a los clubes en el MundialEl tercer partido de España será en Guadalajara, ante Uruguay. En esa zona de México el calor es menor, pero aparece una amenaza importante: jugar a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar.
El Mundial de Clubes ya fue una severa advertencia. El impacto sobre el juego está estudiado: disminuye la distancia recorrida a alta intensidad, se reducen los sprints, los jugadores administran más esfuerzos, aumentan los periodos de posesión y decaen los duelos y las transiciones rápidas. A eso se suma el evidente riesgo de golpes de calor para los jugadores.
La altitud en México
Ciudad de México, 2.240 metros sobre el nivel del mar; Guadalajara. 1.566 metros. Son las dos sedes que presentan el problema de jugar en altitud. Nueve partidos se disputarán en México, escenarios donde la menor disponibilidad de oxígeno puede tener un impacto directo sobre el rendimiento de los futbolistas no adaptados. Los estudios revelan que a estas alturas disminuye la capacidad aeróbica y se ralentiza la recuperación entre esfuerzos intensos, un aspecto especialmente relevante en un deporte basado en aceleraciones, cambios de ritmo y acciones repetidas de alta intensidad.
La altitud condiciona el apartado físico. Se reduce entre un 3% y un 9% en la distancia recorrida, además de una caída de hasta el 21% en las acciones de alta velocidad en futbolistas que no están aclimatados. Los partidos se haen más lentos, con presiones menos agresivas y la necesidad de gestionar mejor los esfuerzos para evitar un desgaste prematuro.
¿Mal de altura en bici de alta montaña?: así afecta y cómo combatirloQuirón SaludLos equipos acostumbrados a jugar en altura obtienen beneficios medibles frente a rivales procedentes del nivel del mar, hasta el punto de que algunas investigaciones cifran esa ventaja en aproximadamente medio gol por cada 1.000 metros de elevación. Por ello, las selecciones que tengan que competir en Ciudad de México o Guadalajara deberán decidir si llegan con suficiente antelación para aclimatarse o si optan por minimizar el tiempo de exposición antes de los partidos. La segunda vía será la habitual ante la premura de tiempo. España vivirá a 206 metros de altitud en Chattanooga y jugará a 320 en Atlanta.
España ensayará los efectos en Puebla, en el amistoso ante Perú. En cuatro días pasará de jugar al nivel del mar en A Coruña a 2.135 metros. Y con los efectos de un viaje transoceánico de por medio. Llega esta noche asobre las nueve y regeresa tras el partido.
El Mundial de los aviones
El tercer gran enemigo del Mundial 2026 no será visible desde la grada. La Copa del Mundo se disputará en tres países y a lo largo de más de 4.000 kilómetros de norte a sur y 4.300 de este a oeste, una dimensión inédita en la historia del torneo. Para muchos futbolistas, especialmente los que juegan en Europa, Asia o Sudamérica, el viaje comenzará incluso antes de incorporarse a sus selecciones nacionales. Algunos pueden cruzar hasta 19 husos horarios de los 24 principales del mundo antes de llegar a sus concentraciones, una circunstancia capaz de alterar profundamente los ritmos biológicos del organismo.
El problema no es sólo el cansancio del vuelo. El jet lag provoca una desalineación entre el reloj biológico y el horario del lugar de destino, generando alteraciones del sueño, fatiga, dificultades de concentración e incluso un mayor riesgo de enfermedad y lesión. El organismo puede necesitar aproximadamente un día por cada huso horario atravesado cuando se viaja hacia el este para recuperar la normalidad. Por ese motivo, recomiendan que las selecciones lleguen a sus cuarteles generales con la máxima antelación posible para facilitar la adaptación.
La dificultad no terminará con el inicio del campeonato. Aunque durante el torneo los equipos sólo se moverán entre tres zonas horarias distintas, algunos desplazamientos internos podrán alcanzar las siete horas de vuelo. La acumulación de viajes, entrenamientos y partidos puede generar lo que denominan "fatiga de viaje", una combinación de falta de sueño, desorientación y cansancio persistente que puede afectar al rendimiento incluso cuando el jet lag ya ha desaparecido.
En el caso de España, el desafío no será tanto el cambio horario como la acumulación de desgaste. La mayoría de los internacionales llegarán desde ligas europeas con diferencias horarias asumibles respecto a Norteamérica, pero lo harán después de una temporada extremadamente exigente y una potente carfa de minutos de alta tensión e intensidad.
Las alergias
Entre el calor, la altitud y los largos desplazamientos hay una amenaza mucho menos visible que también preocupa a los servicios médicos: las alergias estacionales. El Mundial se disputará entre junio y julio, coincidiendo con la presencia de distintos tipos de polen en gran parte de las ciudades sede. Los futbolistas estarán expuestos a concentraciones variables de alérgenos y contaminantes atmosféricos, una combinación especialmente problemática para quienes padecen asma, rinitis alérgica o sensibilidad respiratoria.
Aunque para la mayoría de los aficionados una alergia puede parecer una molestia menor, en el deporte de élite puede convertirse en un problema de rendimiento. Congestión nasal, estornudos, irritación ocular, dificultades respiratorias o una reducción de la función pulmonar pueden afectar a la capacidad de entrenamiento y recuperación de los jugadores. Además, estos síntomas pueden agravarse cuando coinciden con episodios de contaminación atmosférica o temperaturas elevadas, dos escenarios que también estarán presentes durante el torneo.
Por ello, las selecciones trabajan con planes individualizados para identificar a los futbolistas más sensibles antes de la competición. El objetivo no es sólo tratar los síntomas cuando aparecen, sino anticiparse a ellos mediante controles médicos, seguimiento de los niveles de polen y protocolos específicos de prevención. En una competición donde los márgenes son mínimos, respirar bien puede acabar siendo tan importante como correr rápido.
Contaminación e incendios
Si el calor aparece como la amenaza más evidente del Mundial 2026, la contaminación será probablemente la más imprevisible. La dispersión geográfica del torneo obligará a las selecciones a desplazarse entre ciudades con niveles muy diferentes de calidad del aire. Algunas sedes, como Los Ángeles (donde España jugaría dieciseisavos y cuartos de final si gana su grupo) o Ciudad de México, presentan históricamente mayores concentraciones de contaminantes atmosféricos, mientras que otras pueden verse afectadas por fenómenos puntuales imposibles de anticipar con meses de antelación.
El incendio en Los Ángeles que obligó a LeBron James a evacuar su casaEl principal riesgo para los futbolistas está relacionado con el sistema respiratorio. La exposición a ozono, partículas en suspensión y otros contaminantes puede provocar irritación de las vías respiratorias, sensación de fatiga, tos o una reducción temporal de la capacidad pulmonar. En deportistas de élite, que durante un partido pueden llegar a movilizar enormes volúmenes de aire, cualquier alteración respiratoria tiene un impacto directo sobre el rendimiento físico y la recuperación.
A ello se suma una amenaza creciente en la costa Oeste de Norteamérica: los incendios forestales. En los últimos años, ciudades como Los Ángeles, San Francisco, Seattle o Vancouver han sufrido episodios de humo capaces de deteriorar drásticamente la calidad del aire durante días. Aunque resulta imposible prever si volverán a producirse durante el Mundial, los servicios médicos contemplan estos escenarios dentro de sus planes de contingencia. En un torneo donde cada detalle cuenta, la calidad del aire puede convertirse en un factor tan determinante como el estado del césped o las condiciones meteorológicas.
El Mundial de 2026 no será únicamente una gran competición entre selecciones. Será también una batalla contra el entorno. Y en esa pelea invisible, que se librará lejos del balón y de los focos, pueden estar las claves del éxito o del fracaso.
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